El feng shui y el jade: la piedra que unía el cielo y la tierra

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

En China, el jade ha sido durante milenios la más apreciada de las piedras. Lo tallaron los agricultores neolíticos del delta del Yangtsé, lo elogió Confucio y lo vistieron los príncipes Han para la eternidad. Esta es su historia, y lo que queda de ella en el feng shui actual.

Dos piedras con un solo nombre

Lo que llamamos jade son en realidad dos minerales distintos. Lo demostró en 1863 el mineralogista francés Alexis Damour. Por un lado está la nefrita, un silicato de calcio y magnesio formado por fibras entrelazadas, muy difícil de romper. Por otro, la jadeíta, un silicato de sodio y aluminio, algo más dura y de verdes más vivos.

El jade de la China antigua es casi siempre nefrita. En el Neolítico salía de yacimientos del delta del Yangtsé y del noreste del país; más tarde, la gran fuente fue Jotán, en el actual Xinjiang, cuyas piedras llegaban a la corte por la Ruta de la Seda. La jadeíta venía de Birmania y no entró en cantidad hasta hacia 1800, cuando se puso de moda entre la aristocracia de la dinastía Qing.

El nombre es español. Viene de «piedra de ijada», documentado en 1565, porque se creía que aliviaba los males de los riñones y del costado. Era una creencia sin fundamento, pero dejó huella: «nefrita» procede de lapis nephriticus, la traducción latina de aquella expresión.

Discos para el cielo, tubos para la tierra

Entre las piezas rituales de jade más antiguas y famosas están las de la cultura de Liangzhu, que floreció entre el 3300 y el 2300 antes de nuestra era cerca de la actual Hangzhou. La Unesco inscribió en 2019 las ruinas de su gran ciudad en el patrimonio mundial.

Dos formas se repiten en sus tumbas. El bi es un disco plano con un hueco redondo en medio. El cong es un tubo cuadrado por fuera y circular por dentro, a veces con rostros grabados en las esquinas. El mayor que se ha encontrado, al que llaman el rey de los cong, pesa unos seis kilos y medio.

Muchos siglos después, los Ritos de Zhou, un texto que los especialistas sitúan hacia el año 300 antes de nuestra era o incluso más tarde, fijaron su sentido: el disco se ofrecía al cielo y el tubo, a la tierra. Responde a la vieja idea china de que el cielo es circular y cubre una tierra cuadrada. Eso sí, los arqueólogos advierten de que esa lectura es muy posterior a las piezas y de que nadie sabe con certeza para qué las usaban en Liangzhu.

Las virtudes del caballero

Ninguna piedra ha cargado con tanto peso moral. En el Libro de los ritos, un pasaje que se presenta como una conversación entre Confucio y su discípulo Zigong explica por qué el caballero aprecia el jade y no las piedras que lo imitan. La respuesta compara cada rasgo del mineral con una virtud. Su tacto suave y lustroso es la bondad. Su grano firme, la inteligencia. Sus aristas, que no cortan, la rectitud. Y sus defectos, que ni ocultan su belleza ni quedan ocultos por ella, la lealtad.

Los caballeros llevaban también colgantes de jade a la cintura. Según el mismo libro, su tintineo delataba al que caminaba con prisas y sonaba armonioso con un paso digno.

Los refranes vinieron después. Uno de los más conocidos sale del Libro de los Qi del Norte, una crónica terminada en el año 636: más vale ser jade roto que teja entera. Se dice de quien prefiere perderlo todo antes que la dignidad.

Un traje para la eternidad

En junio de 1968, unos soldados que excavaban un refugio antiaéreo en la colina de Lingshan, en Mancheng (provincia de Hebei), derribaron un muro de roca y dieron con una tumba intacta. Era la de Liu Sheng, príncipe de Zhongshan, hijo del emperador Jing y hermano mayor del emperador Wu, que murió en el año 113 antes de nuestra era. Muy cerca apareció la de su esposa, Dou Wan.

Los dos estaban vestidos de jade. El traje del príncipe mide 1,88 metros y reúne 2.498 placas unidas con algo más de un kilo de hilo de oro; hoy se expone en el Museo de Hebei. Los textos antiguos hablaban de estas mortajas, pero hasta entonces nadie había visto una completa.

¿Por qué tanto empeño? Los Han asociaban el jade con la inmortalidad, y se creía que preservaba el cuerpo. Sobre la lengua del difunto se ponía una cigarra de jade: el insecto pasa años bajo tierra y sale de su piel transformado, una imagen del renacer. En las manos se le colocaban pequeños cerdos de la misma piedra, símbolo de riqueza para la otra vida.

Un jade en casa, con su historia

El feng shui ha heredado esa carga simbólica. Muchos practicantes clasifican el jade en el elemento tierra, por ser piedra, aunque su verde lo acerca a la madera; cómo se combinan esas fases lo explican los cinco elementos del feng shui. Se lleva en pulseras y colgantes, se coloca un pequeño disco bi en una estantería y muchas familias chinas regalan a los bebés un amuleto de jade. Hay quien cree, incluso, que una pulsera que se rompe en una caída ha recibido el golpe en lugar de quien la llevaba. No lo confundas con el árbol de jade, la planta de hojas carnosas que va al rincón de la riqueza en el feng shui de Caishen.

Cuando compres una pieza, pregunta si es nefrita o jadeíta y si está tratada. En el comercio de la jadeíta se distingue la natural, llamada tipo A, de la blanqueada con ácido e impregnada de resina (tipo B) y de la teñida (tipo C), y solo un laboratorio gemológico puede confirmarlo.

Ninguna piedra protege de las desgracias ni atrae el dinero. Al fin y al cabo, el valor del jade está en lo que ha significado durante cinco mil años. Tienes más en la sección de feng shui y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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