Los evangelios apócrifos y el gnosticismo: de Nag Hammadi a María, Felipe y Judas

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

«Apócrifo» no quiere decir falso, sino oculto. Con esa etiqueta acabaron decenas de escritos cristianos de los primeros siglos, y entre ellos los de una corriente que la Iglesia combatió con dureza: el gnosticismo. Estas son sus ideas, sus maestros, su gran adversario y tres de sus evangelios más citados.

Una palabra que cambió de sentido

Apókryphos es un adjetivo griego que significa «escondido». Al principio se aplicaba a escritos reservados a un círculo de iniciados. Con el tiempo pasó a nombrar los libros que no entraban en el canon, la lista de los que se leían en las iglesias como Escritura, y en el habla corriente terminó por significar algo dudoso o inventado.

No todos los apócrifos son gnósticos. Muchos nacieron de la devoción popular, como el Protoevangelio de Santiago, de mediados del siglo II, que cuenta la infancia de María y es el primer texto que da nombre a su madre, Ana. Los apócrifos gnósticos son otra cosa: textos de doctrina, a menudo en forma de diálogo, en los que Jesús revela una enseñanza secreta a uno o varios discípulos.

Lo que creían los gnósticos

Gnosis significa «conocimiento». Para estos grupos, la salvación no llegaba por la fe ni por las obras, sino por conocer el propio origen: una chispa divina caída en un mundo que no es su casa.

Por encima de todo estaba un Dios supremo, lejano e inefable. El mundo material, en cambio, lo había fabricado un ser inferior, el demiurgo, palabra griega que significa «artesano» y que viene del Timeo de Platón. En el Apócrifo de Juan se llama Yaldabaoth y se proclama único dios porque ignora lo que hay por encima de él. Muchos gnósticos lo identificaban con el Dios del Antiguo Testamento.

Dos maestros destacan en el siglo II. Valentín, nacido en Egipto hacia el año 100 y formado en Alejandría, enseñó en Roma desde la época del papa Higinio. Imaginaba un mundo divino, el Pleroma, poblado por treinta eones, y explicaba la creación como el resultado de un error de uno de ellos, Sofía. Para su escuela, el demiurgo era limitado e ignorante, más que malvado. Basílides enseñaba en Alejandría por los mismos años y decía haber recibido la doctrina del apóstol Matías. Según Ireneo, hablaba de 365 cielos y sostenía que en la cruz murió Simón de Cirene en lugar de Jesús, aunque los antiguos que lo describen se contradicen entre sí.

Ojo con la etiqueta: la palabra «gnosticismo» la acuñó en inglés Henry More en el siglo XVII, y en 1996 el historiador Michael Williams propuso abandonarla porque mete en el mismo saco a corrientes muy distintas.

Ireneo de Lyon, el gran adversario

Ireneo nació en Esmirna, fue discípulo de Policarpo y llegó a obispo de Lyon tras la persecución del año 177. Hacia el 180 escribió cinco libros contra estas doctrinas, conocidos como Contra las herejías, aunque su título completo habla de desenmascarar y refutar la «falsamente llamada gnosis». Solo se conservan enteros en latín.

Fue él quien defendió que los evangelios tenían que ser cuatro, ni uno más, como cuatro son las regiones del mundo y los vientos principales. ¿Y qué se sabía de los gnósticos antes del siglo XX? Casi todo venía de sus enemigos.

La biblioteca de Nag Hammadi

Eso cambió en diciembre de 1945, cuando unos campesinos del Alto Egipto encontraron una jarra con doce códices de papiro y las hojas de un decimotercero: 52 tratados en copto, copiados entre los siglos III y IV. Junto a los textos cristianos había escritos herméticos y hasta un fragmento de La República de Platón.

El códice I tuvo una historia curiosa: a comienzos de los años cincuenta el Instituto Carl Gustav Jung de Zúrich lo compró como regalo de cumpleaños para el psiquiatra, y tras su muerte, y una disputa por la propiedad, sus páginas acabaron en el Museo Copto de El Cairo en 1975. La primera traducción completa al inglés salió en 1977. El texto más famoso del hallazgo, el de Tomás, tiene su propio artículo: el Evangelio de Tomás y los dichos secretos de Jesús.

Tres evangelios con nombre propio

María

No apareció en Nag Hammadi, sino en un códice copto que un diplomático alemán, Carl Reinhardt, compró en El Cairo en 1896. Walter Till lo publicó en 1955, y se conocen también dos fragmentos griegos del siglo III. Falta la mitad del texto. Lo que queda cuenta cómo, tras la partida de Jesús, María consuela a los discípulos y les relata una visión sobre el ascenso del alma. Pedro y Andrés dudan de que el Señor confiara esas cosas a una mujer, y Leví sale en su defensa.

Felipe

Está en el mismo códice que el de Tomás. Es una colección de sentencias que muchos atribuyen a la escuela de Valentín, probablemente del siglo III, que habla de cinco sacramentos, entre ellos uno misterioso, la cámara nupcial. Llama a María Magdalena «compañera» de Jesús y menciona que la besaba, pero el papiro está roto justo donde diría dónde.

Judas

Ireneo ya hablaba hacia el 180 de un evangelio de Judas, y lo tenía por historia inventada. Una copia en copto apareció en los años setenta en el Medio Egipto, en el llamado Códice Tchacos, y la National Geographic Society presentó su traducción en abril de 2006. El carbono 14 la sitúa entre los años 220 y 340. En ella Jesús confía a Judas una enseñanza reservada, y el traidor parece el único que lo entiende. La lectura se discute: la especialista April DeConick sostuvo en 2007 que la traducción tenía errores y que el texto presenta a Judas como un demonio.

Dónde leerlos con buen pie

La verdad es que estos textos se entienden mejor como lo que son, documentos de un cristianismo antiguo y plural. Ninguna Iglesia los incluye en la Biblia, y su fecha y su origen siguen en discusión. Hay ediciones en español de los apócrifos y de Nag Hammadi: elige una traducida del copto o del griego, con notas.

La lectura esotérica, que ve en ellos una sabiduría escondida, es una de las posibles, y merece el mismo respeto que la de los creyentes que no los aceptan. Si te interesa cómo leyeron los gnósticos el Génesis, mira la serpiente que enseña en Adán y Eva, y para el libro de Enoc, que se quedó fuera de casi todas las Biblias, los arcángeles en la Biblia y en Enoc. Encontrarás más en la sección de ángeles y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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