El tarot, entre el juego de cartas y la conexión con otro plano
Redacción Leotarot.com · Publicado el 8 de octubre de 2026
El tarot nació como un juego de cartas, y en buena parte de Europa se sigue jugando, con sus federaciones y sus torneos. Usarlo para echar las cartas llegó mucho después, en el siglo XVIII. Las dos cosas conviven, y la segunda pide un cuidado que la primera no necesita.
Una baraja hecha para ganar bazas
Los arcanos mayores que hoy se asocian con el esoterismo nacieron como triunfos, cartas pintadas para jugar. En una partida, cualquier triunfo gana a cualquier carta de los cuatro palos, y el reto es reunir puntos con las bazas. Las reglas detalladas más antiguas que se conocen las publicó en Francia el abad de Marolles, en 1637.
En Francia, el tarot es el segundo juego de cartas más popular, por detrás de la belote. Se juega con 78 cartas, normalmente entre cuatro personas, aunque hay variantes para tres y para cinco. Tres cartas tienen un papel especial, los oudlers: el 1 de triunfo (el petit), el 21 y la Excuse, que es El Loco. Antes de cada mano, quien se atreve anuncia un contrato (prise, garde, garde sans o garde contre) y juega contra los demás; si tiene los tres oudlers, le bastan 36 puntos para ganar, y sin ninguno necesita 56. Desde 1973 existe una federación nacional, la Fédération Française de Tarot.
Lo curioso es la baraja. La que se usa en esas mesas lleva palos franceses (corazones, diamantes, tréboles y picas), y sus triunfos no muestran al Mago ni a la Luna, sino escenas de la vida del siglo XIX numeradas del 1 al 21. Nadie piensa ahí en el destino.
Del Tarock austriaco a los tarocchi sicilianos
En Austria, el juego se llama Tarock, y su modalidad más extendida, el Königrufen, tiene cada año torneos nacionales e internacionales. Usa una baraja reducida de 54 cartas cuyos triunfos tampoco tienen nada de esotérico: muestran escenas del campo y trajes regionales, una en cada mitad de la carta. Tres triunfos, el Sküs, el Mond (el 21) y el Pagat (el 1), forman el Trull y valen muchos más puntos que el resto. Antes de jugar, quien declara nombra un rey, y quien lo tenga en la mano pasa a ser su compañero.
Juegos de la misma familia siguen vivos en Hungría, donde el tarokk se juega con 42 cartas, en Eslovenia, Chequia y Eslovaquia, en la región alemana de Baden (el Cego), en los Grisones suizos (el Troccas) y en Dinamarca. Italia, la cuna del tarot, conserva sus barajas regionales: el tarocchino de Bolonia tiene 62 cartas, y los tarocchi de Sicilia, 63.
Cuándo empezaron a leerse las cartas
Durante unos tres siglos, el tarot fue sobre todo un juego. El testimonio más antiguo que se conoce de su uso adivinatorio es una hoja anónima de Bolonia, de hacia mediados del siglo XVIII, que da significados sencillos a 35 cartas del tarot boloñés. Su fecha exacta se discute, pero apunta a que en Italia se echaban las cartas por su cuenta, sin depender de la moda francesa.
En Francia la idea despegó en la década de 1780, cuando Antoine Court de Gébelin presentó el tarot como un libro sagrado egipcio y Etteilla lo convirtió en un método para adivinar; esa historia se cuenta con detalle en el tarot: qué es y de dónde viene. Las cartas eran las mismas que se usaban para jugar. Lo que cambió fue la mirada de quien las sacaba. Lo mismo pasa con algunas fechas antiguas que se citan como origen, como la crónica de Viterbo de 1379, que habla de naipes y no de tarot.
Una lectura nunca es un juego inofensivo
¿Juego o conexión con otro plano, entonces? Depende de quien baraje: para unos es un pasatiempo de bazas; para otros, una herramienta de reflexión o una práctica espiritual. En los dos casos, al otro lado de la mesa hay una persona.
Quien echa las cartas a otro entra en terreno delicado. Mucha gente llega a una consulta en un mal momento: una ruptura, un duelo, una enfermedad en la familia, una racha de ansiedad. En ese estado, una frase dicha a la ligera, del tipo «te están engañando» o «esto va a salir mal», puede pesar durante meses aunque no tenga ninguna base. Lo que se dice no se puede retirar.
Nadie conoce a una persona por leerle las cartas media hora, y menos sus conflictos o lo que de verdad desea. La verdad es que una buena lectura se parece más a una conversación que a una sentencia: ayuda a pensar y no asusta. Quien saca provecho del miedo, del dolor o de la credulidad ajenos no está leyendo el tarot, está haciendo daño; las señales de ese engaño se repasan en cómo diferenciar a un tarotista serio de un estafador.
Cuatro cuidados al echar las cartas
- Habla de posibilidades y de actitudes, no de sentencias: lo que muestra una tirada se puede cambiar.
- No anuncies desgracias, enfermedades ni engaños; ninguna carta los confirma.
- Si la persona está pasando por un momento muy duro, escúchala y anímala a hablar con un médico o un psicólogo, que pueden ayudarla de verdad.
- No leas para quien no lo ha pedido, ni sobre terceros que no están delante para dar su versión.
Una tirada puede ser un buen rato de reflexión, pero no sustituye a un médico, a un psicólogo ni a un abogado. Hay más en la sección de tarot y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.