Rituales antiguos para proteger a los viajeros: piedras, pilares y santos del camino

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

Durante siglos, ponerse en camino fue una aventura sin mapas fiables, con pasos de montaña, ríos sin puente y bosques donde era fácil perderse. Casi todas las culturas inventaron gestos para pedir amparo antes de salir, y muchos siguen vivos. Estos son algunos de los más antiguos, contados como lo que son: tradiciones.

Una piedra en lo alto del paso

Quien recorre los senderos de los Andes, de Perú a Bolivia, Chile o el noroeste argentino, acaba encontrando montones de piedras en los puntos más altos del camino. Son las apachetas. Cada caminante que llega añade una piedra, y así el montón crece durante generaciones: los hay de unos pocos centímetros y los hay de hasta tres metros de alto.

Junto a las piedras se dejaban hojas de coca, a veces la que se venía mascando, un cigarrillo o unas hebras del poncho. El escritor salteño Juan Carlos Dávalos llamó a la apacheta, en 1922, el altar de la Pachamama. En tiempos de los incas, se cuenta que los chasquis, los corredores que llevaban los mensajes, se detenían en ellas a saludar a Pachacámac.

El Inca Garcilaso de la Vega explicó el nombre en sus Comentarios reales (1609). Los españoles llamaban apachitas a las cumbres, pero la palabra era en realidad una forma de dar gracias que se decía al coronar una cuesta empinada, dedicada a quien da fuerzas para llevar la carga.

Hermes en los cruces de Grecia

En la Grecia antigua también había montones de piedras al borde de los caminos, sobre todo en los cruces y en las lindes. El viajero que pasaba echaba una piedra más o la ungía con aceite, en honor de Hermes, el dios de los caminantes, los mensajeros y los comerciantes. Con el tiempo, el montón se convirtió en un pilar de piedra con la cabeza del dios: la herma.

Hacia el año 520 antes de nuestra era, Hiparco, hijo del tirano Pisístrato, mandó colocar hermas a mitad de camino entre Atenas y las aldeas del Ática. Llevaban grabados consejos breves, como «no engañes a un amigo», que hacían a la vez de indicador y de lección. Los griegos tenían incluso una palabra, hermaion, para el hallazgo inesperado en el camino: un regalo de Hermes.

La protección de estos pilares se tomaba muy en serio. Una noche del año 415 antes de nuestra era, poco antes de que la flota ateniense zarpara hacia Sicilia, casi todas las hermas de Atenas aparecieron con la cara destrozada. Tucídides cuenta que muchos lo vieron como un presagio para la expedición, y el escándalo salpicó a su principal impulsor, Alcibíades.

El gigante que cruzaba el río

En el mundo cristiano, el protector de los viajeros es san Cristóbal. Según la leyenda, era un gigante que se ganaba la vida pasando a la gente a hombros por un río sin puente. Un día cargó con un niño que pesaba cada vez más, tanto que apenas pudo llegar a la otra orilla. El niño le dijo que había llevado sobre los hombros al mundo y a su Creador. De ahí su nombre, «el que lleva a Cristo».

En la Edad Media se creía que quien veía su imagen no moriría de forma repentina ese día. Por eso se pintaba enorme, a menudo frente a la puerta de las iglesias, como el de Willingham, en Inglaterra, de hacia 1380. Thomas Browne recogió en el siglo XVII el dístico latino que lo resumía: Christophorum videas, postea tutus eris, «mira a Cristóbal y estarás a salvo».

En 1969, la reforma del calendario romano sacó su fiesta del calendario universal por las dudas sobre su historia, pero no dejó de ser santo, y muchos lugares lo siguen celebrando. En España, donde el 25 de julio es el día de Santiago, su fiesta popular se celebra el 10 de julio, con bendiciones de coches y camiones. De ahí también la medalla del santo que muchos conductores llevan en el coche.

Tres piedras para Ek Chuah y el bosque de los chaneques

En el Yucatán maya, fray Diego de Landa anotó en el siglo XVI una costumbre de los caminantes. Llevaban incienso y, cada noche, allí donde paraban, colocaban tres piedras pequeñas, quemaban el incienso sobre ellas y pedían a Ek Chuah que los devolviera a casa. Y en casa, según Landa, otros hacían el mismo rito por ellos. Ek Chuah era el dios de los mercaderes y del cacao, y los códices lo pintan de negro o con rayas, con un fardo a la espalda sujeto con una cinta a la frente.

En Veracruz y en otras zonas del golfo de México, el folclore habla de los chaneques, seres pequeños con aspecto de niño que cuidan los bosques, los manantiales y los animales. Su nombre viene del náhuatl y suele explicarse como «habitantes» o dueños de un lugar. Se cuenta que gastan bromas a quienes atraviesan su monte y que pueden hacerles perder el rumbo, hasta que el caminante descubre que lleva un buen rato dando vueltas. El remedio que se transmite en muchos pueblos es sencillo: ponerse una prenda del revés. Para quienes los nombran, no son monstruos, sino los dueños de la casa por la que uno pasa, a los que se debe respeto.

Lleva tu propia costumbre de viaje

Todos estos gestos tienen algo en común: obligan a pararse un momento antes de seguir. Una piedra, un incienso, una mirada a una imagen. Puedes buscar el tuyo, ya sea una medalla, una piedra de casa en el bolsillo o unas palabras al cerrar la puerta. Y si pasas junto a una apacheta o una ermita del camino, fíjate en lo que hacen los del lugar y pregunta antes de imitarlo.

Eso sí, ninguna costumbre sustituye a lo que de verdad cuida un viaje: revisar la ruta y el tiempo, avisar a alguien de por dónde vas, llevar agua y el teléfono cargado, y darse la vuelta a tiempo en la montaña. ¿Ayuda el ritual a viajar más tranquilo? Esa es la parte que le corresponde, y no es poca.

Si quieres un ritual para la vuelta a casa, prueba el hechizo de seguridad; para elegir un objeto protector, lee la diferencia entre amuletos y talismanes, y para lo que ha medido la psicología, si funcionan los hechizos y rituales. Tienes más en la sección de rituales y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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