Los orfanatos rumanos y la ayuda que de verdad funciona
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
En 1997, un grupo de voluntarios de La Coruña sin experiencia en cooperación llevó un contenedor de ropa, comida y medicinas a dos orfanatos de Rumanía. Gestos así se repitieron por toda Europa durante los años noventa. Lo que vino después, la investigación sobre aquellos niños, cambió la manera de entender cómo se ayuda a la infancia.
Lo que salió a la luz en 1989
El 1 de octubre de 1966, el régimen de Nicolae Ceaușescu aprobó el Decreto 770, que prohibía el aborto salvo en casos muy limitados. Los nacimientos casi se duplicaron entre 1966 y 1967. Muchas familias no podían mantener a tantos hijos, y miles de niños acabaron en centros del Estado. A partir de 1982, el régimen destinó buena parte de la producción del país a pagar la deuda externa, y en esos centros faltaron la calefacción, la luz y la comida.
Tras la revolución de diciembre de 1989, el mundo vio por primera vez las imágenes. Las estimaciones hablan de entre 100.000 y 170.000 niños internados. La mayoría no eran huérfanos: tenían padres vivos que no podían hacerse cargo de ellos. Había una cuidadora por cada diez bebés y, con los niños de más de tres años, hasta una por cada veinte. Las peores condiciones se daban en los centros para niños con discapacidad.
La respuesta fue enorme. Nacieron organizaciones benéficas en muchos países, se enviaron toneladas de ayuda y se dispararon las adopciones internacionales, con irregularidades frecuentes. En 2004, bajo la presión de la Unión Europea, Rumanía prohibió la adopción internacional salvo por parte de los abuelos.
Lo que midió la ciencia en Bucarest
Hacia el año 2000, tres investigadores estadounidenses, Charles Nelson, Nathan Fox y Charles Zeanah, pusieron en marcha el Proyecto de Intervención Temprana de Bucarest. Participaron 136 niños de entre seis meses y dos años y medio, procedentes de seis centros de la ciudad. La mitad, elegida al azar, pasó a familias de acogida; la otra mitad siguió con la atención habitual. Un tercer grupo de niños que nunca habían estado internados sirvió de comparación.
Los primeros resultados se publicaron en la revista Science en diciembre de 2007. Los niños que se quedaron en los centros puntuaban muy por debajo en las pruebas de desarrollo intelectual. Los que pasaron a una familia mejoraban, y mucho más cuanto más pequeños habían salido. El seguimiento en la adolescencia confirmó la tendencia: entre los colocados antes de los 20 meses, el 79 % alcanzaba un funcionamiento adaptado a su edad, frente al 46 % de los que salieron más tarde.
Los niños que llegaron a Inglaterra
El otro gran estudio siguió a los adoptados. El Estudio de Adoptados Ingleses y Rumanos, dirigido por Michael Rutter y Edmund Sonuga-Barke, acompañó a 165 niños que habían pasado por instituciones rumanas y que familias del Reino Unido adoptaron con entre dos semanas y algo más de tres años y medio de edad. Los comparó con 52 niños adoptados dentro del propio país, y los evaluó a los 6, 11, 15 y entre 22 y 25 años.
Quienes habían pasado menos de seis meses internados se parecían mucho, ya de niños, a los adoptados ingleses. En cambio, los que estuvieron más de seis meses mostraban, todavía de adultos, más problemas sociales, emocionales y de aprendizaje, según los resultados publicados en 2017 en The Lancet. La mayoría mejoró mucho tras la adopción, pero una minoría importante de los que llegaron después de los seis meses siguió con dificultades.
Los dos estudios dejan una lección parecida. ¿Qué necesita de verdad un niño pequeño? Antes que la ropa o los juguetes, un adulto estable que lo cuide, y cuanto antes, mejor.
Lo que cambió en Rumanía
El país emprendió una reforma lenta. Entre 2005 y 2022, el número de niños bajo protección del Estado bajó de 83.059 a 42.029, y el de los que vivían en instituciones, de 32.821 a 11.629. En 2011, dos organizaciones británicas presentaron un plan para cerrar todos los grandes centros antes de 2020. El cierre ha ido más despacio de lo previsto, pero la dirección está clara: más familias de acogida, menos internados y más apoyo a los padres para que no tengan que separarse de sus hijos.
Ayudar sin hacer daño
- Elige organizaciones transparentes y con experiencia; en España, la Fundación Lealtad concede el sello Dona con Confianza a las que cumplen sus nueve principios de transparencia y buenas prácticas.
- Dona dinero antes que cajas: para la ayuda lejana, la Organización de Consumidores y Usuarios recomienda aportar a una ONG con experiencia, que compra cerca lo que de verdad hace falta.
- Apoya los programas que mantienen a los niños con su familia o con una familia de acogida, no la construcción de nuevos internados.
- Evita el turismo de orfanato y el voluntariado de paso con niños: para un niño que ya ha vivido separaciones, cada visitante que se va es una despedida más.
La idea que movía a aquellos voluntarios sigue en pie: la espiritualidad se nota en lo que se hace por los demás. Al fin y al cabo, querer bien a alguien, como explicaba Erich Fromm en la capacidad de amar, es cuidar y responder a lo que el otro necesita, una forma de amar que los primeros cristianos llamaron agápe. Si eres adoptado o adoptas y te reconoces en esta historia, los servicios de posadopción y un psicólogo especializado pueden acompañarte. Tienes más textos en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.