Hablar con los muertos: una breve historia de la mediumnidad
Redacción Leotarot.com · Publicado el 5 de octubre de 2026
Mucho antes de que existiera la palabra «médium», casi todas las culturas contaban historias de vivos que conversaban con sus muertos. Repasamos las más conocidas, de Mesopotamia a la Biblia y a Grecia, y el camino que llevó esa idea hasta las mesas giratorias del siglo XIX.
Gilgamesh y la sombra de Enkidu
Gilgamesh fue rey de Uruk, en la antigua Mesopotamia, y protagonista del poema épico más antiguo que se conserva. La versión más completa salió de la biblioteca del rey asirio Asurbanipal, en Nínive, escrita en tablillas de arcilla del siglo VII antes de Cristo.
La tablilla XII, añadida al final, traduce parte de un poema sumerio más antiguo. En ella, Enkidu, el gran amigo de Gilgamesh, baja al mundo de los muertos para recuperar dos objetos de madera que el rey ha dejado caer. Desobedece todos los consejos que le dio Gilgamesh y se queda atrapado. El rey suplica a los dioses, y por mediación de Ea se abre un agujero en la tierra: el espíritu de Enkidu sube por él como un soplo de viento.
Los dos amigos se abrazan. Gilgamesh pregunta cómo viven los muertos, y la respuesta es triste: un lugar de polvo y penumbra donde la suerte de cada uno depende de los hijos que dejó y de si alguien le sigue llevando ofrendas.
Saúl, de noche, en Endor
La ley de Moisés prohibía consultar a los muertos; lo dicen el Levítico y el Deuteronomio. El rey Saúl, según el primer libro de Samuel, había expulsado de Israel a nigromantes y adivinos.
Pero los filisteos acampan frente a su ejército y Dios no le responde, ni en sueños ni por medio de los profetas. Saúl se disfraza y va de noche, con dos de sus hombres, a casa de una mujer de Endor que tiene fama de evocar a los muertos. Le pide que haga subir al profeta Samuel, fallecido poco antes. La mujer ve a un anciano envuelto en un manto y comprende entonces quién es su visitante. Samuel le reprocha a Saúl que haya turbado su descanso y le anuncia la derrota. Al día siguiente, el rey y sus hijos mueren en el monte Gilboa.
El episodio ha dado que pensar desde la Antigüedad. En el siglo III, Orígenes defendió que quien habló fue de verdad Samuel; Eustacio de Antioquía le contestó con un tratado entero para negarlo.
Grecia: sangre, ofrendas y sombras
En el canto XI de la Odisea, Ulises sigue las instrucciones de la hechicera Circe y navega hasta el borde del mundo. Allí cava un hoyo, vierte leche con miel, vino, agua y harina, y sacrifica un carnero y una oveja negra. Las sombras acuden en tropel, porque solo hablan después de beber la sangre. Ulises las aparta con la espada hasta que llega Tiresias, el adivino ciego de Tebas, que le anuncia cómo volverá a casa. Luego aparece su madre, Anticlea, muerta de pena mientras lo esperaba. Él intenta abrazarla tres veces, y tres veces se le escapa entre las manos.
En Los persas, la tragedia que Esquilo estrenó en el año 472 antes de Cristo, la reina Atosa lleva a la tumba de su marido Darío leche, miel, agua de manantial, vino y flores. El coro de ancianos lo invoca y la sombra del rey sube para explicar la derrota de Salamina: fue el castigo al orgullo de su hijo Jerjes.
Heródoto cuenta un caso con un detalle muy humano. Periandro, tirano de Corinto, envió mensajeros al oráculo de los muertos del río Aqueronte para preguntar a su difunta esposa, Melisa, dónde había guardado un depósito. Ella se negó a contestar: tenía frío, dijo, porque no habían quemado su ropa con ella.
De ese mundo viene la palabra nigromancia, del griego nekrós, «muerto», y manteía, «adivinación».
La Iglesia: santos sí, evocaciones no
Los cristianos siempre han pedido a los santos que intercedan por ellos, y la Iglesia lo acepta. Eso sí, mantuvo la prohibición del Antiguo Testamento de evocar a los muertos.
San Pablo incluye el discernimiento de espíritus entre los dones (primera carta a los Corintios, capítulo 12). Se entendió como la capacidad de algunos para distinguir las buenas inspiraciones de las malas, no como un permiso para llamar a los difuntos. En la Europa medieval y moderna, la nigromancia se persiguió junto con la brujería, y podía acabar en la hoguera.
En el fondo, la postura no ha cambiado. En 1917, el Santo Oficio prohibió a los católicos asistir a sesiones espiritistas, incluso como simples espectadores, y el Catecismo actual rechaza la evocación de los muertos y advierte contra el espiritismo.
De Hydesville a París
La mediumnidad moderna tiene fecha y lugar: 1848, Hydesville, en el estado de Nueva York. Las hermanas Kate y Margaret Fox dijeron que un espíritu les respondía con golpes, y la noticia corrió por todo el país. Cinco años después, las mesas giratorias llenaban los salones de Europa. En París, Allan Kardec empezó a asistir a esas reuniones y en 1857 publicó El libro de los espíritus.
En 1888, Margaret Fox confesó en público que los golpes eran un truco, y al año siguiente se retractó. El espiritismo, para entonces, ya había echado raíces en España y en América Latina. En el Reino Unido, todavía en 1944 se condenó a la médium Helen Duncan con una ley contra la brujería de 1735.
Las fuentes, por si quieres leerlas
Todos estos relatos se pueden leer en buenas ediciones anotadas:
- la tablilla XII del Poema de Gilgamesh;
- el primer libro de Samuel, capítulos 28 y 31;
- la Odisea, final del canto X y canto XI;
- Los persas, de Esquilo;
- las Historias de Heródoto, libro V, capítulo 92.
Al leerlos, fíjate en un detalle: ¿cómo aparecen los muertos? En casi todos son sombras tristes que añoran la vida, no guías luminosos. La imagen del espíritu que aconseja y consuela llegó mucho más tarde. Son textos literarios y religiosos: cuentan lo que creían sus autores, y así conviene leerlos.
Si el tema te interesa, sigue con la vida después de la muerte y con qué es la muerte para el ocultismo. Encontrarás más en la sección de médium y en el tarot temático.
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