La telergia: cuando se buscó en los vivos la fuerza de los fantasmas

Redacción Leotarot.com · Publicado el 6 de octubre de 2026

Telergia es el nombre que una parte de la parapsicología dio a una supuesta energía del cuerpo humano capaz de mover objetos, dar golpes y hasta formar apariciones sin que la persona se dé cuenta. La idea tuvo defensores serios y experimentos con balanzas y rayos infrarrojos, pero nunca llegó a demostrarse.

Una palabra con dos sentidos

El término junta dos raíces griegas: tele, «lejos», y ergon, «obra» o «trabajo». Lo acuñó el británico Frederic Myers, uno de los fundadores de la Sociedad para la Investigación Psíquica de Londres, y aparece en su libro póstumo Human Personality and Its Survival of Bodily Death (1903). Para Myers, la telergia era la fuerza con la que la mente de una persona impresiona a otra a distancia, actuando sobre su cerebro: algo más cercano a la telepatía que a los objetos voladores.

El sentido que se usa en español vino después. En la parapsicología del siglo XX escrita en español y en portugués, y sobre todo en la escuela del jesuita Óscar González-Quevedo (Madrid, 1930; murió en Brasil en 2019), que fundó en São Paulo el Centro Latinoamericano de Parapsicología, la palabra pasó a nombrar algo físico. La telergia sería la energía del propio organismo, exteriorizada y transformada, que explicaría los golpes, los desplazamientos y el resto de los llamados efectos físicos. Para esa escuela, la causa está en los vivos y no en los espíritus.

Crookes y la «fuerza psíquica»

Mucho antes de que existiera la palabra, hubo quien intentó pesar esa fuerza. William Crookes fue uno de los químicos más prestigiosos de su tiempo: descubrió el talio en 1861, dio nombre al tubo de Crookes y presidió la Royal Society entre 1913 y 1915.

A principios de la década de 1870 estudió al médium escocés Daniel Dunglas Home. Uno de sus aparatos era una tabla apoyada en un soporte, con un extremo colgado de una balanza de resorte; Home tocaba con los dedos el otro extremo y, según Crookes, la balanza marcaba un peso mayor del que podía explicar ese contacto. Otro era un acordeón metido en una jaula que sonaba mientras el médium lo sujetaba por un lado. Crookes habló de una «fuerza psíquica».

Sus críticos señalaron que los controles eran insuficientes, y algunas médiums a las que respaldó fueron acusadas de fraude más tarde. Crookes murió en Londres en abril de 1919, a los 86 años.

Crawford y las varillas de Belfast

William Jackson Crawford enseñaba ingeniería mecánica en Belfast y aplicó a las sesiones espiritistas sus hábitos de medir. Desde 1914 asistió a las del círculo de la familia Goligher, cuya médium era la joven Kathleen Goligher.

Durante las levitaciones de la mesa, Crawford pesaba a la médium y anotaba que su peso subía casi lo mismo que pesaba la mesa. De ahí dedujo que de su cuerpo salían unas varillas invisibles de ectoplasma que hacían de palanca. Siguió su supuesto recorrido con polvo de carmín, hizo fotografías con flash y escribió tres libros sobre aquellas sesiones.

El tercero salió en 1921, cuando él ya no vivía. Crawford se quitó la vida en julio de 1920, y en una carta escrita pocos días antes aseguró que su estado no tenía nada que ver con la investigación. Al año siguiente, el físico Edmund Fournier d'Albe asistió a veinte sesiones del mismo círculo. Su conclusión fue que las levitaciones se hacían con las piernas de la médium, a la que llegó a ver sujetando la mesa con el pie, y que el «ectoplasma» de las fotos era muselina.

Osty y el rayo infrarrojo

El experimento más citado es francés. En octubre y noviembre de 1930, el médico Eugène Osty, director del Instituto Metapsíquico Internacional de París, estudió al médium austriaco Rudi Schneider. Cruzó la sala con un haz de luz infrarroja, que el ojo no ve, entre el médium y una mesa con los objetos que debía mover. Si algo cortaba el haz, se disparaban varias cámaras.

Las cámaras se dispararon, pero las fotos no mostraron nada. Osty midió después que el haz se debilitaba en parte, nunca del todo, como si lo atravesara algo que no era un objeto sólido, y publicó sus resultados en 1932. Nadie ha conseguido después algo parecido en condiciones que convenzan a la comunidad científica.

¿Y los fantasmas?

Aquí está el vínculo con las casas encantadas. Para los defensores de la telergia, muchos fenómenos de poltergeist (golpes, objetos que caen, puertas que se cierran) no serían obra de espíritus, sino una descarga inconsciente de una persona viva de la casa, a menudo un adolescente que pasa por un momento tenso. Algunos fueron más lejos y atribuyeron a esa energía ciertas apariciones.

En Estados Unidos, la idea tomó otro nombre. En 1958, los parapsicólogos J. G. Pratt y William G. Roll investigaron los objetos que se movían en una casa de Seaford, en Long Island, alrededor de un chico de doce años, y Roll propuso llamarlo psicocinesis espontánea recurrente. Dicho esto, los escépticos atribuyeron aquel caso al engaño y a errores de percepción, y la ciencia no ha aceptado que esa fuerza exista. El espiritismo, por su parte, sigue viendo en esos fenómenos la acción de los espíritus.

Antes de culpar a un fantasma

Si en tu casa suenan golpes o aparecen cosas fuera de sitio, empieza por lo cotidiano. Las tuberías se dilatan con el agua caliente, la madera cruje cuando refresca de noche, los animales se meten en techos y paredes, y una corriente de aire basta para cerrar una puerta. Anota cuándo ocurre cada cosa, a qué hora y quién estaba en casa: a menudo aparece un patrón con una explicación sencilla.

Si en la familia hay alguien que pasa por una mala racha, habla con esa persona con calma y sin acusar. Y si el miedo os quita el sueño o alguien se encuentra mal, pide ayuda a un médico o a un psicólogo, que es lo que de verdad alivia.

Para entender cómo ve estos fenómenos el espiritismo, lee la escala de los espíritus y la historia de la mediumnidad hasta las mesas giratorias. Tienes más en la sección de paranormal y en el tarot temático.

Texto nuevo de la Redacción de Leotarot.com, redactado con ayuda de herramientas y revisado por la redacción.

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