Los fantasmas de la Antigüedad: muertos que volvían a pedir algo

Redacción Leotarot.com · Publicado el 6 de octubre de 2026

Mucho antes de las casas encantadas del cine, las civilizaciones antiguas ya contaban historias de muertos que regresaban. Casi siempre volvían por un motivo concreto: una tumba abandonada, un entierro que no se hizo o unas ofrendas que nadie llevaba.

Mesopotamia: la mano del fantasma

En Babilonia y Asiria, cada difunto dejaba un espíritu, el etemmu. Si recibía sepultura y su familia le llevaba agua y comida con regularidad, en una ofrenda llamada kispum, descansaba en el mundo de abajo. Si no, vagaba y molestaba a los vivos.

Los médicos mesopotámicos lo tomaban muy en serio. En sus textos de diagnóstico aparece una expresión que se repite: «mano de fantasma». Con ella explicaban dolores de cabeza, zumbidos en los oídos o pesadillas, y los remedios incluían rituales para devolver al muerto a su sitio, a veces con una figurilla de barro que lo representaba.

Egipto: cartas a los difuntos

Los egipcios creían que, tras la muerte, la persona podía convertirse en un akh, un espíritu luminoso con poder para ayudar o para hacer daño. Por eso les escribían. Se conservan las llamadas cartas a los muertos, escritas a veces en cuencos que se dejaban en la tumba con comida. En ellas, un viudo pide a su esposa que deje de afligirlo, o un hijo pide ayuda a sus padres en una disputa por la herencia.

Hay incluso un cuento de fantasmas. Se conserva en fragmentos de cerámica de época ramésida (hacia los siglos XIII a XI antes de Cristo) y lo protagoniza Jonsuemheb, sumo sacerdote de Amón. El sacerdote invoca a un espíritu, que dice llamarse Nebusemej, y este se queja: su tumba se ha hundido, nadie recuerda dónde está y ya no recibe ofrendas. El sacerdote envía a tres hombres a buscar un lugar para un sepulcro nuevo, y lo encuentran en Deir el-Bahari.

Grecia: la sombra de Patroclo

En el canto XXIII de la Ilíada, Aquiles se queda dormido junto al mar tras vengar a su amigo Patroclo. Entonces se le aparece la sombra del muerto, idéntica a él en estatura, voz y mirada, y le reprocha que aún no lo haya enterrado: sin funeral no puede cruzar las puertas del Hades. Aquiles intenta abrazarlo, pero la sombra se hunde en la tierra como humo.

Los griegos situaban a sus fantasmas en lugares concretos. En el siglo II de nuestra era, el viajero Pausanias contó que en el campo de batalla de Maratón se oían cada noche relinchos de caballos y ruido de combate, y que no convenía ir allí a propósito para escucharlos.

De esa lengua viene nuestra palabra: phántasma significaba «aparición». En el Evangelio de Mateo, cuando los discípulos ven a Jesús caminar sobre el agua, gritan que es un fantasma.

Roma: habas negras y casas encantadas

Los romanos tenían un calendario para sus muertos. En las Lemurias, los días 9, 11 y 13 de mayo, el padre de familia se levantaba a medianoche, descalzo, y arrojaba a su espalda habas negras sin mirar atrás, para que los lémures, los espíritus inquietos, se las llevaran y dejaran en paz a los suyos. Después hacía sonar objetos de bronce para echarlos de casa. Lo cuenta Ovidio en sus Fastos.

La casa encantada ya era un tema conocido. El comediógrafo Plauto, hacia el año 200 antes de Cristo, construyó toda una comedia, Mostellaria, sobre un esclavo que inventa un fantasma para que su amo no entre en casa. Y Plinio el Joven escribió a su amigo Sura una carta famosa. Contaba que en Atenas había una casa que nadie quería, porque de noche se oían cadenas y aparecía un anciano demacrado y encadenado. El filósofo Atenodoro la alquiló barata, siguió al espectro hasta un rincón del patio y, al día siguiente, allí se hallaron huesos con cadenas. Tras enterrarlos como es debido, la casa quedó tranquila.

No todos se lo creían. Por la misma época que Pausanias, Luciano de Samosata se burló de estas historias en El aficionado a la mentira, donde un personaje cuenta casi el mismo caso, trasladado a Corinto.

Los sueños también traían visitas. Tito Livio relata que en el año 340 antes de Cristo, antes de una batalla contra los latinos, los dos cónsules vieron en sueños la misma figura, de tamaño sobrehumano. Les anunció que el general de un bando y el ejército del otro estaban destinados a los dioses manes y a la Madre Tierra.

Dos relatos que suelen citarse mal

Algunas historias antiguas circulan con fechas y autores cambiados. Beda el Venerable cuenta en su Historia eclesiástica, terminada hacia el año 731, que en el monasterio de Barking, junto al Támesis, una luz bajó del cielo como un gran lienzo sobre las monjas que cantaban ante las tumbas de los monjes, durante una epidemia del siglo VII. Para Beda, aquella luz señalaba dónde debían enterrarse.

El otro relato es renacentista. Girolamo Cardano escribió en su obra De subtilitate que su padre, Fazio, vio aparecer el 13 de agosto de 1491 a siete hombres vestidos con túnicas de seda parecidas a togas griegas, que dijeron estar hechos de aire. No fue Paracelso quien lo contó, ni en el siglo XX.

Lee la fuente antes que la leyenda

Mira primero quién lo cuenta y cuándo. Plinio repetía lo que otros le habían contado, y su carta empieza preguntando a Sura si cree que los fantasmas existen. Livio escribía siglos después de los hechos. Esos matices cambian mucho la lectura.

¿Y qué pide el fantasma? En casi todas estas culturas, el muerto que vuelve quiere lo mismo: un entierro, una tumba, que alguien lo recuerde. La verdad es que estos relatos dicen más sobre cómo trataban los vivos a sus muertos que sobre el más allá.

Para seguir, lee cómo buscó la parapsicología del siglo XX en los vivos la fuerza de los fantasmas, la telergia, la historia de la mediumnidad, de Endor a Kardec o cómo honra la santería a los eggun, los espíritus de los antepasados. Tienes más en la sección de paranormal y en el tarot temático.

Texto nuevo de la Redacción de Leotarot.com, redactado con ayuda de herramientas y revisado por la redacción.

También te puede interesar

Ver toda la biblioteca esotérica