La palabra: lo que sale de la boca, de los evangelios a la psicología
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
Según un estudio con universitarios, decimos unas dieciséis mil palabras al día, y casi nunca pensamos en ellas. La Biblia y el refranero llevan siglos avisando de su peso, y la psicología ha empezado a medirlo. Aquí tienes los textos, cada uno en su contexto, y dos estudios que ayudan a hablar con más cuidado.
Lo que sale de la boca
El capítulo 15 de Mateo empieza con una discusión. Unos fariseos y escribas llegados de Jerusalén preguntan a Jesús por qué sus discípulos no se lavan las manos antes de comer, como manda la tradición de los ancianos. La respuesta, dirigida después a toda la gente, cambia el foco: no contamina lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella (Mateo 15, 11). Cuando Pedro le pide que se lo explique, Jesús añade que lo que sale de la boca viene del corazón (15, 18), y enumera los malos pensamientos y las demás faltas que nacen ahí. Marcos cuenta la misma escena en su capítulo 7.
En su contexto, el pasaje habla de pureza ritual y de dónde está de verdad el mal: no en la comida, sino en las intenciones. Para el evangelio, la palabra es el lugar donde el corazón se deja ver.
Un fuego pequeño
La carta de Santiago dedica a la lengua casi todo su capítulo 3. Usa imágenes de la vida diaria: el freno que dirige a un caballo, el timón pequeño que gobierna un barco grande aunque sople un viento fuerte, la chispa que basta para incendiar un bosque (3, 3-5). Dice que el ser humano ha domado toda clase de animales, pero no su lengua (3, 7-8).
Le duele, sobre todo, la incoherencia: que de la misma boca salgan alabanzas a Dios e insultos a las personas, hechas a su semejanza (3, 9-10). Ninguna fuente, añade, echa a la vez agua dulce y amarga, y ninguna higuera da aceitunas (3, 11-12). El autor no pide callar. Pide que lo que se dice esté de acuerdo con lo que se cree.
La palabra que no vuelve vacía
Muchos grupos espirituales citan a Isaías para decir que todo lo que decimos acaba produciendo efecto. El pasaje está en el capítulo 55, al final de la parte del libro que los estudiosos llaman Segundo Isaías (capítulos 40 a 55), nacida en los años del destierro en Babilonia, en el siglo VI antes de Cristo. Quien habla es Dios. Igual que la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven sin haber regado la tierra, dice, su palabra no volverá a él vacía (Isaías 55, 10-11).
El versículo responde al comienzo de esa misma sección, donde se lee que la palabra de nuestro Dios permanece para siempre (40, 8). Es una promesa de consuelo para un pueblo desterrado, y la palabra que se cumple es la de Dios. Aplicarla a cualquier frase humana es una lectura de algunas escuelas, no lo que dice el texto.
Por la boca muere el pez
El refranero lo resume con una imagen de pescadores. El pez muerde el anzuelo, que le entra por la boca, y así lo atrapan; a las personas nos pasa algo parecido cuando hablamos de más o a destiempo. El refrán tiene hermanos en gallego, pola boca morre o peixe, y en catalán, per la boca mor el peix.
Se dice a menudo medio en broma, pero encierra un consejo serio. Hay cosas dichas que no tienen arreglo.
Lo que mide la psicología
En 2007, el equipo de Matthew Lieberman, de la Universidad de California en Los Ángeles, publicó en Psychological Science un experimento con resonancia magnética. Los participantes veían fotos de caras con expresiones de emoción, como enfado o miedo. Cuando elegían la palabra que nombraba la emoción, la amígdala, una zona del cerebro que reacciona ante lo que nos alarma, respondía menos que con otras tareas, y se activaba una región de la corteza prefrontal derecha. Poner nombre a lo que sientes, en otras palabras, parece ayudar a templarlo.
Ese mismo año, Matthias Mehl y sus colegas publicaron en Science cuánto hablamos. Durante varios días, 396 universitarios de Estados Unidos y de México llevaron una grabadora que registraba un fragmento breve cada doce minutos y medio. Mujeres y hombres decían de media unas dieciséis mil palabras al día, sin diferencias significativas, lo que desmintió una cifra muy repetida entonces: que ellas dicen 20.000 y ellos 7.000. Las diferencias entre personas, eso sí, eran enormes. El más callado se quedó en unas setecientas palabras diarias, y los tres más habladores llegaron hasta las 47.000.
¿Cuántas de esas dieciséis mil elegimos de verdad? Pocas, seguramente. Por eso los gestos pequeños cuentan.
Con cuidado al hablar: tres gestos
- Nombra lo que sientes. Antes de responder en caliente, ponle nombre por dentro o en un papel: «estoy enfadado», «me ha dolido». Según el estudio de Lieberman, nombrar ya rebaja algo la intensidad.
- Deja reposar lo importante. Una crítica, una mala noticia o una petición delicada se dicen mejor después de escribirlas y releerlas unas horas más tarde.
- Repara pronto. Si se te escapa una palabra que hiere, pide perdón cuanto antes y sin justificarte. El refrán del pez avisa de lo que no tiene arreglo, pero una disculpa a tiempo arregla mucho.
Si la ira o la ansiedad te hacen decir a menudo cosas que luego lamentas, un psicólogo puede ayudarte. Para seguir, lee el verbo creador y las palabras que hacen cosas, qué es la ira y qué dijeron de ella los filósofos y la palabra coraje. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.