Vampiros: cómo nació la leyenda y qué había en las tumbas
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
El vampiro moderno no salió de una novela, sino de unos informes oficiales escritos en Serbia en el siglo XVIII. De allí pasó a los periódicos de Viena, a los tratados de los eruditos y a la literatura, mientras los muertos de verdad seguían en sus tumbas guardando una explicación más sencilla.
Dos aldeas en la frontera de un imperio
En 1718, el tratado de Passarowitz dejó buena parte de Serbia en manos de los Habsburgo, y con ella llegaron funcionarios que escribían informes de todo lo que veían. En 1725, en la aldea de Kisiljevo, murió un campesino llamado Petar Blagojević, al que los documentos alemanes llaman Peter Plogojowitz. En los ocho días siguientes murieron nueve vecinos, y el pueblo lo culpó a él. Un funcionario imperial, el provisor Frombald, asistió a la exhumación y anotó que el cuerpo parecía intacto, con sangre en la boca. Los vecinos lo destruyeron según su costumbre, y el informe de Frombald se publicó en el Wienerisches Diarium, el diario de Viena.
El segundo caso tuvo más eco. Arnold Paole, un soldado de frontera de Medveđa, murió hacia 1726 al caerse de un carro de heno. En vida había contado que un vampiro lo había atormentado. Unos años después, en el invierno de 1731, empezaron a morir vecinos y el pueblo volvió a pensar en él.
El médico Glaser visitó la aldea en diciembre y atribuyó las muertes a la desnutrición y al ayuno, pero los vecinos insistieron. El 7 de enero de 1732, una comisión con el cirujano militar Johann Flückinger abrió las tumbas: de diecisiete cuerpos, doce parecían sin descomponer. Su informe, fechado en Belgrado el 26 de enero y firmado por cinco oficiales, se reimprimió y se discutió en media Europa.
Los eruditos toman la palabra
Aquellos papeles llegaron en plena Ilustración. En 1746, el benedictino francés Augustin Calmet publicó un estudio sobre las apariciones de ángeles, demonios y espíritus que dedicaba una parte a los vampiros de Hungría, Bohemia, Moravia y Silesia. Se vendió muy bien, se tradujo enseguida al alemán y al italiano, y en 1751 salió ampliado. Calmet reunía los casos con espíritu crítico, pero sin descartar del todo que pudieran ser ciertos.
Las autoridades fueron más tajantes. En marzo de 1755, la emperatriz María Teresa prohibió por decreto desenterrar y quemar los cuerpos de los sospechosos de «magia póstuma». Su médico de cámara, Gerard van Swieten, escribió aquel mismo año un informe que atribuía los casos a causas naturales, a la ignorancia y a la superstición.
Del cementerio a la página
La literatura recogió lo que la ley quería enterrar. En junio de 1816, Lord Byron, Mary Shelley y el médico John Polidori pasaban unos días lluviosos a orillas del lago de Ginebra y se retaron a escribir historias de miedo. De ahí salió Frankenstein, y también El vampiro de Polidori, que la revista New Monthly Magazine publicó el 1 de abril de 1819 con el nombre de Byron como autor. Su protagonista, Lord Ruthven, inauguró al vampiro aristócrata y seductor.
Bram Stoker le dio la forma definitiva. Drácula salió en Londres en mayo de 1897, contado en cartas, diarios y recortes de prensa. Stoker tomó el nombre del apodo de Vlad III, príncipe de Valaquia en el siglo XV, famoso por su crueldad en la guerra contra los otomanos; eso sí, ningún documento de su época lo presenta como un muerto que bebía sangre.
Lo que vieron en las tumbas
¿Por qué parecían «frescos» aquellos cuerpos? En 1988, el folclorista Paul Barber publicó Vampires, Burial, and Death (Yale University Press), donde comparó los informes del siglo XVIII con lo que sabe la medicina forense. Su conclusión es que los vecinos describían con bastante exactitud lo que veían, pero lo interpretaban mal.
La descomposición no sigue un calendario fijo. Con frío, en tierra arcillosa o en un ataúd cerrado, puede ir muy despacio. Los gases que se forman dentro hinchan el cuerpo, que parece mejor alimentado que en vida, y empujan sangre de los pulmones hacia la boca y la nariz. La capa externa de la piel se desprende y deja ver otra más rosada, que los testigos tomaban por «piel nueva». Las uñas caen y queda el lecho brillante, que parecía uñas recién crecidas.
Barber señaló también a quién se acusaba: muchas veces, a la primera víctima de una epidemia o a alguien que había muerto de forma repentina. Cuando la gente moría una tras otra sin que nadie supiera por qué, buscar a un culpable entre los muertos era una manera de recuperar el control.
Hoces, piedras y candados
La arqueología ha encontrado la otra cara de la creencia: tumbas preparadas para que el muerto no volviera. En el cementerio de Drawsko, en Polonia, usado en los siglos XVII y XVIII, seis de los enterramientos estudiados tenían una hoz sobre el cuello o una piedra bajo la barbilla. En 2014, un análisis de isótopos de estroncio en sus huesos mostró que eran gente del lugar, no forasteros, y sus autoras propusieron que podían ser víctimas de una epidemia de cólera. Fueron enterrados en tierra sagrada, junto a sus vecinos, y algunos investigadores prefieren hablar de entierros «antidemoníacos»: se creía que el hierro forjado al fuego ahuyentaba a los demonios.
En 2022, un equipo de la Universidad Nicolás Copérnico de Toruń halló en Pień, cerca de Bydgoszcz, la tumba del siglo XVII de una joven con una hoz sobre el cuello y un candado en un dedo del pie. Para el director de la excavación, Dariusz Poliński, el candado simbolizaba el cierre de una etapa y la imposibilidad de volver.
Lo que queda del vampiro
Leídos hoy, aquellos informes hablan menos de monstruos que de miedo: a las epidemias, a las muertes que nadie sabía explicar, a lo que les pasa a los cuerpos cuando ya no los vemos. Por eso merecen respeto también los muertos de Drawsko o de Pień, que fueron vecinos, hijos o padres de alguien antes de convertirse en sospechosos.
El vampiro de las novelas es otra cosa, una criatura literaria con dos siglos de vida que sigue cambiando con cada generación. Al fin y al cabo, Polidori y Stoker escribieron ficción sobre unos papeles que sí eran reales.
Sobre el miedo a la muerte en otras épocas, lee el miedo a ser enterrado vivo y los muertos que volvían en la Antigüedad. Tienes más en la sección de mitos y leyendas y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.