El pacto con el diablo: de Teófilo de Adana a la encrucijada del blues

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

La idea de firmar un contrato con el diablo es mucho más antigua que el cine. Empezó como un relato de arrepentimiento en el Oriente cristiano, se convirtió en el gran mito de Fausto y acabó en una sonata italiana y en la leyenda de un músico de blues. Esta es su historia, contada como lo que es: literatura, leyenda y, alguna vez, una prueba dudosa ante un tribunal.

Teófilo, el contrato que se rompió

Teófilo fue un clérigo de Adana, en Cilicia, al sur de la actual Turquía, que murió hacia el año 538. El personaje probablemente existió; lo que se cuenta de él es leyenda. Según el relato, lo eligieron obispo y lo rechazó por humildad. El elegido en su lugar lo apartó de su cargo, y Teófilo, dolido, buscó a un nigromante que lo puso en contacto con el diablo. Firmó con su sangre un documento en el que renegaba de Cristo y de la Virgen, y recuperó su puesto.

Lo importante viene después. Arrepentido, rezó a la Virgen María, y el contrato apareció de nuevo sobre su pecho. Lo confesó ante el obispo, que lo quemó, y Teófilo murió en paz.

La historia corrió por toda la Europa medieval como prueba de que ningún pacto está por encima del perdón. La contaron la canonesa alemana Hrotsvitha en el siglo X y el poeta francés Rutebeuf en una obra de teatro del siglo XIII, y en castellano la puso en verso Gonzalo de Berceo, entre sus relatos de la Virgen. En la iglesia de Souillac, en Francia, se conserva esculpida en piedra.

Fausto: del libro popular a Goethe

El pacto más famoso nació de un hombre real. Johann Georg Faust fue un mago y alquimista alemán que murió hacia 1540 y del que corrían muchas historias. En 1587, el impresor Johann Spies publicó en Fráncfort la Historia von D. Johann Fausten, un libro anónimo. En él, Fausto entrega su alma a cambio de veinticuatro años con Mefistófeles a su servicio, y al final paga. El tono es moralizante: quería apartar a los lectores de la curiosidad sin freno.

En 1592 apareció la traducción inglesa, y sobre ella escribió Christopher Marlowe su Doctor Fausto, hacia esa misma fecha; la obra se imprimió en 1604. Su protagonista es un sabio que se aburre de la teología y de la medicina y quiere más.

¿Qué cambió Goethe para que el mito siga vivo? Le dio la vuelta al final. Johann Wolfgang von Goethe publicó la primera parte de su Fausto en 1808, y la segunda salió en 1832, tras su muerte. Cuando Mefistófeles se dispone a cobrar, los ángeles se llevan el alma de Fausto: lo salvan la gracia, su empeño en no dejar nunca de buscar y la intercesión de Margarita.

Un pacto como prueba en Loudun

El pacto llegó también a los tribunales. En 1634, en Loudun, en el oeste de Francia, el sacerdote Urbain Grandier fue juzgado por brujería tras las acusaciones de varias monjas ursulinas que decían estar poseídas, un caso que se cuenta en las posesiones diabólicas. En el juicio se presentaron como prueba dos documentos: uno en latín, con lo que parecía su firma, y otro escrito al revés, lleno de abreviaturas y signos extraños, con las supuestas firmas de varios demonios.

No se sabe si Grandier escribió algo bajo presión o si los papeles se fabricaron. Sí se sabe que nunca confesó la brujería, ni siquiera bajo tortura, y que murió en la hoguera el 18 de agosto de 1634. Aquel pacto dice más de sus jueces que de él.

El violín y la encrucijada

El violinista Giuseppe Tartini le contó al astrónomo francés Jérôme Lalande un sueño de 1713: el diablo se había convertido en su sirviente y le había tocado al violín una sonata bellísima. Al despertar intentó escribirla, y así nació, según él, la sonata en sol menor que conocemos como El trino del diablo, aunque reconocía que lo que compuso quedaba muy por debajo de lo que había oído. Lalande publicó la anécdota en su libro de viajes por Italia. La partitura no se imprimió hasta 1798 o 1799, casi treinta años después de la muerte del músico, y los estudiosos creen por su estilo que la escribió mucho después del sueño, quizá en la década de 1740.

Robert Johnson es el último gran protagonista. Este guitarrista y cantante del Misisipi grabó veintinueve canciones en dos sesiones, en San Antonio (1936) y en Dallas (1937), y murió en 1938, con 27 años. Más de veinte años después, cuando el público blanco redescubrió sus discos, se extendió la historia de que había vendido el alma al diablo en un cruce de caminos a cambio de su destreza.

La leyenda se contaba antes de otro músico sin parentesco con él, Tommy Johnson, y para el historiador Elijah Wald la versión de Robert es sobre todo un añadido tardío. Canciones como Cross Road Blues o Me and the Devil Blues se leyeron después como confesiones, aunque Wald señala en ellas la influencia de otro músico de la época, Peetie Wheatstraw, que también cantaba al diablo.

Leer el pacto como un espejo

Todas estas historias cuentan lo mismo de maneras distintas: alguien desea algo con tanta fuerza que está dispuesto a perderse por conseguirlo. Teófilo quería su cargo; Fausto, saberlo todo; el músico, tocar como nadie. Por eso el pacto sigue funcionando como metáfora, y por eso lo interesante no es el diablo, sino lo que cada época temía o deseaba.

Léelas como literatura y como historia de las ideas, no como instrucciones. Ninguna de estas tradiciones pide a nadie que firme nada, y quien te ofrezca cerrar o deshacer un pacto a cambio de dinero no está hablando de religión. Eso sí, si alguna culpa vieja te pesa, la historia de Teófilo enseña el camino: se habla con alguien de confianza o con un profesional, y se suelta.

Para seguir, lee cómo pasó un lucero a ser nombre del diablo en la luz astral y Lucifer y qué significa el arcano en el Diablo del tarot. Hay más textos en la sección de satanismo y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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