La ira, primera parte: qué es y qué dijeron de ella los filósofos y las religiones
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
La ira es una emoción que todos conocemos por dentro y que casi todas las tradiciones han intentado domar. Esta primera parte cuenta qué es, qué ocurre en el cuerpo cuando aparece y qué pensaron de ella Aristóteles, Séneca, el budismo y el cristianismo. Lo práctico, qué hacer con ella, está en la segunda parte.
Una emoción que viene de serie
A finales de los años sesenta, el psicólogo Paul Ekman viajó a Papúa Nueva Guinea para estudiar a los fore, un pueblo con muy poco contacto con Occidente. Con ayuda de un traductor, les contaba una historia breve y les pedía que señalaran entre varias fotos la cara que encajaba con ella. En 1971 publicó con Wallace Friesen que seis emociones se reconocían en culturas muy distintas: la alegría, la tristeza, el miedo, la sorpresa, el asco y la ira.
Lo que cambia de un sitio a otro, según Ekman, son las reglas para mostrarlas. La emoción se trae; la manera de expresarla se aprende en casa y en la calle.
En el cuerpo, la ira pone en marcha la respuesta de lucha o huida: las glándulas suprarrenales liberan adrenalina y cortisol, la sangre se desvía hacia los músculos y suben el pulso, la tensión y la respiración. En 1983, Ekman, Robert Levenson y Friesen publicaron en Science un experimento con dieciséis personas, casi todas actores. Al poner cara de enfado o revivirlo, el corazón se les aceleraba y los dedos se les calentaban más que con cualquier otra emoción.
Aristóteles: con quien se debe y en la medida justa
Para Aristóteles, la ira no era un mal en sí. En el libro II de la Ética a Nicómaco escribió que enfadarse es fácil; lo difícil es hacerlo con la persona adecuada, en la medida adecuada, en el momento oportuno, por el motivo correcto y de la manera debida. Por eso es raro y merece elogio.
En el libro IV le dio nombre a la virtud que buscaba, la praótes, que suele traducirse por mansedumbre o apacibilidad. Está en el término medio entre el irascible, que se enfada demasiado, por cualquier cosa o durante demasiado tiempo, y quien no se enfada nunca. Este segundo no le parecía un santo. Soportar los insultos propios o los que reciben los amigos, decía, es propio de un carácter servil.
Séneca: una locura breve
Séneca pensaba casi lo contrario. Hacia el año 45 escribió Sobre la ira, tres libros dedicados a su hermano mayor, Novato. Al empezar recuerda que algunos sabios la llamaron una locura breve, y discute con Aristóteles, para quien la ira, bien usada, podía servir como un soldado a las órdenes de la razón. Para Séneca, la razón se basta sola, y la ira no hay que moderarla, sino arrancarla del todo.
Su análisis más fino está en el libro II. Distingue entre el primer sobresalto, involuntario, como el rubor o el escalofrío, y la ira propiamente dicha, que empieza cuando la mente da su asentimiento y decide que la ofensa merece castigo. El sobresalto no se puede evitar. Lo que viene después, sí.
En el libro III cuenta una anécdota de Platón. Iba a golpear a un esclavo, se dio cuenta de que estaba enfadado y se quedó con la mano levantada. Luego pidió a su sobrino Espeusipo que lo castigara él, porque él estaba airado. ¿Era ira lo que sentía Platón con la mano en alto, o todavía no?
Buda y los evangelios
El budismo cuenta la aversión, dosa en pali, entre las tres raíces de lo que hace daño, junto con la avidez y la confusión. En el centro de la rueda de la vida que pintan los tibetanos, tres animales se persiguen mordiéndose la cola: un gallo, una serpiente y un cerdo. La serpiente es la aversión.
En el discurso del símil de la sierra, el Kakacupama Sutta del canon pali, Buda llega a una imagen extrema: aunque unos bandidos te cortaran miembro a miembro, quien dejara que el odio llenara su mente no estaría siguiendo su enseñanza. En el siglo VIII, el monje indio Shantideva dedicó a la paciencia un capítulo de su Guía de la conducta del bodhisattva: no hay mal como el odio, escribió. La frase de la brasa que quema primero a quien la agarra para lanzarla no es de Buda: viene de un comentario del siglo V y se le atribuyó en un libro de divulgación de 1988.
En el cristianismo, la ira figura entre los vicios capitales. El monje Evagrio Póntico la puso en el siglo IV entre sus ocho malos pensamientos, y el papa Gregorio Magno la mantuvo hacia 590 en la lista de siete que se impuso. Pero la Biblia no condena toda ira. La carta a los Efesios pide «airaos, pero no pequéis» y que no se ponga el sol sobre el enojo, y los cuatro evangelios cuentan cómo Jesús expulsó a los mercaderes del templo. Tomás de Aquino lo resumió en el siglo XIII: la ira que sigue a la recta razón es digna de alabanza, y el pecado está en el exceso o en el defecto.
Escuchar lo que la ira señala
Aristóteles quería medir la ira, Séneca arrancarla, Buda soltarla y Tomás de Aquino ponerla al servicio de la razón. Dicho esto, todos coinciden en algo que la psicología ha confirmado a su manera: entre el primer calor y lo que haces con él queda un espacio, a veces de un segundo. Las técnicas que han funcionado para aprovecharlo están en la segunda parte.
Cuando notes que llega, puedes mirarla como lo haría Aristóteles. Contra quién va, por qué, en qué medida. A veces señala una injusticia real que merece una respuesta firme. Otras, una herida, el cansancio o el miedo. Al fin y al cabo, saber qué hay debajo es lo primero para decidir.
La ira que desborda es otra cosa, y tiene tratamiento. Si los enfados son frecuentes o desproporcionados, si rompes cosas, haces daño o las personas de tu casa te tienen miedo, habla con tu médico o con un psicólogo. Si hay violencia, o temes hacer daño o que te lo hagan, pide ayuda sin esperar: llama a emergencias o a los servicios de atención de tu país. Para seguir, lee qué dicen el budismo y los filósofos sobre el deseo y cómo se practica cultivar el opuesto. Hay más en la sección de sociedad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.