La era del plato volador: el verano de 1947 y lo que vino después

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

El 24 de junio de 1947, un piloto de Idaho contó que había visto nueve objetos brillantes sobre las montañas de Washington, y en pocas semanas Estados Unidos se llenó de platos voladores. Así empezó una época de avistamientos, titulares e investigaciones oficiales que duró más de veinte años.

Nueve destellos entre el Rainier y el Adams

Kenneth Arnold vendía material de extinción de incendios en Boise, Idaho, y era un piloto experimentado. Aquel martes volaba en su avioneta, una CallAir A-2, de Chehalis a Yakima, en el estado de Washington, y se desvió para buscar un avión de transporte de los marines desaparecido en la zona, por el que ofrecían una recompensa.

Poco antes de las tres de la tarde vio unos destellos. Eran nueve objetos que volaban en fila: pasaron junto al monte Rainier y siguieron hacia el monte Adams. Arnold cronometró el recorrido entre las dos cumbres y calculó una velocidad de al menos 1.900 kilómetros por hora, muy por encima de la de cualquier avión de la época.

Aterrizó en Yakima, contó lo ocurrido y siguió hasta Pendleton, en Oregón, donde le esperaban los periodistas. Cómo su comparación con un platillo que rebota en el agua acabó en titulares sobre «platillos volantes» está en la historia de la expresión platillo volante. Aquí interesa lo que pasó a continuación.

Un verano lleno de platos voladores

Llegó una avalancha. El investigador Ted Bloecher reunió en 1967 más de 850 avisos de junio y julio de 1947, sacados sobre todo de 140 periódicos de 90 ciudades de Estados Unidos y Canadá. La oleada creció de golpe a partir del 4 de julio, tocó techo el 6 y el 7 y luego fue apagándose.

Las Fuerzas Aéreas del Ejército despacharon el relato de Arnold como un espejismo. Otros propusieron reflejos del sol en aviones a reacción, meteoros, nubes o una bandada de pelícanos, y muchos avisos de aquel verano eran globos, aviones y estrellas brillantes. A los militares, en plena Guerra Fría, les inquietaba otra cosa. ¿Y si alguno de aquellos objetos era un arma soviética?

Roswell: el disco que acabó en globo espía

En plena oleada, el 8 de julio de 1947, el aeródromo militar de Roswell, en Nuevo México, anunció en una nota de prensa que había recuperado un «disco volador». Los restos los había encontrado semanas antes el capataz de un rancho cercano a Corona. Al día siguiente, el general Roger Ramey rectificó: eran los restos de un globo meteorológico. El asunto quedó olvidado más de treinta años.

Volvió en 1978, cuando uno de los oficiales que habían recogido los restos dijo que lo del globo había sido una tapadera, y un libro de 1980 popularizó la idea de una nave estrellada, a la que con los años se añadieron cuerpos. Tras la petición de un congresista, la Fuerza Aérea revisó sus archivos y en 1994 dio su conclusión: los restos venían de Mogul, un proyecto secreto que lanzaba trenes de globos con micrófonos a gran altura para detectar las pruebas nucleares soviéticas. El vuelo número 4 había salido de Alamogordo el 4 de junio de 1947. Un segundo informe, de 1997, atribuyó los relatos de cuerpos a recuerdos de maniquíes de pruebas y de accidentes militares de años posteriores, mezclados en la memoria.

De Sign a Condon: veinte años de investigación oficial

El 23 de septiembre de 1947, el general Nathan Twining, al frente del Mando de Material Aéreo, escribió que el fenómeno era «algo real» y no imaginario, y pidió un estudio. Una orden del 30 de diciembre de ese año creó el proyecto Sign, con sede en Wright Field, en Dayton (Ohio). Edward Ruppelt contó en 1956 que su equipo llegó a redactar un informe que apuntaba a naves de otro planeta y que el jefe del Estado Mayor, Hoyt Vandenberg, lo rechazó por falta de pruebas. Nunca ha aparecido una copia.

En febrero de 1949 lo sustituyó el proyecto Grudge, mucho más escéptico, que atribuía los avisos a confusiones, engaños e histeria colectiva y se dio por terminado en diciembre de ese año. Su heredero fue el proyecto Libro Azul, que funcionó desde marzo de 1952 hasta el 17 de diciembre de 1969 y vivió, en su primer verano, los ecos de radar sobre Washington. En total reunió 12.618 avisos y dejó 701 como no identificados.

El último paso fue universitario. En 1966, la Fuerza Aérea encargó a la Universidad de Colorado un estudio dirigido por el físico Edward Condon. Su informe se entregó en noviembre de 1968 y se publicó en enero de 1969: seguir estudiando los ovnis a fondo, concluía, probablemente no haría avanzar la ciencia. Una comisión de la Academia Nacional de Ciencias lo dio por bueno, y la Fuerza Aérea cerró el Libro Azul. El astrónomo J. Allen Hynek, asesor de la Fuerza Aérea durante dos décadas, criticó que el comité dejara sin explicar más de una cuarta parte de los casos que estudió. La siguiente revisión científica independiente no llegó hasta 1997, con el panel Sturrock.

Lo que dejó aquel verano

El verano de 1947 dejó un vocabulario, una sospecha y un método. El vocabulario es el de los platos voladores, que el mundo adoptó en pocos meses. La sospecha, la de que los gobiernos sabían más de lo que decían, alimentó Roswell durante décadas aunque los papeles hablaran de globos espía. Y el método es el de quienes cruzaban horas, rumbos y partes del tiempo hasta encontrar el avión, el globo o el planeta que había detrás de cada aviso.

Cuando leas un caso de aquella época, busca la fecha exacta y la primera noticia publicada, comprueba si se miraron los lanzamientos de globos, los vuelos militares y la posición de Venus o Júpiter, y fíjate en cuándo se recogieron los testimonios: muchos relatos de Roswell se contaron treinta años después. Al fin y al cabo, de los 12.618 avisos del Libro Azul, más de once mil encontraron una explicación corriente.

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Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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