La luz suprema: la luz como imagen de lo divino, del Génesis a Suhrawardi

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Casi todas las tradiciones hablan de Dios con la palabra luz. No es un adorno poético: la luz deja ver sin ser vista, calienta, orienta y no se gasta al repartirse. Aquí tienes cuatro momentos de esa imagen, de la primera página de la Biblia a un filósofo persa del siglo XII.

Sea la luz

La primera palabra de Dios en la Biblia es una orden: «Sea la luz; y fue la luz» (Génesis 1, 3). En la Vulgata latina es fiat lux, y de ahí el «hágase la luz» de tantas traducciones.

Llama la atención el orden del relato. La luz aparece el primer día, y el sol, la luna y las estrellas no llegan hasta el cuarto (Génesis 1, 14-19). ¿Cómo puede haber luz sin sol? Los antiguos comentaristas ya se lo preguntaron. Basilio de Cesarea, en el siglo IV, pensaba que en aquellos primeros días el día y la noche se sucedían porque esa luz se expandía y se recogía, y san Agustín no veía razón para ello, según recoge santo Tomás de Aquino.

Para el lector espiritual, la paradoja tiene su lección: la primera luz no es la del sol. Viene antes que cualquier lámpara. Cómo se ha leído esa palabra que crea se cuenta en el verbo creador.

El sol de la República

En el libro sexto de la República, Glaucón pide a Sócrates que defina el bien. Sócrates se niega y ofrece a cambio una imagen. El sol es al mundo visible lo que el bien es al mundo de las ideas: el sol da a los ojos la luz para ver y a las cosas su generación y su crecimiento; el bien da a lo que se conoce su verdad y su ser. Y añade una frase que hizo historia: el bien está más allá del ser, por encima de todo en dignidad y en poder (509b).

Esa imagen prepara la alegoría de los prisioneros que solo ven sombras, que se cuenta en el mito de la caverna. Aquí interesa su herencia: la idea de una luz primera que hace visible todo lo demás sin confundirse con ello. Siglos después, Suhrawardi contaría a Platón entre sus maestros.

La luz del Tabor

Los evangelios cuentan que Jesús subió a un monte alto con Pedro, Santiago y Juan y se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz (Mateo 17, 2). El texto no nombra el monte. Desde el siglo III, con Orígenes entre otros, la tradición lo identifica con el Tabor, en Galilea, y la fiesta de la Transfiguración se celebra el 6 de agosto.

En el siglo XIV esa luz desató una gran polémica en Bizancio. Los monjes del monte Athos que practicaban el hesicasmo, de hesychía, «quietud», rezaban la llamada oración del corazón al ritmo de la respiración, con la mirada baja, y decían contemplar en ella una luz divina, la misma del Tabor. El monje Barlaam de Calabria se burló de ellos, los llamó almas en el ombligo y negó que esa luz pudiera ser divina.

Los defendió Gregorio Palamás (hacia 1296-1359), monje de Athos y después arzobispo de Tesalónica, en sus Tríadas. Distinguió entre la esencia de Dios, inalcanzable, y sus energías, que sí se comunican. La luz del Tabor sería una de ellas, y por tanto increada. Un sínodo de Constantinopla le dio la razón en 1351, el patriarca Filoteo lo proclamó santo en 1368, y las Iglesias ortodoxas lo recuerdan el segundo domingo de Cuaresma.

Suhrawardi y la Luz de las Luces

En el mundo islámico la imagen se convirtió en un sistema filosófico. Shihab al-Din Suhrawardi nació en 1154 en Suhraward, en el noroeste de Irán, y en 1186, con unos 32 años, terminó La filosofía de la iluminación.

Para él, todo emana de una Luz de las Luces, nur al-anwar, de la que proceden luces cada vez menos intensas. Los cuerpos se distinguen por la luz que reciben, y la oscuridad es su falta. Decía recuperar una sabiduría antigua, la de Platón, Hermes y los sabios de la Persia anterior al islam. Sus seguidores lo llamaron el maestro de la iluminación.

Murió joven en Alepo, ejecutado según la mayoría de los relatos por orden de un hijo de Saladino, que lo acusaba de enseñanzas heterodoxas. Por eso también se le conoce como el maestro asesinado. Dicho esto, lo que ha quedado de él es una de las filosofías más luminosas, en sentido literal, que se han escrito.

Mira la luz con calma

Las cuatro tradiciones coinciden en algo práctico: la luz no se fabrica, se recibe. Puedes probarlo con gestos sencillos.

  • Mira amanecer una mañana, sin el móvil en la mano, y fíjate en cómo aparecen primero las formas y después los colores.
  • Lee despacio un texto breve sobre la luz, como el primer capítulo del Génesis o el salmo que empieza «Jehová es mi luz y mi salvación» (Salmo 27, 1), y quédate después unos minutos en silencio.
  • Enciende una vela en un rincón tranquilo y deja que la atención descanse en la llama, sin buscar visiones ni pedirle nada a la experiencia.

Si alguna vez ves destellos de luz sin causa, de repente o cada vez más, eso es asunto del oftalmólogo y conviene que te vea pronto. Para los pensamientos que oscurecen el día, prueba a cultivar el opuesto. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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