El amor de nuestra vida: la limerencia, la idealización y el amor que se fue

Redacción Leotarot.com · Publicado el 8 de octubre de 2026

Casi todo el mundo guarda un amor que pesa más que los demás, vivido, perdido o soñado. La psicóloga Dorothy Tennov llamó limerencia a esa forma de enamorarse que lo ocupa todo, y explicó por qué deja una huella tan honda. Entenderla ayuda a recordar con cariño sin que el recuerdo estropee el presente.

Tres maneras de decir «el amor de mi vida»

La expresión sirve para tres cosas distintas. A veces mira atrás, a la relación intensa de hace años que todavía se cuenta con un nudo en la garganta. A veces mira al presente, cuando alguien empieza una historia y se pregunta si será esa. Y a veces mira a un futuro que aún no ha llegado: el gran amor imaginado, con la cara borrosa y las virtudes muy claras. ¿Cuál de las tres es la tuya?

Las tres tienen algo en común. Funcionan como una vara de medir, y casi todo lo que se compara con ella sale perdiendo.

Algunos astrólogos lo explican como el reencuentro con un alma conocida de otras vidas: alguien con quien uno se siente en paz y sin defensas desde el principio. Es una creencia que no puede comprobarse. La psicología propone otra explicación, más modesta y bastante útil.

La limerencia, según Dorothy Tennov

En 1979, la psicóloga estadounidense Dorothy Tennov publicó Love and Limerence («Amor y limerencia»), fruto de cientos de entrevistas y cuestionarios. Inventó la palabra limerencia para nombrar un estado muy concreto: pensar en la otra persona a todas horas, desear con ansia ser correspondido, que el ánimo suba o se hunda según una mirada o un mensaje, y vivir con miedo al rechazo.

Tennov observó que la limerencia crece con la incertidumbre. Las señales confusas, los obstáculos y la distancia la avivan, al menos hasta cierto punto. Por eso los amores difíciles o interrumpidos dejan tanta marca.

De Stendhal tomó otra idea, la cristalización. En Del amor (1822), el escritor francés contaba que en las minas de sal de Salzburgo, si se deja una rama seca en una galería abandonada, a los dos o tres meses aparece cubierta de cristales brillantes. Así trabaja la imaginación del enamorado: recubre a la otra persona de perfecciones. Quienes viven la limerencia, según Tennov, ven los defectos, pero los pasan por alto o hasta les parecen encantadores.

No es una enfermedad ni un diagnóstico. Tennov calculaba que suele durar entre un año y medio y tres años, aunque recogió casos de unas semanas y casos de décadas, a menudo cuando el amor nunca fue del todo correspondido.

Por qué el que se fue parece más grande

La memoria también juega su papel. Los psicólogos llaman pico de reminiscencia a un resultado muy repetido: de mayores recordamos con más facilidad lo vivido entre los diez y los treinta años, la época de los primeros trabajos, las primeras casas y, muchas veces, el primer gran amor.

El rechazo, lejos de apagar el deseo, a veces lo enciende. En 2010, la antropóloga Helen Fisher y su equipo observaron con resonancia magnética el cerebro de quince personas a las que acababan de dejar y que seguían enamoradas. Al ver la foto de su expareja se activaban zonas ligadas a la recompensa y al anhelo, las mismas que intervienen en las adicciones. El estudio fue pequeño, pero apuntó algo esperanzador: cuanto más tiempo había pasado desde la ruptura, menor era la actividad de una región relacionada con el apego.

Dicho esto, el amor que se fue queda congelado en su mejor momento. No envejece, no discute por la compra y no tiene días malos. Ninguna persona real puede competir con eso.

El precio de comparar

Comparar es humano, pero se paga. A la pareja actual la pone a competir con un recuerdo retocado, y a uno mismo le impide ver lo que tiene delante. Quien espera al gran amor imaginado puede pasar de largo junto a personas que no encajan en el molde y que, sin embargo, le harían bien.

Tampoco ayudan las fórmulas que dicen saber cuándo llegará el amor de tu vida o de qué signo será. Una persona no es un elemento del zodiaco ni una fecha en el calendario.

Si el amor que echas de menos es el de alguien que murió, la comparación duele de otra manera. Ese duelo no se resuelve olvidando ni buscando a alguien que ocupe su lugar. Se acompaña, con tiempo y con gente cerca, y un psicólogo puede ayudar cuando la tristeza no deja vivir.

Tres gestos que alivian la comparación

  1. Escribe el recuerdo entero. Anota de aquella historia lo bueno y también lo que dolía: las dudas, los silencios, lo que no funcionaba. La cristalización se deshace un poco cuando el papel recoge la rama sin los cristales.
  2. Mira a quien tienes delante con sus propios datos. Durante una semana, apunta cada día un gesto concreto de tu pareja o de las personas que te quieren, sin compararlo con nada ni con nadie.
  3. Pide ayuda si el pasado no te suelta. Cuando llevas mucho tiempo atrapado en un amor que terminó, o en uno que nunca llegó a empezar, habla con alguien de confianza o con un psicólogo. Pedir ayuda también es una forma de cuidarte.

Sobre la diferencia entre la llamarada del principio y el fuego que dura, lee la adicción al enamoramiento; sobre volver a querer, la capacidad de amar, y sobre lo que dejan las despedidas, las ganancias ocultas de las pérdidas. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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