El nuevo tiempo del amor: la fuerza que une, según filósofos y místicos
Redacción Leotarot.com · Publicado el 8 de octubre de 2026
Mucho antes de que se hablara de un «nuevo tiempo del amor», filósofos y místicos ya veían en el amor la fuerza que mantiene unido el mundo. Empédocles lo enfrentó a la Discordia, Dante lo puso en el último verso de su poema y Rumi lo convirtió en el lamento de una flauta. Esto es lo que dijeron, y lo que todavía puede servirte.
Empédocles: el Amor y la Discordia
En el siglo V antes de Cristo, en Acragas, la actual Agrigento, en Sicilia, vivió un filósofo que escribía en verso. Se llamaba Empédocles, y de su poema sobre la naturaleza solo nos han llegado fragmentos. Bastan para ver una de las primeras explicaciones del cosmos con el amor en el centro.
Según Empédocles, todo está hecho de cuatro raíces: el fuego, el aire, el agua y la tierra. No nacen ni mueren. Lo que cambia es cómo se juntan, y de eso se encargan dos fuerzas opuestas. Philotes, el Amor, reúne lo distinto, y el poeta la llama también Afrodita. Neikos, la Discordia, lo separa.
El universo va y viene entre las dos. Cuando gobierna el Amor, las raíces se mezclan hasta formar una esfera perfecta, el Sphairos. Cuando avanza la Discordia, todo se disgrega, y nuestro mundo, con sus plantas, sus animales y sus personas, nace en el camino entre un extremo y otro.
No era poesía romántica, sino física a su manera. Dejó, eso sí, una intuición que la mística retomaría muchas veces: amar es unir lo que estaba separado sin borrar lo que cada cosa es.
El amor que mueve el sol
Aristóteles buscó un siglo después la causa del movimiento del cielo. En el libro XII de su Metafísica llegó a un primer motor que no se mueve y que, sin embargo, lo mueve todo. Lo hace del mismo modo en que mueve aquello que se ama: atrayendo, no empujando.
La teología de la Edad Media hizo suya esa idea, y un poeta florentino la llevó a su forma más famosa. Dante Alighieri terminó la Divina comedia poco antes de morir en Rávena, en 1321. En el último canto, el XXXIII del Paraíso, el viajero llega ante Dios y confiesa que las palabras ya no le alcanzan. Su deseo y su voluntad giran entonces como una rueda, movidos por «el amor que mueve el sol y las demás estrellas». Con ese verso termina el poema.
Para Dante, pues, el amor no es solo un sentimiento entre dos personas. Es lo que ordena el universo entero, y el amor humano sería una chispa de esa misma fuerza.
Rumi y el lamento de la flauta
En el siglo XIII, al otro lado del Mediterráneo, otro poeta escribía del amor como camino hacia Dios. Yalal al-Din Rumi nació en 1207 en Asia central y murió en 1273 en Konya, en la actual Turquía. Era un maestro religioso respetado cuando, en 1244, conoció a un derviche errante, Shams de Tabriz.
Aquella amistad lo cambió por completo. Cuando Shams desapareció pocos años después, Rumi convirtió la ausencia en miles de versos, y en muchos de ellos firmó con el nombre de su amigo en lugar del suyo. La colección se conoce como el Diván de Shams de Tabriz.
Su obra mayor, el Masnavi, ocupa seis libros y empieza con una imagen sencilla. Una flauta de caña se queja porque la arrancaron del cañaveral, y toda su música es la nostalgia de volver. Los comentaristas sufíes leen la caña como el alma separada de su origen. El amor, en esa lectura, es el deseo de regresar.
Algo más adelante, en el mismo libro, Rumi llama al amor «el astrolabio de los misterios de Dios». El astrolabio servía para medir la altura de los astros. Para el poeta, solo el amor mide lo que la razón no alcanza.
Del miedo al amor
Muchos textos espirituales actuales hablan de dos maneras de vivir: desde el miedo o desde el amor. La idea tiene raíces antiguas. La primera carta de Juan, en el Nuevo Testamento, afirma que «Dios es amor» (1 Juan 4, 8) y, unas líneas después, que en el amor no cabe el temor (4, 18). En el siglo XVI, san Juan de la Cruz lo dejó escrito en sus Dichos de luz y amor con una frase breve: «A la tarde te examinarán en el amor».
La Nueva Era añadió la esperanza de una época distinta, más amorosa, para toda la humanidad. Es una creencia y no hay manera de medirla. Lo que comparten Empédocles, Dante, Rumi y los místicos cristianos es más modesto y más exigente a la vez: el amor que une no se adueña de nadie. Junta sin anular y no pone condiciones. ¿Cuántos de tus «te quiero» llevan escondido un «si cambias» o un «mientras me convenga»?
Prueba a mirar como los místicos
Ninguna de estas tradiciones pide gestos grandiosos. De Empédocles puedes quedarte con una mirada: durante una semana corriente, fíjate en qué conversaciones te acercaron a alguien y cuáles te alejaron, y apúntalo por la noche en dos líneas. Rumi invita a no avergonzarte de la nostalgia, porque esa sensación de que algo falta también es una forma de amor. Y la carta de Juan deja una pregunta para los días difíciles: si lo que te mantiene junto a una persona es el miedo a perderla, a quedarte solo o a su reacción, quizá todavía no sea amor.
El amor que describen los místicos tampoco obliga a aguantar lo que hace daño. Si en una relación sientes miedo de la otra persona, habla con alguien de confianza y busca ayuda profesional.
Para seguir, lee lo que cuenta la tradición sobre el reencuentro de las almas gemelas, cómo meditan girando los derviches de Rumi en la meditación en movimiento o qué es el deseo para el budismo y Spinoza. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.