La güija (II): lo que ha medido la ciencia sobre quién mueve el vaso
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
El vaso de la güija lo mueven los dedos de quienes juegan, aunque ninguno lo note. La ciencia lleva desde 1852 midiendo ese empujón que nadie decide, y los estudios más recientes han encontrado algo todavía más curioso: a veces el tablero sabe lo que sus jugadores no saben que saben.
Una pandilla de instituto en los años ochenta
La escena se ha repetido en miles de casas. Unos cuantos chavales de instituto, un papel con el abecedario, un vaso boca abajo y muchas tardes por delante. Las primeras sesiones impresionan. Luego llegan las semanas en que no se habla de otra cosa, y los folios con las respuestas se guardan como un tesoro.
Lo revelador es la lista de visitantes. En una misma temporada pueden «presentarse» el diablo, un apóstol, un escritor que toca estudiar en clase, un emperador medieval y, en cuanto se estrena una película de ovnis, seres de otros planetas. Cada uno habla como los chavales imaginan que hablaría.
Muchos lo dejan por puro aburrimiento. Algunos, con los años, llegan a la conclusión de que los mensajes salían de sus propias cabezas, que es justo lo que han ido midiendo los laboratorios. Lo único que de verdad pedía vigilancia en aquellas tardes era el tiempo y el ánimo: cuando el juego se come la semana o deja a alguien con mal cuerpo, toca guardarlo.
Carpenter le pone nombre
El 12 de marzo de 1852, el fisiólogo inglés William Benjamin Carpenter habló en la Royal Institution de Londres sobre cómo la sugestión puede dirigir los músculos sin que intervenga la voluntad. Para ese movimiento propuso una palabra: ideomotor. Según su idea, basta con pensar en un gesto para que el cuerpo empiece a ejecutarlo en pequeño, sin que la persona lo decida ni lo perciba.
La güija aún no existía como juego comercial. Lo que llenaba los salones eran las mesas giratorias, y allí fue a mirar un físico.
La aguja de Faraday
Michael Faraday hizo dos pruebas en 1853. La primera, con un taco de cartones pegados que delataba hacia dónde empujaban las manos, se cuenta en mediumnidad espiritista. La segunda es menos conocida y más elegante.
Construyó una palanca ligera apoyada en la mesa. El brazo corto iba unido a una cartulina que podía deslizarse bajo las manos de los participantes, y el brazo largo hacía de aguja, bien visible. Si alguien empujaba de lado, aunque fuera un poco, la aguja se movía.
Mientras los participantes podían verla, la aguja se quedaba quieta. Cuando se tapaba o miraban hacia otro sitio, oscilaba, aunque ellos juraban que solo apretaban hacia abajo. Y cuando los más convencidos aprendieron a vigilarla, la mesa dejó de girar por mucho que insistieran. Faraday lo contó en una carta que publicó The Times el 30 de junio de 1853.
El tablero entra en el laboratorio
En 2012, Hélène Gauchou, Ronald Rensink y Sidney Fels, de la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver, publicaron un experimento en la revista Consciousness and Cognition. Los participantes respondían preguntas de cultura general de sí o no, unas veces de palabra y otras con la tablilla de una güija. Jugaban con los ojos vendados y creían tener un compañero, pero ese compañero trabajaba para los investigadores y retiraba la mano al empezar. La tablilla solo la movía el propio participante.
Cuando creían saber la respuesta, el resultado era parecido con los dos métodos. La sorpresa llegó con las preguntas en las que decían estar adivinando: de palabra se quedaban en el 50 % que da el azar, y con la tablilla subían al 65 %. Los autores lo interpretaron como una memoria que no llega a la conciencia y que sí se expresa por las manos.
Conviene no estirarlo demasiado. En 2021, Gyorgy Moga y Zoltan Dienes, de la Universidad de Sussex, repitieron la idea con un péndulo en lugar de un tablero y no encontraron esa ventaja.
Miradas que se adelantan
En 2018, un equipo de la Universidad de Aarhus (Dinamarca) dirigido por Marc Andersen llevó gafas de seguimiento ocular a un congreso de aficionados a la güija. Cuarenta personas jugaron por parejas de dos maneras: diez minutos de sesión normal y otra ronda en la que deletreaban a propósito las palabras que les daban los investigadores. Las cámaras registraban cada vez que alguien miraba una letra antes de que llegara la tablilla.
En la sesión normal, esas miradas anticipadas fueron un 38 % menos frecuentes que al deletrear a propósito. Aun así, casi siempre había al menos un jugador que se adelantaba, y la anticipación crecía a medida que avanzaba la respuesta. Para los autores, el mensaje nace de dos mentes que se turnan sin saberlo, cada una convencida de que la iniciativa es de la otra. Quienes más creían en los espíritus eran también los que más decían, al terminar, que la tablilla se había movido sola.
Lo que queda cuando se enciende la luz
Ninguno de estos trabajos encontró nada que no se explicara por los propios jugadores. La verdad es que lo que encontraron resulta más interesante que un fantasma: un cuerpo que obedece a ideas que no ha decidido, una memoria que guarda más de lo que confiesa y dos personas que se reparten el mando sin darse cuenta.
Saberlo no le quita la gracia al juego, pero cambia la manera de mirarlo. La próxima vez que veas un vaso deslizarse, fíjate en los ojos de quien tienes enfrente. ¿Llegan a la letra antes que el vaso?
Para seguir, lee por qué el tablero se presta tanto al engaño, cómo se desmonta una sesión, letra a letra y cómo el mismo movimiento explica el péndulo de los radiestesistas. Hay más en la sección de videncia y otras mancias y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.