Adónde vamos con el desbarajuste del mundo: Lisboa, 1755, y la filosofía como ejercicio
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
Cuando las malas noticias se acumulan y nada parece tener orden, vuelve una pregunta muy vieja: por qué hay tanto mal en el mundo y qué hacemos con él. Una mañana de 1755 la convirtió en el gran debate de la Ilustración. Mucho antes, unos filósofos griegos y romanos habían propuesto otra respuesta, que no es una teoría, sino una manera de vivir.
La mañana de Todos los Santos
El 1 de noviembre de 1755, hacia las nueve y cuarenta de la mañana, un terremoto sacudió Lisboa en plena fiesta de Todos los Santos. Unos cuarenta minutos después llegó un maremoto, y las velas encendidas por la fiesta provocaron un gran incendio. Se calcula que en la ciudad murieron entre 30.000 y 40.000 personas.
Lisboa era una de las grandes capitales de Europa, y la noticia recorrió el continente. Para muchos creyentes, el golpe era doble: una ciudad cristiana, arrasada en un día santo.
Voltaire contra el optimismo
Entre la gente culta circulaba entonces una idea tranquilizadora. Leibniz había sostenido que Dios creó el mejor de los mundos posibles, y el poeta inglés Alexander Pope lo había resumido en su Ensayo sobre el hombre con una frase célebre: todo lo que es, está bien. Cómo responden a esa pregunta las religiones lo cuenta el poder del mal.
Voltaire no pudo aceptarlo ante las ruinas de Lisboa. En diciembre de 1755, un mes después del terremoto, escribió su Poema sobre el desastre de Lisboa, que se publicó en 1756. Frente a los muertos, venía a decir, nadie puede consolarse pensando que todo encaja en un plan perfecto.
La carta de Rousseau
Jean-Jacques Rousseau recibió una copia del poema y le respondió con una carta fechada el 18 de agosto de 1756, que se conoce como Carta sobre la Providencia. Defendía la Providencia, pero su argumento más recordado mira a la tierra. No fue la naturaleza, escribió, la que juntó en Lisboa veinte mil casas de seis y siete pisos. Si la gente hubiera vivido más repartida, el daño habría sido mucho menor. Y recordó a quienes se quedaron para salvar sus bienes y quedaron expuestos a los temblores siguientes.
La idea sigue vigente: buena parte del daño de una catástrofe depende de decisiones humanas. Rousseau se convenció de que la novela Cándido, que Voltaire publicó tres años después, era en el fondo su respuesta.
Kant y Pombal: buscar causas
El terremoto empujó también a mirar la tierra con otros ojos. Immanuel Kant publicó en 1756 tres escritos sobre el sismo. Su explicación, unas cavernas subterráneas llenas de gases calientes, era equivocada, pero fue de los primeros intentos de explicar los terremotos por causas naturales.
En Portugal, el futuro marqués de Pombal, que dirigía el gobierno, envió a las parroquias un cuestionario: cuánto duró el temblor, hacia dónde se movió, qué hizo el mar, cuántos murieron, si hubo incendios. Las respuestas se conservan, y por eso se le considera un precursor de la sismología.
La filosofía como ejercicio
Hay otra tradición que no intenta justificar el mal, sino enseñar a vivir con lo que no depende de nosotros. Epicteto nació hacia el año 50 en Hierápolis, en Frigia, como esclavo. Liberado en Roma, enseñó filosofía, y cuando el emperador Domiciano expulsó a los filósofos, hacia el año 93, abrió una escuela en Nicópolis, en Grecia. No escribió nada: su alumno Arriano recogió sus lecciones en las Disertaciones y en un breve Manual.
El Manual empieza con una distinción. Unas cosas dependen de nosotros, como nuestras opiniones, nuestros deseos y nuestros actos, y otras no, como el cuerpo, la fama, los bienes o lo que hagan los demás. Unas líneas más abajo añade que no nos perturban las cosas, sino las opiniones que nos formamos sobre ellas.
El filósofo e historiador francés Pierre Hadot (1922-2010), profesor del Collège de France, dedicó buena parte de su obra a recordar que para los antiguos la filosofía no era un sistema que se recita, sino una forma de vida. En Ejercicios espirituales y filosofía antigua (1981) y en La ciudadela interior (1992), sobre Marco Aurelio, describió esas prácticas: la atención a uno mismo, por ejemplo, o la mirada desde lo alto, que consiste en imaginar el mundo desde muy arriba para devolver a cada preocupación su tamaño.
Empieza por lo que depende de ti
¿Qué puedes hacer tú con tanto desorden? La lección de Lisboa y la de Epicteto se dan la mano. Rousseau recordaba que parte del daño lo causan decisiones humanas, así que algo se puede cambiar; Epicteto pedía separar lo que está en tu mano de lo que no, para no gastar la vida en lo segundo. La verdad es que la mezcla funciona bien en el día a día: escribe en dos columnas lo que te preocupa, lo que puedes cambiar y lo que no, y dedica tu energía a la primera, aunque sea con un gesto pequeño hacia alguien cercano.
Prueba también la mirada desde lo alto cuando las noticias te desborden, y dosifícalas: estar informado no obliga a estar pendiente a todas horas. Al fin y al cabo, la filosofía antigua se pensó para practicarla, no para recitarla. Si ese malestar se queda contigo semanas y te quita el sueño o las ganas, no es falta de filosofía: habla con tu médico o con un psicólogo.
Para seguir, lee el dolor del alma, sobre lo que dicen las tradiciones del sufrimiento, y qué es el deseo, donde Epicuro pone orden en lo que queremos. Hay más textos en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.