Recordando el pasado: cómo intentaban conocer el futuro los pueblos antiguos
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
Mucho antes del tarot y de los horóscopos, reyes y sacerdotes ya preguntaban al cielo qué hacer. Lo hacían agrietando huesos al fuego, abriendo animales, mirando el vuelo de las aves o consultando a una sacerdotisa. Estas son cuatro de aquellas formas y lo que sabemos de ellas.
Grietas en el hueso: la China de los Shang
Entre los años 1250 y 1050 antes de nuestra era, en Anyang, la última capital de la dinastía Shang, los adivinos de la corte trabajaban con omóplatos de buey y caparazones de tortuga. Les abrían pequeños huecos, aplicaban un calor intenso hasta que el hueso se agrietaba y leían la forma de la grieta. Luego grababan la pregunta en la pieza y, a veces, también lo que había pasado.
Preguntaban por la lluvia y las cosechas, por la guerra, por una enfermedad, por un parto. En la última época era el propio rey quien hacía la adivinación.
Esas inscripciones son el conjunto de escritura china más antiguo que se conserva: unos 5.000 caracteres distintos, de los que se entienden con seguridad alrededor de 1.200. Se vendían molidos en las boticas como «huesos de dragón», hasta que en 1899 el erudito Wang Yirong reconoció en ellos una escritura antigua.
El hígado como mapa: Mesopotamia y Etruria
En Mesopotamia, unos especialistas llamados bārû solían sacrificar un cordero y examinaban sus entrañas, sobre todo el hígado. Cada mancha, cada pliegue y cada forma tenía un significado, y para no olvidarlos hacían modelos de arcilla anotados. En el palacio real de Mari, en la actual Siria, el arqueólogo André Parrot encontró en 1935 y 1936 treinta y dos de esos hígados de barro, de los siglos XIX y XVIII antes de nuestra era. Uno recuerda, por ejemplo, el aspecto que tenía el hígado cuando el país se rebeló contra un rey.
La practicaron también los hititas, y en Italia, los etruscos, cuyos lectores de entrañas se llamaban arúspices. Su objeto más famoso es el hígado de Piacenza: un modelo de bronce de hígado de oveja, a tamaño real (apenas 13 centímetros de largo), hallado en un campo cerca de Gossolengo el 26 de septiembre de 1877. Es de finales del siglo II antes de nuestra era. Su borde está dividido en dieciséis casillas, y en toda la pieza hay unas cuarenta inscripciones con nombres de dioses etruscos: cada zona del hígado correspondía a una divinidad. Se guarda en el Palacio Farnese de Piacenza.
Roma heredó el oficio. El Senado hacía formar a jóvenes etruscos como arúspices, y el emperador Claudio intentó recuperar un arte que se estaba perdiendo.
Aves y pollos sagrados: los augures de Roma
Los augures eran sacerdotes oficiales de Roma, y su colegio pasó de tres miembros en tiempos de los reyes a quince con Sila. Con un bastón curvo, el lituus, trazaban en el cielo un espacio sagrado, el templum, y observaban lo que pasaba dentro: el vuelo de las aves, sus cantos, cómo comían, un trueno. Ojo, no predecían el futuro: decían si los dioses aprobaban o no lo que se iba a hacer.
La leyenda de la fundación de Roma ya es una consulta de aves. Según Tito Livio, Remo vio primero seis buitres, y Rómulo, después, el doble; cada uno se proclamó rey y la disputa acabó en sangre.
Cuando no había aves a mano, se soltaban pollos sagrados. En el año 249 antes de nuestra era, antes de la batalla naval de Drépano, los pollos se negaron a comer, mal presagio. El cónsul Publio Claudio Pulcro los tiró al mar diciendo que, ya que no querían comer, bebieran. Perdió 93 de sus 123 barcos.
Los antiguos también discutían todo esto. Cicerón, que era augur, escribió en el año 44 antes de nuestra era Sobre la adivinación, un diálogo en el que su hermano Quinto la defiende y él la critica, aunque quería conservar los augurios romanos por lo que tenían de tradición.
La Pitia de Delfos
En el santuario de Apolo en Delfos hablaba la Pitia, una sacerdotisa elegida entre las mujeres del lugar. Atendía el día siete de cada mes, solo en los nueve meses templados, porque el invierno se dedicaba a Dioniso. Se purificaba en la fuente Castalia y respondía sentada en un trípode, en la parte más reservada del templo, con hojas de laurel. En el templo se leía la máxima «Conócete a ti mismo», y el escritor Plutarco fue allí sacerdote.
Su respuesta más famosa la cuenta Heródoto. El rey Creso de Lidia preguntó si debía atacar a los persas, y el oráculo le dijo que, si lo hacía, caería un gran imperio. Atacó, y el imperio que cayó fue el suyo.
¿De dónde salían esos trances? Hay quien los atribuye a gases que brotaban de una grieta, y en 2001 se hallaron trazas de etileno en una fuente cercana, pero muchos estudiosos lo rechazan. El oráculo calló a finales del siglo IV, en tiempos del emperador Teodosio.
Lo que cuentan hoy esos oráculos
Ninguno de estos métodos ha demostrado que el futuro se pueda leer en un hueso, un hígado o un pájaro. Lo que sí cuentan es mucho sobre quienes los usaban: reyes que necesitaban el visto bueno de los dioses antes de una guerra, ciudades que querían repartir la responsabilidad de una decisión difícil, gente corriente con miedo a la sequía o al parto.
Pues bien, también enseñan que la ambigüedad era parte del oficio. La respuesta a Creso servía para cualquier resultado, y el propio Cicerón, desde dentro del sistema, ya dudaba de él. Si quieres seguir el hilo, mira qué es un oráculo en Grecia, China e India, cómo nacieron las runas como oráculo nórdico o el paso de los naipes a la adivinación en qué es el tarot y de dónde viene. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.