La luz astral y Lucifer: cómo leyó el esoterismo del siglo XIX al «portador de luz»
Redacción Leotarot.com · Publicado el 6 de octubre de 2026
Lucifer significa «el que trae la luz», y antes de ser un nombre del diablo fue el de una estrella, la de la mañana. En el siglo XIX, el ocultista francés Éliphas Lévi lo relacionó con su «luz astral», una fuerza universal que, según él, servía igual para el bien que para el mal. Esta es la historia de esa idea, contada sin confundir el símbolo con el culto.
Un lucero antes que un diablo
En latín, lucifer une lux, «luz», y ferre, «llevar». Era el nombre del lucero del alba, el planeta Venus cuando brilla antes de que salga el sol. Los griegos lo llamaban Phosphoros o Heosphoros.
¿Cómo pasó el nombre de un planeta a designar al diablo? Por un versículo de Isaías (14, 12). El profeta se burla del rey de Babilonia y lo compara con Helel ben Shajar, «lucero, hijo de la aurora», caído del cielo. San Jerónimo puso «Lucifer» en la Vulgata, y autores cristianos como Orígenes y Tertuliano leyeron el pasaje como la caída de Satanás, junto a otro de Lucas (10, 18).
La palabra, eso sí, nunca perdió del todo su sentido luminoso. La segunda carta de Pedro habla del lucero de la mañana que nace en los corazones, y en el Apocalipsis Jesús se llama a sí mismo «la estrella resplandeciente de la mañana» (22, 16). El pregón de la Vigilia Pascual, el Exsultet, todavía canta a Cristo como el lucifer que no conoce ocaso. Y en el siglo IV hubo un obispo de Cagliari, en Cerdeña, que se llamaba Lucifer.
El gran agente mágico de Éliphas Lévi
Éliphas Lévi era el nombre de pluma de Alphonse Louis Constant (1810-1875), un antiguo seminarista parisino. En su Dogma y ritual de la alta magia (1854-1856) describió la luz astral: un fluido sutil que llenaría todo el universo, conservaría las imágenes de lo que ocurre y transmitiría la voluntad y la imaginación. La llamó también «gran agente mágico».
No sacó la idea de la nada. Tomó el nombre de los martinistas, los seguidores del místico Louis-Claude de Saint-Martin, y la comparó con el magnetismo animal de Franz Anton Mesmer y con el od del químico Karl von Reichenbach, dos teorías de su tiempo sobre una fuerza invisible.
Para Lévi, esa luz era ambivalente. Ilumina y quema, cura y destruye, según la voluntad que la dirija, y la representaba con una serpiente. En su Historia de la magia (1860) se asombra de que al espíritu de las tinieblas se le llame «el portador de luz», y juega con esa paradoja: Lucifer sería una imagen de la fuerza que puede alumbrar o incendiar. No proponía adorar a nadie. Su ideal era el equilibrio, el del mago que gobierna sus pasiones antes de pretender gobernar otra cosa.
Con esa idea dibujó su famoso Baphomet, publicado en 1856: una figura con cabeza de macho cabrío y dos palabras latinas en los brazos, solve y coagula, «disuelve» y «une». Para él era un símbolo de la armonía de los contrarios.
Una revista llamada Lucifer
La teosofía recogió la herencia. Helena Blavatsky habló de las «tablas indestructibles de la luz astral», donde quedaría grabado todo lo que se piensa y se hace, y otros teósofos, como Alfred Percy Sinnett en 1883 y Charles Leadbeater en 1899, difundieron la idea de los registros akáshicos. Akasha es una palabra sánscrita que significa éter, cielo o espacio.
En septiembre de 1887, Blavatsky fundó en Londres una revista mensual con un título provocador: Lucifer. Lo eligió por su sentido original, el de traer la luz y sacar a la vista lo escondido. Se publicó hasta 1897.
Del símbolo al bulo: el caso Taxil
La ambigüedad tuvo consecuencias. A mediados de los años ochenta del siglo XIX, el escritor francés Léo Taxil fingió convertirse al catolicismo y empezó a publicar libros contra la masonería. En la década siguiente inventó una sociedad secreta, el «paladismo», cuyos miembros rendirían culto a Lucifer, y el Baphomet de Lévi apareció como supuesto ídolo masónico. Mucha gente lo creyó. El 19 de abril de 1897, en una rueda de prensa en la Sociedad de Geografía de París, Taxil confesó que todo era un engaño.
Aquel bulo dejó huella. La imagen de Lévi se sigue presentando a menudo como retrato del diablo, cuando su autor la concibió como un símbolo de equilibrio.
Leer a Lévi con la cabeza fría
Si te pica la curiosidad, lee a Lévi en sus propios libros, que están traducidos al español, y no en resúmenes que lo convierten en profeta o en satanista. Encontrarás a un autor romántico, lleno de imágenes, más interesado en el equilibrio interior que en ningún culto.
Conviene recordar también de qué época es su luz astral. El siglo XIX imaginaba el espacio lleno de un éter invisible, y la física abandonó esa idea tras el experimento de Michelson y Morley (1887) y la relatividad de Einstein (1905). Para el esoterismo sigue siendo un símbolo de la imaginación y la memoria; para la ciencia, no describe nada que se haya podido medir.
Dicho esto, el viaje del lucero de Isaías hasta la revista de Blavatsky enseña algo práctico: un mismo nombre puede cargar luz o sombra según quién lo use. Para seguir, lee cómo responden las religiones al poder del mal, de dónde salen las invocaciones de poder de Lévi y qué significa el 666, el número de la Bestia. Hay más textos en la sección de satanismo y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.