Vivir por encima de las tensiones: el contagio emocional y el perdón
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
Hay días en que el mal humor parece flotar en el aire: en la oficina, en casa, en las noticias. Muchas tradiciones espirituales invitan a no dejarse arrastrar por esa corriente y a soltar los agravios en lugar de darles vueltas. La psicología ha estudiado las dos cosas, cómo se contagian las emociones y qué ocurre cuando perdonamos.
Las emociones se pegan
En 1994, Elaine Hatfield, John Cacioppo y Richard Rapson dedicaron al fenómeno un libro entero, Emotional Contagion (contagio emocional). Lo definían como la tendencia a imitar sin darnos cuenta las expresiones, la voz, la postura y los movimientos de quienes tenemos delante, y a acabar sintiendo algo parecido.
El mecanismo tiene dos pasos. Primero copiamos: devolvemos la sonrisa, fruncimos el ceño con quien lo frunce, bajamos la voz si el otro la baja. Luego esos gestos influyen en lo que sentimos. Por eso un compañero tenso puede cambiar el clima de una reunión sin decir una palabra.
Mucho antes, en 1895, el francés Gustave Le Bon había descrito en Psicología de las masas a la persona que, dentro de una multitud, se deja llevar como si estuviera hipnotizada; de ahí viene la idea de la «mente de la masa» que recoge el original, aunque su visión de las multitudes como impulsivas e incapaces de razonar ha recibido muchas críticas.
Un experimento con 689.003 personas
Del 11 al 18 de enero de 2012, Facebook alteró sin avisar lo que veían en su página de noticias 689.003 usuarios. A unos les filtró parte de las publicaciones positivas de sus contactos; a otros, parte de las negativas. Después se analizaron más de tres millones de publicaciones escritas por esas personas.
El resultado se publicó en junio de 2014 en la revista PNAS, firmado por Adam Kramer, de Facebook, con Jamie Guillory y Jeffrey Hancock. Quienes veían menos cosas positivas escribían algo menos positivo y algo más negativo, y al revés. Los propios autores reconocían que el efecto era pequeño, aunque a esa escala pudiera sumar mucho.
La polémica fue mayor que el hallazgo. A nadie se le había preguntado si quería participar, más allá de aceptar las condiciones de uso al abrir la cuenta. En julio de 2014, el director de la revista, Inder Verma, publicó una nota de preocupación editorial: la recogida de datos podía no haber respetado del todo los principios del consentimiento informado ni la posibilidad de quedarse fuera.
El contagio existe, pues, también a distancia y por escrito. ¿Quiere decir eso que estamos a merced del humor ajeno? No del todo. El efecto era pequeño, y lo que hacemos con lo que sentimos sigue siendo cosa nuestra.
Perdonar no es olvidar ni dar la razón
El original propone, ante una ofensa, no quedarse rumiando el resentimiento. La psicología del perdón estudia cómo se hace eso sin negar el daño.
Robert Enright, de la Universidad de Wisconsin-Madison, distingue el perdón de excusar o justificar, de olvidar y de reconciliarse: se puede perdonar a alguien sin volver a confiar en él. Su modelo de proceso tiene veinte pasos agrupados en cuatro fases. Primero se descubre la herida y la rabia que deja; luego se decide perdonar; después se trabaja, mirando al otro con otros ojos y, si se puede, con algo de compasión; al final se profundiza, buscando un sentido a lo vivido.
Everett Worthington propuso un camino más breve, con cinco pasos que forman la palabra inglesa REACH: recordar el daño, ponerse en el lugar del otro, ofrecer el perdón como un regalo desinteresado, comprometerse con él y sostenerlo cuando el recuerdo vuelve.
Lo que dicen las revisiones
En 2014, Nathaniel Wade, William Hoyt, Julia Kidwell y el propio Worthington reunieron en un metaanálisis, publicado en el Journal of Consulting and Clinical Psychology, los estudios sobre intervenciones para promover el perdón. Las de Enright y las de Worthington eran las más estudiadas, con tantos ensayos como todas las demás juntas. Quienes pasaban por ellas perdonaban más que quienes no recibían ayuda o recibían otra distinta, y lo que más pesaba era el tiempo dedicado: a más horas, más perdón, sin que un método ganara al otro.
En 2018, Sadaf Akhtar y Jane Barlow revisaron en la revista Trauma, Violence, & Abuse solo ensayos controlados y aleatorizados con personas que habían sufrido daños o violencia. Concluyeron que las intervenciones de perdón reducían de forma moderada la depresión, la ira y el malestar.
Eso sí, perdonar no obliga a quedarse. Si alguien te sigue haciendo daño, lo primero es protegerte.
Cuando el ambiente se carga
Cuando notes que la tensión de otros se te pega, empieza por el cuerpo, que es por donde entra: afloja la mandíbula, suelta los hombros y respira despacio un par de minutos. No hace falta contestar en el mismo tono. También puedes elegir qué te rodea, porque la calma de una buena conversación o de un rato sin noticias se contagia igual que el enfado.
Con los agravios, el camino es más lento. Escribir lo que pasó y lo que te dolió, intentar entender qué llevó al otro a actuar así sin justificarlo y decidir, cuando estés preparado, desearle bien son los pasos que comparten estos modelos. Si el rencor no se va, te quita el sueño o te amarga los días, habla con un psicólogo: hay terapias que trabajan el perdón y se han medido. Si hay violencia, pide ayuda sin esperar.
Lo que se puede hacer con la ira cuando aparece está en la ira, segunda parte, y cómo convivir con lo que no depende de ti, en estrés y aceptación. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.