La materia como ilusión: la māyā de Shankara, Berkeley y lo que mide la física
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
Que la materia es una ilusión lo han dicho un maestro indio del siglo VIII, un obispo irlandés del XVIII y, a su manera, algunos divulgadores de la física. No decían lo mismo. Aquí verás qué sostenía cada uno y qué hay de cierto en la idea de que el mundo no es como lo vemos.
La cuerda y la serpiente
Para el advaita vedanta, la escuela no dualista que sistematizó Shankara en el siglo VIII, solo una realidad es plenamente real: brahman, el absoluto. El mundo de nombres y formas que vemos surge por māyā, una palabra de origen discutido que suele traducirse por ilusión y que quizá venga de una raíz sánscrita que significa «medir».
En su comentario a los Brahma sutras, Shankara explica el error como una superposición: atribuimos a una cosa lo que pertenece a otra, como quien ve brillar el nácar y cree que es plata. El ejemplo más famoso de la escuela es el de la cuerda que, en la penumbra, se toma por una serpiente. El susto es real y el corazón se acelera, pero la serpiente desaparece en cuanto alguien acerca una lámpara. Por eso los maestros del advaita dicen que māyā no es ni real ni simplemente nada.
Hay un matiz que se suele perder. Shankara distinguía dos niveles de verdad. En el práctico, el de la vida diaria, el mundo funciona, hay deberes que cumplir y el agua que bebes te quita la sed, a diferencia del agua de un espejismo. Solo en el nivel absoluto el mundo deja de tener entidad propia. Decir que todo es māyā no autoriza, para él, a despreocuparse de nada.
El obispo que negó la materia
En 1710, el filósofo irlandés George Berkeley (1685-1753), que años después sería obispo de Cloyne, publicó su Tratado sobre los principios del conocimiento humano. Su tesis cabe en tres palabras latinas: esse est percipi, ser es ser percibido.
Berkeley no decía que la mesa fuera un sueño. Decía que la mesa es exactamente lo que vemos, tocamos y oímos, y que no hace falta suponer detrás una «materia» invisible que nadie ha percibido nunca. ¿Y qué pasa con un árbol cuando nadie lo mira? Seguiría existiendo, respondía, porque Dios lo percibe todo. Lo amplió en 1713 en sus Tres diálogos entre Hilas y Filonús.
Según cuenta James Boswell en su biografía de Samuel Johnson, en 1763 el escritor dio una patada a una piedra grande y exclamó que así lo refutaba. La anécdota es graciosa, pero no le da a Berkeley donde le duele: él nunca negó que la piedra hiciera daño al pie.
Lo que encontró Rutherford
En 1909, Hans Geiger y Ernest Marsden, que trabajaban en el laboratorio de Ernest Rutherford en Mánchester, lanzaron partículas alfa contra láminas de oro. Casi todas pasaban, pero alrededor de una de cada ocho mil rebotaba. Años después, en 1936, Rutherford recordó que aquello era casi tan increíble como disparar un obús contra una hoja de papel de seda y que volviera hacia ti.
En mayo de 1911 propuso la explicación en la revista Philosophical Magazine. El átomo tendría un núcleo diminuto donde se concentra casi toda la masa, y su diámetro sería unas cien mil veces menor que el del átomo entero. Si un átomo midiera cien metros, su núcleo mediría un milímetro.
De ahí sale la frase de que la materia está casi vacía. La verdad es que, si la mano no atraviesa la mesa, es por buenas razones. Lo que la frena son las fuerzas eléctricas entre los electrones de una y otra, y una regla de la física cuántica, el principio de exclusión de Pauli, que impide que los electrones se amontonen en el mismo estado. En 1967, Freeman Dyson y Andrew Lenard demostraron que, sin esa regla, la materia se desplomaría sobre sí misma. La solidez no es una ilusión: es lo que hacen esas fuerzas.
El color lo pone quien mira
Donde la física sí da la razón a los filósofos es en la percepción. En su Óptica, de 1704, Isaac Newton advirtió que los rayos de luz, hablando con propiedad, no tienen color: solo tienen la capacidad de provocar en nosotros la sensación de un color u otro. La luz tiene longitudes de onda; el rojo y el azul los construyen los tres tipos de conos de la retina y el cerebro.
Lo que vemos es una interpretación, aunque es la interpretación de algo que existe y se puede medir. Ni Shankara, ni Berkeley, ni Rutherford dicen lo mismo. El primero habla de una realidad espiritual, el segundo de qué significa existir y el tercero de cómo está hecho un átomo.
Prueba con tus propios ojos
- Mira una fruta roja a la luz del día y después bajo una bombilla de luz muy amarilla: la fruta no cambia, pero tu forma de verla sí.
- Golpea la mesa con los nudillos y piensa que lo que te frena son fuerzas eléctricas y una regla cuántica, no un bloque macizo.
- Lee despacio unas páginas de Berkeley o un comentario sobre Shankara y fíjate en qué niega exactamente cada uno.
Ninguna de estas ideas convierte el dolor en algo imaginario. Es una señal del cuerpo, y si persiste, lo indicado es ir al médico. Para seguir, relee la alegoría de Platón en el mito de la caverna, mira qué dice la física de la metafísica cuántica o lee qué es la liberación del advaita en la iluminación espiritual. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.