El mundo de las cruces: la cruz de cada uno, de suplicio romano a símbolo de consuelo
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
Decir que alguien lleva su cruz es hablar de una carga que no ha elegido: una enfermedad, una pérdida, el cuidado de un familiar. La expresión viene de un castigo romano que los cristianos tardaron siglos en atreverse a dibujar. Esta es su historia, contada con respeto y con una advertencia desde el principio: la cruz de nadie es un castigo que se haya ganado.
Un suplicio para esclavos y rebeldes
La crucifixión fue el castigo más temido de Roma. Se aplicaba a esclavos, piratas y enemigos del Estado, y a los ciudadanos romanos, en principio, no se les podía crucificar. Cicerón la llamó el suplicio más cruel y repugnante. Tras la revuelta de Espartaco, Craso mandó crucificar a unos 6.000 de sus seguidores a lo largo de la vía Apia, entre Capua y Roma, en el año 71 antes de Cristo.
El objetivo era humillar y escarmentar en público. Por eso la cruz fue para los primeros cristianos un escándalo antes que un símbolo. Constantino, el primer emperador cristiano, abolió este castigo en el siglo IV.
Del Palatino a la puerta de Santa Sabina
Una de las imágenes más antiguas que se conservan de un crucificado es una burla. En 1857 apareció, rayado en el yeso de una sala del Palatino, en Roma, el dibujo de un hombre con cabeza de asno clavado en una cruz, y a su lado un joven con la mano alzada. La inscripción, en griego, viene a decir «Alexámenos adora a su dios». Se suele fechar hacia el año 200, y la sala formaba parte, según se cree, de una escuela para los pajes del palacio imperial.
Entre los paganos corría la acusación de que los cristianos adoraban a un asno, y el dibujo parece burlarse de un tal Alexámenos por su fe. En la sala de al lado, otra mano escribió «Alexámenos, fiel», quizá como respuesta. El grafito se guarda hoy en el museo del Palatino.
Los cristianos tardaron en representar la escena por su cuenta. Una de las primeras crucifixiones expuestas a la vista de todos está en la puerta de madera de ciprés de la basílica de Santa Sabina, en el monte Aventino, tallada hacia el año 430. Jesús y los dos ladrones aparecen con los brazos abiertos, como quien reza, y con los clavos en las palmas. Las cruces apenas se insinúan.
«Que tome su cruz»
La frase de los evangelios está en Marcos (8, 34), Mateo (16, 24) y Lucas (9, 23): quien quiera seguir a Jesús, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y le siga. Lucas añade «cada día». Para quienes la oyeron, la imagen era brutal y concreta, porque el condenado cargaba con el madero camino del suplicio.
En la tradición cristiana, la frase habla de seguir a alguien que va delante, no de buscar el dolor ni de merecerlo. Los mismos evangelios cuentan que a Jesús le ayudaron a llevar la suya: los soldados obligaron a Simón de Cirene, un hombre que volvía del campo, a cargar con ella (Marcos 15, 21).
Catorce estaciones
El vía crucis nació con los peregrinos de Jerusalén. Desde 1342, cuando el papa Clemente VI reconoció a los franciscanos como custodios de los santos lugares, ellos guiaron a los visitantes por el camino que, según la tradición, recorrió Jesús hasta el Calvario. A mediados del siglo XV, el peregrino inglés William Wey llamó estaciones a las paradas. De vuelta en Europa, muchos quisieron reproducir aquel recorrido en su tierra, con un número de paradas que cambiaba de un sitio a otro.
En 1686, Inocencio XI permitió a los franciscanos instalar estaciones en sus iglesias, y en 1731 Clemente XII extendió el permiso a todas y fijó el número en catorce. Van de la condena a muerte al sepulcro, y varias de ellas, como las tres caídas o el encuentro con la Verónica, no están en los evangelios: vienen de la piedad popular. El franciscano Leonardo de Porto Maurizio, gran difusor de esta devoción, instaló las del Coliseo de Roma en el año santo de 1750, con la bendición de Benedicto XIV. En 1991, Juan Pablo II introdujo un vía crucis bíblico, con escenas tomadas de los evangelios.
La parábola de las cruces
Circula desde hace mucho una historia sin autor conocido. Una persona se queja de que su cruz pesa más que la de nadie, y la llevan a una sala llena de cruces para que elija otra. Después de probar muchas, escoge la que le parece más llevadera y descubre que era la suya.
La idea es más antigua que el cristianismo. Heródoto escribió en el siglo V antes de Cristo que, si todos llevaran sus desgracias al mercado para cambiarlas por las del vecino, cada uno volvería a casa contento con las propias. En junio de 1714, Joseph Addison la convirtió en un sueño para su periódico The Spectator: Júpiter permite que cada cual arroje sus penas a un gran montón y elija otras, a todos les va peor con las nuevas y acaban recuperando las suyas. En 1858, una revista inglesa publicó el poema The Changed Cross, en el que una mujer cansada prueba una cruz con joyas, demasiado pesada, y otra cubierta de flores que esconden espinas, antes de reconocer la suya.
¿Quiere decir la parábola que cada uno tiene lo que merece? No. Dice algo más modesto: que desde fuera las cargas ajenas parecen más ligeras de lo que son.
Acompañar la cruz, la tuya y la de otros
La parábola tiene un riesgo: usarla para callar a quien sufre. Que cada cual tenga su cruz no significa que la haya merecido, ni que la haya fabricado con sus errores, ni que deba cargarla sin ayuda. Una enfermedad, una pérdida o la pobreza no son un castigo, y los evangelios pusieron a un Simón de Cirene en el camino.
Lo que sí ofrece es una invitación a mirar sin envidia y a ofrecer el hombro. Eso sí, si tu carga te desborda, pide ayuda: a tu gente, a tu comunidad si eres creyente, y a un psicólogo o a tu médico si la tristeza o el cansancio no se van.
Para seguir, lee el dolor del alma según las tradiciones, por qué no culpar a quien sufre, en siembra y cosecha y qué hacer cuando la fe se tambalea. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.