Radiónica: de dónde viene y qué se cree de ella
Redacción Leotarot.com · Publicado el 6 de octubre de 2026
La radiónica es una práctica que dice diagnosticar y tratar a distancia con unas cajas llenas de diales, una muestra de la persona y la sensibilidad de quien las maneja. Nació en San Francisco a comienzos del siglo XX y conserva seguidores. Ninguna investigación seria ha encontrado pruebas de que funcione, y conviene saberlo desde el principio.
Todo vibra: la idea de partida
Quienes practican la radiónica parten de una creencia sencilla. Cada ser vivo, cada órgano, cada enfermedad y cada remedio tendría su propia vibración, como una nota musical. Con el cuerpo sano, las notas suenan afinadas; cuando enferma, alguna desafina. El operador, según esta idea, puede localizar la nota que falla y enviar la que la corrige, aunque la persona viva en otra ciudad.
Las palabras «frecuencia» y «vibración» tienen aquí un sentido propio, que no coincide con el de la física. Nadie ha medido esas notas con un instrumento.
La radiónica es pariente de la radiestesia, el arte de buscar agua o metales con una varilla o un péndulo. Ese nombre lo acuñó en las primeras décadas del siglo XX el abate francés Alexis Bouly, a partir del latín radius, rayo, y del griego aisthesis, percepción. Muchos operadores actuales reconocen el parentesco: dicen que la caja solo les ayuda a concentrar su propia sensibilidad, igual que el péndulo al zahorí.
Albert Abrams y sus cajas
El padre de todo esto fue Albert Abrams, un médico nacido en San Francisco en 1863 que se tituló también en Heidelberg en 1882. A comienzos del siglo XX empezó a hablar de las «reacciones electrónicas de Abrams», que abreviaba ERA. Según él, bastaba una gota de sangre sobre un papel para saber qué enfermedad tenía su dueño.
El procedimiento era teatral. La muestra se conectaba con cables a un aparato, y el aparato, a la frente de un voluntario sano. Abrams golpeaba con los dedos el abdomen del voluntario y, por los cambios de sonido, decía leer el mal del paciente ausente. Para tratarlo diseñó otro aparato, el oscilloclast, que supuestamente emitía vibraciones curativas. Llegó a idear trece aparatos y se hizo rico alquilándolos, porque no los vendía.
¿Qué había dentro de esas cajas? Cuando se abrieron, aparecieron cables, unas resistencias y un pequeño motor que zumbaba. Nada capaz de diagnosticar.
Abrams murió en enero de 1924. Ese mismo año, la revista Scientific American publicó las conclusiones de una investigación independiente: en el mejor de los casos, una ilusión. En una de las pruebas, un colaborador suyo tuvo que identificar lo que contenían seis frascos con muestras y falló en los seis.
George de la Warr y el laboratorio de Oxford
La radiónica cruzó el Atlántico y encontró en Inglaterra su segundo gran nombre. George de la Warr (1904-1969), ingeniero civil, fundó en Oxford los Delawarr Laboratories, donde fabricó instrumentos de diagnóstico y una cámara que, según él, podía fotografiar el estado de una persona a partir de una muestra suya.
En 1960, una antigua clienta, Catherine Phillips, lo demandó por fraude. El juez falló a favor de De la Warr porque no vio intención de engañar, aunque dejó claro que el aparato no le parecía válido. El propio inventor sostenía que sus cajas actuaban por encima del plano físico y que solo servían para enfocar el pensamiento.
El laboratorio siguió abierto hasta 1987.
Testigos, diales y péndulos
La manera de trabajar ha cambiado poco desde entonces. El operador necesita un testigo, es decir, algo que represente a la persona: un mechón de pelo, una gota de sangre seca, una fotografía o una muestra de su letra. Lo coloca en el aparato y gira unos diales hasta dar con unas cifras, las llamadas tasas, que en su sistema corresponden a un órgano, a un problema o a un remedio. Para saber cuándo ha encontrado la cifra justa, frota con el dedo una placa de goma y espera a notar que se le pega, o consulta un péndulo.
Después llega la emisión. El aparato, se dice, envía la vibración corregida al testigo y, a través de él, a la persona, esté donde esté. Hay practicantes que aplican lo mismo a animales, plantas, cultivos o casas.
Lo que dice la ciencia
La respuesta es clara: ningún aparato radiónico ha demostrado servir para diagnosticar ni para tratar enfermedad alguna. Las revisiones de estudios publicadas en las últimas décadas no han encontrado efectos distintos de los de un placebo, y la FDA, la agencia que regula los alimentos y los medicamentos en Estados Unidos, no reconoce ningún uso médico a estos dispositivos. Lo que afirma la radiónica choca también con lo que se sabe de física y de biología, porque no se conoce ningún mecanismo por el que un mechón de pelo pueda transmitir nada a su dueño.
Por eso se la considera una pseudociencia. Contarla como tradición, que es lo que hacemos aquí, no la convierte en un tratamiento.
Si te cruzas con la radiónica
La radiónica tiene su lugar en la historia de las ideas esotéricas del siglo XX, junto a la radiestesia, el aura y los cuerpos de energía. Leída así, como una creencia con su origen y sus personajes, tiene su interés.
Eso sí, ningún aparato, testigo ni tasa sustituye a un médico. Si alguien te ofrece un diagnóstico o un tratamiento radiónico, no abandones ni retrases el que te haya indicado un profesional sanitario, y desconfía de quien venda cajas, prometa curaciones o cobre por tratar a distancia una enfermedad. Ante cualquier síntoma, lo primero es la consulta médica.
Si te interesan las creencias sobre la energía del cuerpo, lee qué son los chakras y cuáles son los siete principales, cómo se describe el aura de una persona o qué son los testigos áuricos, la misma idea de muestra que usa la radiónica, aplicada a las velas. Hay más textos en la sección de salud y en el tarot temático.
Texto nuevo de la Redacción de Leotarot.com, redactado con ayuda de herramientas y revisado por la redacción.