¿Qué es el deseo? Lo que dicen el budismo, Epicuro, Spinoza y la psicología
Redacción Leotarot.com · Publicado el 7 de octubre de 2026
Desear es tan cotidiano que casi nunca nos paramos a pensarlo, y sin embargo pocas preguntas han ocupado tanto a los filósofos. Para el budismo, cierta forma de deseo está en la raíz del sufrimiento; Epicuro quiso ponerlo en orden, y Spinoza lo consideró la esencia misma del ser humano. La psicología, por su parte, ha comprobado que querer algo y disfrutarlo no son lo mismo.
La sed de la que habla el budismo
En su primer sermón, en el parque de los ciervos de Sarnath, cerca de Benarés, Buda expuso cuatro verdades. La segunda explica de dónde nace el sufrimiento: de la taṇhā, una palabra pali que significa literalmente «sed». Distinguía tres clases. La sed de placeres de los sentidos, la de ser o llegar a ser algo y la de dejar de ser, la que empuja a huir de lo que no nos gusta.
No todo deseo es sed. Los textos budistas usan otra palabra, chanda, para el deseo de actuar y de hacer el bien, y la cuentan entre las cuatro bases del progreso espiritual: sin ganas de practicar, nadie practica. La diferencia está en el agarre. La sed se aferra a su objeto y nunca se sacia; la aspiración mueve sin encadenar.
Epicuro: poner orden en los deseos
Epicuro, que fundó su escuela en un jardín de Atenas hacia el año 306 antes de Cristo, tiene fama de haber defendido el placer sin freno. Fue casi lo contrario. En la Carta a Meneceo, que conocemos gracias a Diógenes Laercio, clasifica los deseos en tres grupos. Unos son naturales y necesarios, como comer, beber, abrigarse o tener amigos. Otros son naturales pero no necesarios, como la comida refinada. Y otros no son ni naturales ni necesarios: la riqueza, el poder, la fama.
Los primeros hay que atenderlos siempre. Los segundos se pueden disfrutar si no traen problemas, y los terceros conviene dejarlos, porque nunca se colman. La meta era la ataraxia, la tranquilidad del ánimo, junto con la ausencia de dolor.
Séneca, que no era epicúreo, citaba con gusto un consejo suyo: si quieres hacer rico a Pitocles, no le añadas dinero, quítale deseos.
Spinoza: deseamos, luego valoramos
En el siglo XVII, el filósofo Baruch Spinoza dio la vuelta a la cuestión. Su Ética se publicó en 1677, el año de su muerte, entre sus obras póstumas, y parte de una idea: cada cosa se esfuerza por seguir existiendo, y ese esfuerzo, el conatus, es su propia naturaleza. Cuando somos conscientes de ese impulso, lo llamamos deseo. Por eso escribió que el deseo es la esencia misma del ser humano.
De ahí sale una frase que todavía sorprende: no deseamos algo porque nos parezca bueno, sino que nos parece bueno porque lo deseamos. Para Spinoza, el problema no es desear, sino desear a ciegas, arrastrados por causas que no entendemos. Su camino hacia la libertad pasaba por conocerlas: un afecto que es una pasión deja de serlo, decía, en cuanto nos formamos una idea clara de él.
Querer no es disfrutar
A finales del siglo XX, la neurociencia aportó una distinción que habría interesado a los tres. En 1998, Kent Berridge y Terry Robinson, de la Universidad de Míchigan, publicaron una revisión sobre la dopamina. Durante años se había creído que era la sustancia del placer, pero sus experimentos apuntaban a otra cosa. Unas ratas a las que casi no les quedaba dopamina en ciertas zonas del cerebro dejaban de buscar comida por su cuenta, pero, si se les ponía azúcar en la boca, mostraban los mismos gestos de agrado que las demás.
Concluyeron que la dopamina mueve el querer, lo que nos hace ir detrás de algo, y no tanto el disfrutar, que depende de otros circuitos. Por eso se puede desear con fuerza algo que luego apenas se disfruta.
La psicología añadió otra pieza: la adaptación. En 1978, Philip Brickman y su equipo entrevistaron a 22 personas a las que les había tocado un gran premio de lotería y las compararon con vecinos suyos que no habían ganado nada. Meses después del premio, los ganadores no se decían más felices que ellos. Nos acostumbramos a lo bueno, y el deseo busca enseguida un objeto nuevo. ¿Te suena esa sensación de estrenar algo y, al poco tiempo, querer otra cosa?
Qué hacer con un deseo que no se calma
Cuando un deseo insista, prueba primero la pregunta de Epicuro: si es natural y si es necesario. Muchos de los que más ruido hacen no son ninguna de las dos cosas. Después, recuerda la diferencia entre querer y disfrutar. Piensa en la última vez que conseguiste algo parecido y en cuánto te duró el gusto, porque a menudo el deseo promete más de lo que el objeto da. Dejar pasar unos días antes de comprar o de decidir ayuda a que el impulso baje solo.
Tampoco se trata de dejar de desear. El budismo separa la sed de la aspiración, y Spinoza veía en el deseo la fuerza misma de la vida; los dos proponen entender de dónde viene cada deseo, sin juzgarte por tenerlo. Eso sí, si un deseo se convierte en algo que no puedes dejar, como el juego, las compras o una sustancia, y empieza a hacerte daño, habla con un psicólogo o con tu médico.
Para unir el deseo a un plan realista, lee los beneficios de la metafísica y sus límites, y sobre el ego que tantas veces desea por nosotros, la personalidad humana. También tienes unos ejercicios sencillos para buscar la felicidad. Hay más en la sección de sociedad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.