Creer o no en la reencarnación: el debate entre Kardec, los teósofos y Guénon
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
En el siglo XIX, la reencarnación dividió a quienes creían en la vida después de la muerte. El espiritismo francés la convirtió en doctrina, buena parte de los espiritistas ingleses y estadounidenses la rechazó, la teosofía la adoptó a su manera y, en 1923, el pensador francés René Guénon la atacó desde un lugar inesperado: la tradición. Así fue esa discusión.
Kardec: una doctrina contra la injusticia
Allan Kardec, el seudónimo del pedagogo francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, publicó El libro de los espíritus el 18 de abril de 1857. Las vidas sucesivas ocupan en él un lugar central. A la pregunta de en qué se basa esa creencia, el libro da dos razones: que Dios es justo y que los espíritus lo han revelado.
La primera es la que más se ha repetido. Si cada persona viviera una sola vez, las diferencias de talento, salud o fortuna con las que nace parecerían un reparto arbitrario. Con muchas vidas, cada cual estaría donde le ha llevado su propio avance, y siempre podría terminar en la siguiente lo que dejó a medias en esta. Autores espiritistas como Léon Denis insistieron después en ese argumento.
Kardec no partía de cero. En la Francia de las décadas anteriores, escritores cercanos al socialismo romántico, como Pierre Leroux y Jean Reynaud, habían defendido ya formas de vida sucesiva. Lynn L. Sharp, en su estudio sobre el espiritismo francés de 2006, los señala entre las principales influencias de aquellas creencias.
Los espiritistas que no la aceptaban
En Inglaterra y en Estados Unidos, donde el movimiento se llamaba spiritualism, la reencarnación fue justo lo que más lo separó de Kardec, junto con la desconfianza de este hacia los fenómenos físicos de las sesiones. Blavatsky lo resumió así: los espíritus de Francia enseñaban la reencarnación, y los de Estados Unidos y Gran Bretaña la denunciaban como una herejía.
Kardec tenía su propia explicación del rechazo estadounidense: los fuertes prejuicios raciales de aquel país. La división duró décadas. Solo a finales del siglo, con la teosofía y la moda de lo oriental, la idea empezó a extenderse por el mundo anglosajón.
La teosofía: volver, pero de otra manera
La teosofía tardó en definirse. En Isis sin velo (1877), Blavatsky apenas trataba el asunto, y muchos lectores entendieron que solo admitía el regreso a la Tierra en casos excepcionales, como el de los niños que mueren muy pequeños. Once años después, en La doctrina secreta, la reencarnación ya era una pieza del sistema.
Pero no era la de Kardec. Según Blavatsky, el espiritismo enseñaba que vuelve la personalidad, y la teosofía, que vuelve la individualidad espiritual, un yo que permanece de una existencia a la siguiente. También cambiaban los plazos: entre una existencia y otra, el alma descansaría en un estado feliz, el devachán, entre diez y quince siglos de media, según La clave de la teosofía (1889). Qué ocurre en esa espera, y por qué los teósofos desconfiaban de los espíritus de las sesiones, se cuenta en viaje astral y reencarnación.
Guénon y El error espiritista
René Guénon (1886-1951) juzgaba el mundo moderno desde lo que llamaba la tradición: las doctrinas metafísicas de Oriente y de Occidente, transmitidas, según él, por linajes ortodoxos. En 1921 publicó El teosofismo, una historia muy crítica de la Sociedad Teosófica, y en 1923 dedicó El error espiritista a Kardec y a sus herederos. En 1930 se instaló en El Cairo, donde vivió como musulmán hasta su muerte.
Su ataque a la reencarnación tiene cuatro frentes. El primero es histórico. Para Guénon, ninguna doctrina tradicional la había enseñado nunca: era una idea moderna y occidental, surgida en los círculos socialistas de la Francia anterior a 1848, que buscaban un porqué a las desigualdades sociales, y heredada por Kardec.
El segundo, las contradicciones. Según unos espíritus, se renace siempre con el mismo sexo; según otros, se alterna. Unos hablaban solo de la Tierra y otros de otros planetas; unos de un regreso casi inmediato y otros de siglos de espera, y los teósofos, según él, fueron acortando sus propias cifras. Una verdadera revelación, razonaba, no cambiaría tanto de un médium a otro.
El tercero es de vocabulario. Guénon separaba tres ideas que se suelen mezclar. La reencarnación sería la vuelta del ser completo a otro cuerpo. La metempsicosis de órficos y pitagóricos, en cambio, afectaría solo a ciertos elementos psíquicos que se dispersan al morir. Y la transmigración de las doctrinas orientales sería el paso del ser a otros estados de existencia, no a otra vida en este mundo.
El último va contra el argumento de la justicia. Si dos seres fueran idénticos en todo, serían uno solo, recordaba con Leibniz: que haya muchos obliga a que sean distintos, y preguntar por qué una persona difiere de otra equivale a preguntar por qué es quien es. A su juicio, la reencarnación respondía a un problema mal planteado.
Un debate que sigue abierto
Guénon no hablaba como científico ni como escéptico. Criticaba la reencarnación desde otra creencia, la de una tradición metafísica que daba por verdadera, y su tesis sobre los antiguos es discutible: hubo ideas de renacimiento en la India y en Grecia mucho antes del siglo XIX, como se cuenta en la reencarnación, una idea antigua. Eso sí, la versión de la reencarnación como escuela de progreso moral tomó forma en la Francia de aquel siglo.
Lo valioso de la discusión es que obliga a precisar qué se quiere decir con volver. ¿Regresa una persona con su carácter, un yo profundo sin recuerdos o solo algunos restos que se dispersan? Cada respuesta da una doctrina distinta, y ninguna se ha demostrado. Cómo responden hoy el hinduismo, el budismo o el espiritismo se compara en la reencarnación en las religiones vivas.
Al fin y al cabo, creer o no es una decisión personal, y se toma con más criterio cuando se conocen los argumentos de cada parte. Hay más en la sección de reencarnación y mente y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.