Campanas y cuencos tibetanos: de dónde vienen y qué se sabe de su sonido
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
Las campanas y los cuencos que suenan en muchas meditaciones tienen fama de «sanar». Su historia es más reciente y más interesante de lo que dice la publicidad, y los pocos estudios sobre su sonido hablan de relajación, no de curación. Esto es lo que se sabe.
La campana en los templos budistas
Las campanas de metal parecen haber nacido en China. Algunas de las piezas de bronce más antiguas que se conocen son campanas de la dinastía Shang, entre los siglos XVI y XI antes de Cristo, y entre ellas había unas campanas de pie, las nao, que se colocaban con la boca hacia arriba y se golpeaban con un mazo.
De esa familia descienden los cuencos que se tocan en los templos budistas de China y Japón. En Japón cambian de nombre según la escuela (rin, kin, keisu) y se golpean para acompañar el canto de los sutras o para marcar el principio y el final de la meditación. Su papel es sencillo: un sonido claro que reúne la atención de todos.
El budismo tibetano tiene su propia campana, la drilbu, una campanilla de mano que se toca junto al dorje, el cetro en forma de rayo. Según su simbolismo, la campana representa la sabiduría y el dorje, la compasión, y juntos expresan la unión de las dos. En la práctica, la campana va en la mano izquierda y el dorje en la derecha.
Cuencos que cantan: una historia reciente
El cuenco «cantor» funciona de otra manera. Si se frota el borde con un mazo de madera, como quien pasa un dedo mojado por el filo de una copa, el metal vibra y emite un sonido continuo.
¿Es una técnica antigua del Tíbet? Las pruebas apuntan a que no. Los relatos de viajeros que describieron la música tibetana, como el de Perceval Landon, que estuvo allí en 1903 y 1904, no mencionan estos cuencos. Su fama en Occidente arranca en 1972, cuando los músicos Henry Wolff y Nancy Hennings publicaron el disco Tibetan Bells sin explicar de dónde salían sus instrumentos. Por esos años empezaron a llegar cuencos a Occidente, y muchos de los que se venden como tibetanos proceden del norte de la India o de Nepal.
Tampoco se sostiene que estén hechos de siete metales. En 1996, un análisis de la Universidad Concordia de Montreal encontró en dos cuencos metal de campana, una aleación de cobre y estaño, con pequeñas cantidades de plomo, cinc, hierro y plata, pero ni oro ni mercurio.
Eso sí, que su historia sea reciente no les quita valor. Hoy los usan algunos maestros tibetanos, y para mucha gente son un apoyo sincero de su meditación.
Lemures, atlantes y otras leyendas
Hay quien atribuye estos sonidos a unos «campanarios» de Lemuria y de la Atlántida. Las dos ideas tienen un origen conocido. La Atlántida aparece en dos diálogos de Platón, el Timeo y el Critias, como una alegoría contra la soberbia de los pueblos. Lemuria nació en 1864 como hipótesis científica: el zoólogo británico Philip Sclater propuso un puente de tierra hundido en el océano Índico para explicar que hubiera fósiles de lémures en Madagascar y en la India. La tectónica de placas acabó con ella, pero en 1888 Helena Blavatsky la había convertido, en La doctrina secreta, en la patria de una humanidad anterior.
Para quien sigue esas corrientes, forman parte de su relato espiritual. Como historia, no hay rastro arqueológico de ninguna de las dos.
Lo que han medido los estudios
En 2017, un equipo de la Universidad de California en San Diego publicó un estudio con 62 adultos que asistieron a una meditación con cuencos. Al terminar dijeron sentir menos tensión, enfado, cansancio y tristeza, y más bienestar espiritual. La tensión bajó más en quienes lo probaban por primera vez. Es un dato interesante, con un límite claro: no hubo grupo de comparación, así que no se sabe qué parte del efecto se debe a los cuencos y qué parte a dedicar un rato a relajarse.
En 2020, una revisión de la Universidad de Adelaida, en Australia, buscó todos los estudios publicados sobre la salud y los cuencos. Encontró solo cuatro, dos de ellos de diseño poco riguroso. Aunque todos describían mejoras, los autores concluyeron que con tan pocos datos no podían recomendar los cuencos como terapia.
La conclusión es modesta. Pueden ayudar a relajarse, como otras prácticas tranquilas, pero no hay pruebas de que curen ninguna enfermedad ni de que equilibren los chakras. No son un tratamiento.
Mientras suena el cuenco
- Úsalo como ancla de atención: escucha el sonido hasta que se apague del todo y vuelve después a tu respiración.
- Tócalo con suavidad y lejos de los oídos, y para si el sonido te molesta o te deja un zumbido.
- No lo uses en lugar de ningún tratamiento: ante un dolor, una ansiedad o un insomnio que no se van, consulta al médico o al psicólogo.
Si quieres probar otras formas de meditar, mira las técnicas de meditación o la respiración mántrica. Tienes más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.