Nuestro Dios en el prólogo de Juan: la Palabra, el testigo y la voz del desierto

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

El Evangelio de Juan no empieza en Belén, sino antes del tiempo, con una Palabra que estaba junto a Dios. Sus dieciocho primeros versículos, el prólogo, combinan un himno a esa Palabra con la figura de Juan el Bautista, y de fondo se oye un capítulo de Isaías que anuncia a «nuestro Dios».

Un himno con dos interrupciones

Mateo y Lucas abren con genealogías y relatos de infancia; Marcos, con la predicación en el desierto. Juan arranca con las mismas palabras que el Génesis, «en el principio», y habla de una Palabra por la que todo se hizo y en la que había vida y luz.

En 1923, el biblista alemán Rudolf Bultmann propuso que el evangelista había partido de un himno anterior, con un ritmo propio, al que añadió comentarios en prosa. Los más claros son los versículos 6 a 8 y el 15, que hablan de Juan el Bautista y rompen la cadencia del poema. Otros comentaristas, como Rudolf Schnackenburg y Raymond Brown, también vieron un himno retocado detrás del texto. Hay quien defiende, en cambio, que se escribió de una pieza, con una estructura en espejo.

El prólogo ocupa también un lugar fijo en la liturgia. El rito romano lo lee en la misa principal del día de Navidad, al menos desde el misal de 1570, y sus catorce primeros versículos cerraban la misa tridentina como «último evangelio».

Un testigo que no era la luz

Los versículos dedicados al Bautista insisten en una idea: era un hombre enviado por Dios, vino como testigo y no era él la luz. En el 15 habla él mismo para decir que quien viene detrás de él va por delante.

En cuanto termina el prólogo, unos sacerdotes y levitas llegados de Jerusalén le preguntan quién es. Responde que no es el Cristo, ni Elías, ni el profeta, y se define con una frase de Isaías: es la voz de alguien que grita en el desierto (Juan 1, 19-23).

¿Por qué tanta insistencia en lo que Juan no era? Bultmann creyó ver una intención polémica, quizá frente a quienes seguían venerando al Bautista como maestro. La lectura creyente subraya otra cosa: un testigo santo señala la luz, pero no ocupa su lugar.

El eco de Isaías 40

El capítulo 40 de Isaías abre la parte que los especialistas llaman Deuteroisaías (capítulos 40 a 55), obra de un profeta anónimo del destierro en Babilonia, en el siglo VI antes de Cristo, probablemente entre el 550 y el 539. Empieza con un consuelo repetido, «consolad, consolad a mi pueblo», las palabras con las que arranca El Mesías de Händel, estrenado en Dublín el 13 de abril de 1742.

En el versículo 3, una voz pide abrir en el desierto un camino al Señor y allanar en la estepa una calzada para «nuestro Dios». Es la imagen del regreso de los desterrados, como un nuevo éxodo. Aquí la puntuación cambia el sentido. Los acentos del texto hebreo unen «en el desierto» a la orden de preparar; la traducción griega de los Setenta, la que siguen los evangelios, lo une a la voz que grita. Los autores de los manuscritos de Qumrán, en su Regla de la comunidad, leyeron el mismo versículo como una llamada a apartarse al desierto para estudiar la Ley.

Unos versos después, el profeta compara al ser humano con la hierba que se agosta, frente a una palabra del Dios nuestro que dura para siempre (40, 8). La primera carta de Pedro cita el pasaje (1, 24-25) y cambia «nuestro Dios» por «el Señor». Una palabra que permanece mientras todo pasa: el prólogo dará un paso más y dirá que esa Palabra se hizo carne.

Una palabra con historia

Juan no inventó el término. Logos significaba en griego palabra, cuenta y razón, y arrastraba siglos de filosofía, como se cuenta en el verbo creador. Heráclito de Éfeso, hacia el año 500 antes de Cristo, lamentaba que, siendo el logos común a todos, la mayoría viva como si tuviera un entendimiento particular, y pedía escuchar al logos, no a él, para reconocer que todo es uno.

Filón de Alejandría, un filósofo judío de la época de Jesús, llevó la palabra a la lectura de la Biblia. Distinguía entre el logos que se queda dentro, como el pensamiento, y el que se pronuncia, como la voz. Identificó el logos con el ángel del Señor de las Escrituras y lo llamó el gran arcángel de muchos nombres. En sus Cuestiones sobre el Génesis llega a hablar de un «segundo dios», una expresión que los estudiosos todavía discuten.

Ninguno de los dos dijo lo que afirma el versículo 14: que la Palabra se hizo carne y, literalmente, plantó su tienda entre nosotros. El verbo griego recuerda la tienda del encuentro del Éxodo, donde habitaba la gloria de Dios. Y el versículo 18 cierra con una variante que los manuscritos no resuelven igual. Los papiros 66 y 75 y los códices Sinaítico y Vaticano dicen «el Dios unigénito»; muchas copias posteriores, «el Hijo unigénito».

Una lectura en voz alta

Lee el prólogo despacio y en voz alta, de una sentada. Son dieciocho versículos y caben en cinco minutos. Fíjate en las palabras que vuelven (luz, mundo, testigo, gloria) y en el lugar donde el ritmo se corta para hablar de Juan el Bautista. Después lee el capítulo 40 de Isaías y busca la voz del desierto y la hierba que se seca.

Si tienes dos traducciones a mano, compáralas en el versículo 18 y en el 23 del mismo capítulo: verás cómo una nota a pie de página puede cambiar una imagen. La verdad es que no hace falta compartir una fe para apreciar el texto, y quien la comparte encuentra en él uno de los pasajes más rezados del cristianismo.

Las escuelas de metafísica también leen estos versículos a su manera, como se explica en la metafísica en las Escrituras. Hay más en la sección de religión y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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