Las ganancias ocultas de las pérdidas: lo que la psicología llama crecimiento postraumático
Redacción Leotarot.com · Publicado el 7 de octubre de 2026
Se dice a menudo que de lo malo también se aprende. La psicología tiene un nombre para esa idea, crecimiento postraumático, y también unas cuantas advertencias. Aquí verás qué se ha investigado, qué no conviene prometer a nadie y cómo acompañar una pérdida sin prisas.
Una idea antigua con nombre nuevo
Muchas tradiciones han visto en la pérdida una herida y, a la vez, una puerta. En la filosofía de la India, sobre todo en el vedanta, māyā es el velo de las apariencias que nos impide ver lo que hay debajo. Perder una ilusión, desde ese punto de vista, puede ser también empezar a ver con más claridad.
La psicología llegó a algo parecido por otro camino. A mediados de los años noventa, los psicólogos estadounidenses Richard Tedeschi y Lawrence Calhoun, de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte, empezaron a hablar de crecimiento postraumático: los cambios positivos que algunas personas cuentan después de luchar con una crisis muy dura. En 1996 publicaron un cuestionario de veintiuna preguntas para medirlo, el Inventario de Crecimiento Postraumático, que todavía se usa en todo el mundo.
Hay un matiz que ellos mismos subrayan. Lo que hace crecer no es la desgracia, sino el esfuerzo por hacer algo con ella.
Cinco cambios que describe la investigación
El inventario agrupa lo que cuentan las personas en cinco campos. El primero son las relaciones: muchos dicen sentirse más cerca de quienes estuvieron a su lado y más capaces de mostrar lo que sienten. El segundo, nuevas posibilidades, caminos que antes no se habrían planteado.
El tercero es la fuerza personal, la sensación de «si he pasado por esto, puedo con más». El cuarto, un cambio espiritual o existencial, que en unos refuerza la fe y en otros la pone en cuestión. Y el quinto, un aprecio mayor por la vida diaria: un café sin prisa, una llamada, una tarde corriente.
Estos cambios no sustituyen al dolor. Conviven con él, a veces durante años, y Tedeschi y Calhoun insistieron en que pueden darse a la vez que la tristeza o la ansiedad.
Lo que la investigación no dice
¿Quiere decir eso que toda pérdida trae un regalo escondido? No. No todo el mundo cuenta cambios así, y no hacerlo no significa haber llevado mal el duelo.
También hay una discusión abierta sobre cómo se mide. En 2009, un equipo dirigido por la psicóloga Patricia Frazier comparó lo que decían unos estudiantes antes y después de vivir un suceso duro con lo que contaban después en el inventario. El crecimiento que las personas decían sentir apenas coincidía con el cambio que se medía, y se asociaba incluso con más malestar. Una explicación posible es que contarse que uno ha crecido es, en parte, una manera de soportar lo que pasó. Es humano y es respetable, pero no puede exigirse a nadie.
Dicho esto, que alguien salga de una pérdida con otras prioridades no quiere decir que la pérdida fuera buena ni que la mereciera. De esa diferencia habla también el dolor del alma según las tradiciones.
El duelo no es una escalera
Las cinco fases de Elisabeth Kübler-Ross (negación, ira, negociación, depresión y aceptación) son muy conocidas, pero ella las describió en 1969 a partir de enfermos terminales, y no forman una secuencia fija. Mucha gente no pasa por todas, ni en ese orden.
Hoy se usan otros modelos. Uno de los más citados es el modelo de proceso dual, que Margaret Stroebe y Henk Schut, de la Universidad de Utrecht, publicaron en 1999. Según él, quien está de duelo va y viene entre dos tareas: mirar la pérdida (llorar, recordar, ordenar las cosas de quien se fue) y seguir con la vida (los trámites, un trabajo nuevo, una rutina distinta). Descansar de las dos también forma parte del proceso.
Las pérdidas no son solo las muertes. Una separación, un despido, una mudanza lejos de los tuyos o el final de una etapa que creías segura también se lloran.
Y a veces el duelo se queda atascado. Los manuales de diagnóstico recogen desde 2022 el trastorno de duelo prolongado: cuando, pasados al menos doce meses en el caso de los adultos según el DSM-5-TR (seis meses según la CIE-11 de la OMS), el anhelo y el dolor siguen siendo tan intensos que impiden hacer la vida normal. En ese caso, lo indicado es acudir a un psicólogo.
Cuando la pérdida es reciente
Date tiempo. No hace falta encontrarle ningún sentido ahora, ni quizá nunca. Alterna los ratos de recordar con los de descansar, cuida lo básico (dormir, comer, salir a caminar) y cuéntale a alguien de confianza cómo estás, aunque sea en dos frases. Escribir lo que sientes, sin corregirlo, ayuda a ordenarlo.
Si acompañas a alguien, escucha más de lo que hablas. Frases como «todo pasa por algo» suelen doler más que consolar; una comida preparada o un recado hecho dicen mucho más. Mostrarse frágil no es ser débil, como recuerda la reflexión sobre la vulnerabilidad, y también hay textos que acompañan, como esta reflexión sobre el adiós.
Eso sí, si pasan los meses y el dolor no te deja vivir, si dejas de comer o de dormir, o si piensas en hacerte daño, pide ayuda a un psicólogo o a tu médico, y en una urgencia llama a los servicios de emergencia. Este texto no sustituye esa ayuda. Hay más lecturas en la sección de sociedad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.