El verbo creador: la palabra que crea, del Génesis a la filosofía del lenguaje

Redacción Leotarot.com · Publicado el 7 de octubre de 2026

Muchas tradiciones cuentan que el mundo empezó con una palabra. En el Génesis, Dios habla y las cosas existen; en el Egipto antiguo, el dios Ptah crea con el corazón y con la lengua; en la India, la sílaba om lo contiene todo. Aquí tienes de dónde viene la idea del verbo creador y qué dice la filosofía de las palabras que hacen cosas.

«Y dijo Dios»

El primer capítulo del Génesis tiene un ritmo que se reconoce enseguida. Dios no modela el barro ni pelea con monstruos: habla. «Sea la luz; y fue la luz» (Génesis 1, 3). Cada nuevo paso de la creación empieza igual, con un «dijo Dios», y lo dicho sucede.

El hebreo ayuda a entenderlo. La palabra dabar significa a la vez «palabra» y «cosa», «asunto» o «hecho», como si entre decir y suceder no hubiera apenas distancia. Los judíos de Alejandría que tradujeron la Biblia al griego, en la versión llamada de los Setenta, la vertieron unas veces como rhema y otras como logos.

El logos de los griegos y el prólogo de Juan

Logos es una palabra griega con muchos sentidos: palabra, discurso, cuenta, razón. Hacia el año 500 antes de Cristo, Heráclito de Éfeso la usó para nombrar el orden que lo rige todo y que, según él, los hombres no entienden ni siquiera después de oírlo. Los estoicos hablaron más tarde de un logos que recorre el universo como una razón divina y siembra en la materia sus «razones seminales». Y Filón de Alejandría, un filósofo judío contemporáneo de Jesús, llamó al logos el primogénito de Dios, el lazo que mantiene unido el mundo.

Sobre ese fondo se escribió el prólogo del Evangelio de Juan. Empieza con «En el principio era el Verbo» (Juan 1, 1), añade que ese Verbo estaba junto a Dios y era Dios, y que todo se hizo por medio de él. Para los cristianos, el Verbo es Cristo, que «fue hecho carne» (Juan 1, 14). La palabra castellana viene del latín verbum, la que eligió san Jerónimo en la Vulgata para traducir logos.

Ptah, el dios que crea con el corazón y la lengua

Los sacerdotes de Menfis, en Egipto, tenían su propia versión. Se conserva en la llamada piedra de Shabaka, una losa que está en el Museo Británico desde 1805. El faraón Shabaka, de la dinastía XXV, la mandó grabar hacia el año 700 antes de Cristo, y el propio texto dice que copia un papiro antiguo que se habían comido los gusanos. Siglos después, según se cree, la piedra sirvió de muela de molino, y el centro de la inscripción quedó destrozado.

Lo que se puede leer cuenta que Ptah, el dios de Menfis, concibió primero el mundo en su corazón, que para los egipcios era la sede del pensamiento, y después lo pronunció con la lengua: así nacieron los dioses y todas las cosas. La fecha del texto se discute. Unos egiptólogos lo creen compuesto en tiempos de Shabaka; otros lo llevan a la dinastía XIX, unos cinco siglos antes.

El om, la sílaba que lo abarca todo

En la India, la palabra sagrada por excelencia es una sola sílaba. La Mandukya Upanishad empieza diciendo que el om es todo esto: el pasado, el presente y el futuro, y también lo que queda más allá del tiempo. Sus tres sonidos, a, u y m, se asocian con la vigilia, el sueño y el sueño profundo, y el silencio que sigue, con un cuarto estado, el turiya, la conciencia pura.

Por eso tantas recitaciones hindúes empiezan y terminan con om. El budismo tibetano lo pone al principio de su mantra más conocido, om mani padme hum.

Palabras que hacen cosas

En el siglo XX, la filosofía encontró algo parecido en la vida corriente. En 1955, el filósofo británico John L. Austin dio en la Universidad de Harvard unas conferencias que se publicaron en 1962, después de su muerte, con el título Cómo hacer cosas con palabras. Su punto de partida era sencillo: hay frases que no describen nada, sino que hacen lo que dicen. Quien responde «sí, quiero» en su boda no informa de que se casa. Se está casando. Lo mismo pasa al prometer, al apostar o al bautizar un barco.

Austin las llamó realizativas, o performativas, y explicó que solo funcionan si se cumplen ciertas condiciones: la persona adecuada, en el momento adecuado y con la fórmula adecuada. Si un desconocido estrella una botella contra un barco y le pone un nombre, el barco no queda bautizado. En 1969, el estadounidense John Searle amplió estas ideas en su libro Actos de habla.

¿Es magia? La verdad es que no. Estas palabras actúan porque una comunidad está de acuerdo en lo que significan, y eso, bien mirado, ya es bastante poder.

Una semana cuidando tus palabras

  1. Escucha lo que dices. Durante unos días, fíjate en las frases que repites sobre ti y sobre los demás y apunta las que más vuelven. Zenón de Citio, el fundador del estoicismo, decía según Diógenes Laercio que tenemos dos oídos y una sola boca para escuchar más y hablar menos.
  2. Pronuncia una palabra que haga algo. Una promesa pequeña y que puedas cumplir, un «gracias» que debías o una disculpa pendiente. Es la forma más cotidiana del verbo que cambia las cosas.
  3. Cuida lo que escuchas. Las palabras ajenas también pesan. Toma distancia de las conversaciones que solo critican y busca las que te dejan mejor de lo que estabas.

Si te interesa la palabra hecha oración, lee la oración mágica de la tradición popular, los decretos y afirmaciones de la metafísica o la historia de las palabras «Yo Soy». Hay más en la sección de sociedad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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