Amar: los nombres griegos del amor y lo que hicieron con ellos Lewis y Lee

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

En español usamos el mismo verbo para la pareja, los hijos, los amigos y la humanidad entera. El griego antiguo repartía ese terreno entre varias palabras, y en el siglo XX dos autores muy distintos, el escritor C. S. Lewis y el sociólogo John Alan Lee, las rescataron para pensar de cuántas maneras se quiere.

Cuatro palabras griegas

Eros era el deseo apasionado, el que se dirige a una persona concreta y quiere tenerla cerca. Platón le dedicó El banquete, donde Sócrates lo presenta como un impulso que puede elevar el alma desde la belleza de un cuerpo hasta la belleza misma.

Philia era el afecto entre iguales: la amistad, pero también la lealtad a la familia y a la ciudad. Aristóteles distinguía tres clases de amigos en su Ética a Nicómaco: los que se quieren por lo que se sirven, los que se quieren por lo que disfrutan juntos y los que se quieren por cómo es el otro. Solo la última le parecía amistad completa, y también la más rara.

Storge era el cariño natural, sobre todo el de padres e hijos. Aparece poco en los textos antiguos, casi siempre para hablar de la familia.

Agápe fue una palabra discreta hasta que los primeros cristianos la eligieron para el amor de Dios y para el amor al prójimo. Es la que usa Pablo en el capítulo 13 de la primera carta a los Corintios. Tomás de Aquino, siglos después, definió amar como querer el bien del otro.

Los cuatro amores de C. S. Lewis

En 1958, el autor de Las crónicas de Narnia grabó en Londres una serie de charlas radiofónicas para una fundación episcopaliana de Estados Unidos. Su parte sobre el eros pareció demasiado franca a algunas emisoras, que dudaron en emitirla. De aquel material salió en 1960 el libro Los cuatro amores.

Lewis empieza separando el amor necesidad, el del niño que corre hacia su madre, del amor dádiva, el que da sin esperar. Y defiende que el primero también merece llamarse amor.

Luego recorre las cuatro palabras. El afecto, su storge, es el más humilde: crece con la costumbre y llega a lo que tenemos cerca, aunque puede volverse celoso o asfixiante. La amistad es para él el menos «natural» de los amores, porque nadie la necesita para sobrevivir y se elige libremente. Los enamorados, escribió, suelen mirarse de frente; los amigos, uno al lado del otro, mirando juntos algo que les importa. El eros es estar enamorado de alguien en particular, una fuerza capaz de empujar hacia lo mejor y hacia lo peor. Y la caridad, el agápe, es el amor que da sin condiciones. Lewis la ponía por encima de los demás y pensaba que los otros tres no se bastan a sí mismos.

Los colores del amor de John Alan Lee

En 1973, el sociólogo canadiense John Alan Lee publicó Colours of Love. Quiso ordenar las formas de querer, y se le ocurrió compararlas con los colores de una rueda: tres primarios y tres que salen de mezclarlos.

Los primarios eran el eros, el flechazo por un ideal de belleza; el ludus, el amor como juego, sin demasiado compromiso; y el storge, el que nace despacio de la amistad. De sus mezclas salían la manía, posesiva y ansiosa, entre el eros y el ludus; el pragma, práctico y atento a la compatibilidad, entre el ludus y el storge; y el agápe, entregado y generoso, entre el eros y el storge.

Para llegar ahí, Lee pidió a sus entrevistados que contaran su historia de amor ordenando cartulinas con frases, unas 1.500. Años después, Clyde y Susan Hendrick convirtieron sus seis estilos en un cuestionario, la Escala de Actitudes ante el Amor (1986), que respondieron 807 personas en su primer estudio y que se sigue usando.

La idea más útil de Lee es sencilla: dos personas pueden quererse mucho y querer de manera distinta. Muchos desencuentros vienen de ahí.

Querer y amar

Hay una distinción que circula mucho: amar sería darle a alguien lo que le hace falta, y querer, desear tenerlo para uno. El idioma le da parte de razón. Querer viene del latín quaerere, «buscar», y el diccionario de la Real Academia recoge primero el sentido de desear y después el de amar. Pero en el habla de todos los días, «te quiero» es una de las frases más tiernas que existen, y nadie la oye como una pretensión de propiedad.

Quizá la diferencia no esté en el verbo, sino en hacia dónde mira cada uno. El amor necesidad mira lo que me falta; el agápe, lo que le hace bien al otro. Lewis insistía en que los dos caben en una misma vida. La verdad es que el cariño más corriente, el de llevar un caldo a quien está enfermo o escuchar a un amigo de madrugada, mezcla los cuatro nombres sin pedir permiso a ninguno.

Ponle nombre a tu manera de querer

Haz una lista con las personas que más quieres y escribe al lado qué palabra griega les va mejor. Te sorprenderá lo mucho que pesa el storge, ese afecto de costumbre que casi nunca se nombra. ¿Con quién tienes una amistad de las que Aristóteles llamaba completas?

Mira también tu forma de querer en pareja con la rueda de Lee. No se trata de buscar el color correcto, sino de saber cuál es el tuyo y cuál el de la persona que tienes al lado, porque eso explica muchas peleas. Hay una excepción que merece atención: cuando el amor se vuelve manía, con celos constantes, necesidad de controlar o miedo a perder al otro, no es más intenso, sino más frágil, y hablarlo con un psicólogo ayuda.

Sobre el amor como un arte que se aprende, lee la capacidad de amar; sobre el enamoramiento que lo ocupa todo, el amor de nuestra vida, y sobre el amor como fuerza que une el mundo, el nuevo tiempo del amor. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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