El poder del mal: cómo responden las religiones a una pregunta antigua
Redacción Leotarot.com · Publicado el 6 de octubre de 2026
Si Dios es bueno y lo puede todo, ¿qué poder le queda al mal? Es una de las preguntas más viejas de la religión y de la filosofía, y tiene nombre propio: teodicea. Cada tradición la ha contestado a su manera, y conocer esas respuestas ayuda a entender la fe de los demás y, quizá, la propia.
Una pregunta con nombre griego
La forma clásica del problema se atribuye a Epicuro, el filósofo griego de los siglos IV y III antes de Cristo, aunque la conocemos por un autor cristiano muy posterior: Lactancio, que la recoge a comienzos del siglo IV en su tratado Sobre la ira de Dios. El razonamiento cabe en una línea: o Dios quiere acabar con el mal y no puede, o puede y no quiere. Muchos estudiosos dudan hoy de que el argumento sea de Epicuro, pero el nombre se quedó.
En 1710, el filósofo alemán Gottfried Leibniz publicó sus Ensayos de teodicea y bautizó la disciplina con dos palabras griegas, theós, «Dios», y díke, «justicia». Su respuesta fue que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El terremoto que arrasó Lisboa el 1 de noviembre de 1755 hizo tambalear ese optimismo, y Voltaire se burló de él en Cándido (1759).
Dos fuerzas en lucha
Una manera de resolver el problema es repartir el poder. El zoroastrismo, la antigua religión de Persia, habla de Ahura Mazda, el dios sabio, y de Angra Mainyu, el espíritu destructor al que más tarde se llamó Ahrimán, y pide al ser humano que elija el lado del bien. La lucha entre la luz y las tinieblas reaparece en el maniqueísmo, que el profeta Mani fundó en el Imperio persa del siglo III, y en algunos grupos gnósticos.
El dualismo quita la contradicción, pero a un precio: Dios deja de ser el único poder. Por eso el judaísmo, el cristianismo y el islam lo rechazaron.
Judaísmo, cristianismo e islam
En la Biblia hebrea, el Satán del libro de Job no es un dios rival. Su nombre significa «el acusador» y aparece en la corte celestial, sometido a Dios. El profeta Isaías pone en boca de Dios una frase rotunda: «formo la luz y creo las tinieblas» (Isaías 45, 7). La tradición rabínica habla del yétser hará, la inclinación al mal que cada persona lleva dentro junto a la inclinación al bien: no un demonio exterior, sino una fuerza que hay que encauzar.
Agustín de Hipona, que había pasado nueve años entre los maniqueos, dio al cristianismo occidental su respuesta más influyente. Para él, el mal no es una sustancia ni un poder con vida propia, sino una privación, una falta de bien, igual que la ceguera es falta de vista. Todo lo creado es bueno, como repite el Génesis, y el mal aparece cuando la voluntad libre se aparta de ese bien. Mucho antes, san Pablo había dado la consigna práctica: «vence el mal con el bien» (Romanos 12, 21).
El Corán cuenta que Iblís se negó a postrarse ante Adán y quedó convertido en tentador. Su poder, con todo, es limitado: en la sura 14, el propio Satanás reconoce el día del juicio que no tenía autoridad sobre nadie, que solo llamó y otros le siguieron.
Libertad, crecimiento y misterio
El siglo XX dio forma moderna a estas ideas. El filósofo estadounidense Alvin Plantinga defendió en 1974, en God, Freedom, and Evil («Dios, libertad y mal»), que un mundo con criaturas de verdad libres, capaces de elegir el bien, tiene que admitir que puedan elegir el mal. El británico John Hick, en Evil and the God of Love («El mal y el Dios del amor», 1966), recuperó a Ireneo de Lyon, obispo del siglo II, y describió el mundo como un lugar donde el alma madura, dificultades incluidas.
Las religiones nacidas en la India enfocan la pregunta de otro modo. El hinduismo y el budismo explican buena parte del sufrimiento por el karma, la ley de las acciones y sus consecuencias, y el budismo ni siquiera parte de un dios creador, así que el dilema de la teodicea no se le plantea igual.
Ninguna de estas respuestas explica del todo el dolor de un niño o el de las víctimas de una catástrofe, y los creyentes lo saben. Por eso muchas tradiciones acaban reconociendo un límite: al final de su libro, Job no recibe una explicación, sino un encuentro. Pues bien, hay quien ve en esa honradez la respuesta más respetuosa de todas.
Lecturas para seguir pensando
Si el tema te ronda, empieza por la fuente más antigua. El libro de Job se entiende mejor leyendo primero los dos capítulos iniciales, que plantean la apuesta, y después los capítulos 38 a 42, donde Dios responde desde la tormenta. Dos libros modernos lo acompañan bien: El problema del dolor (1940), del escritor cristiano C. S. Lewis, y Cuando a la gente buena le pasan cosas malas (1981), del rabino Harold Kushner, escrito tras la muerte de su hijo. Cándido, de Voltaire, es breve y pone la otra cara con mucho humor.
Dicho esto, la pregunta no se resuelve en una tarde, y no hace falta resolverla para vivir con respeto. Conversar con personas de otra fe sobre cómo la viven suele enseñar más que cualquier tratado. Y conviene recordar algo que repiten muchas voces de todas estas tradiciones, cada una a su manera: nadie debería mirar a quien sufre como si se lo hubiera buscado.
Si quieres seguir, lee las lecturas simbólicas de Adán y Eva, la vieja comparación del frío y el calor en ¿existe el mal? y lo que pensaban los gnósticos en evangelios apócrifos y gnosticismo. Hay más textos en la sección de religión y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.