Las leyes del karma: lo que enseñan el hinduismo, el budismo y el jainismo

Redacción Leotarot.com · Publicado el 7 de octubre de 2026

Karma es una palabra sánscrita que significa «acción», y en las religiones nacidas en la India nombra la huella que dejan los actos. Cada tradición la entiende a su manera, y ninguna la resume en doce leyes. Aquí verás qué enseña cada una, cómo la reinterpretó Occidente y por qué no sirve para culpar a nadie de lo que le pasa.

Una palabra que significa «acción»

Karma viene de la raíz sánscrita kṛ, «hacer». En los himnos védicos, la palabra se refería sobre todo al acto ritual: el sacrificio bien hecho daba su fruto. Más tarde, los Upanishads y los ascetas errantes llamados śramaṇa, de cuyo ambiente salieron el budismo y el jainismo, la extendieron a cualquier acto humano y la unieron a la creencia en el renacimiento. Esa historia está contada en la reencarnación, una idea antigua.

Conviene tener presente una diferencia. El karma no es lo mismo que el destino.

En las tres tradiciones, lo que haces ahora cuenta tanto como lo que traes.

En el hinduismo: lo acumulado y lo que ya da fruto

Las escuelas del vedanta distinguen tres clases de karma. El sanchita es todo lo acumulado en vidas anteriores, tanto que no cabría en una sola existencia. El prarabdha es la parte de ese depósito que ya ha empezado a dar fruto y que marca las circunstancias de esta vida. Y el kriyamana, que algunos llaman agami, es el que se va creando con los actos de hoy: el único que está del todo en tus manos.

La Bhagavad Gita le dio un giro que todavía se cita. Krishna aconseja al guerrero Arjuna hacer lo que le corresponde sin apegarse al fruto de sus actos (Bhagavad Gita 2, 47). Es el karma yoga, el camino de la acción desinteresada, que no consiste en dejar de actuar sino en actuar sin estar pendiente de la recompensa. Para Shankara, el gran maestro del vedanta del siglo VIII, quien reparte los frutos del karma es Dios, Ishvara, porque una ley ciega no podría saber lo que cada uno ha merecido.

En el budismo: lo que cuenta es la intención

Buda dio a la palabra un sentido más interior. En un discurso del Anguttara Nikaya (6, 63) lo dice sin rodeos: la intención es el karma. Un mismo gesto pesa distinto según nazca de la codicia, del odio o de la generosidad. Y como el budismo niega que pase un yo permanente de una vida a otra, el karma no es una cuenta que arrastra un alma, sino una cadena de causas.

Los textos antiguos también le ponen límites. En el Sivaka Sutta, un asceta pregunta a Buda si todo lo que siente una persona, agradable o doloroso, se debe a sus actos pasados. Buda responde que no. Algunas sensaciones nacen de un desarreglo de la bilis, de la flema o del aire, los humores de la medicina india antigua; otras, de un cambio de clima, de un descuido o de una agresión, y solo una parte, del karma. En otro pasaje (Anguttara Nikaya 4, 77) incluye el detalle de cómo madura el karma entre las cuatro cosas sobre las que no conviene especular, porque darles vueltas trastorna a quien lo intenta.

¿Qué queda, entonces, de la idea de que cada desgracia es un castigo merecido? Muy poco, según los propios textos budistas.

En el jainismo: una materia fina que se pega al alma

El jainismo, cuyo último gran maestro, Mahavira, fue contemporáneo de Buda, es la tradición que lleva la idea más lejos. Para los jainas, el karma es literalmente materia: partículas finísimas que llenan el universo y se adhieren al alma, el jiva, cada vez que actúa. La ira, el orgullo, el engaño y la codicia, los kashaya, hacen de pegamento.

Distinguen ocho clases de karma. Cuatro oscurecen las cualidades del alma, como el conocimiento o la energía, y las otras cuatro fijan las circunstancias de una vida: el cuerpo, la duración de la vida, la posición social y lo que se siente. El Tattvartha Sutra de Umasvati, un tratado que respetan las dos grandes ramas del jainismo, lo ordena con detalle.

No hay juez. El karma jaina funciona como una ley natural, sin un dios que premie o castigue, y la liberación llega al cerrar la puerta a las partículas nuevas y desprenderse de las viejas con la disciplina, el ayuno y la no violencia, la ahimsa.

De la teosofía a las doce leyes de internet

En Occidente, la idea se popularizó sobre todo con la Sociedad Teosófica, fundada en Nueva York en 1875. Helena Blavatsky la presentó en La clave de la teosofía (1889) como la ley última del universo, la que ajusta el efecto a la causa en los planos físico, mental y espiritual. Annie Besant le dedicó un libro entero, Karma, en 1895. Esa versión, una ley de causa y efecto casi mecánica, es la que heredaron la Nueva Era y el habla de la calle.

Las listas de doce leyes del karma que circulan por internet son otra cosa. Hablan de la gran ley, de la ley de la humildad, de la del crecimiento o de la del aquí y ahora, pero quienes las difunden no citan ningún texto hindú, budista ni jaina, y su vocabulario es el de la autoayuda contemporánea. Pueden inspirar buenos propósitos. Eso sí, no son la doctrina de ninguna de estas tradiciones.

Cuatro ideas para hablar de karma sin culpar a nadie

  • Usa la palabra para mirar tus actos, no para explicar la desgracia ajena.
  • Recuerda la respuesta de Buda: no todo lo que nos pasa viene de lo que hicimos.
  • Fíjate más en la intención que en la cuenta de méritos.
  • Pregunta de dónde sale cada lista antes de compartirla.

Ante una enfermedad o una pérdida, lo que toca es acompañar y, si hace falta, buscar al médico o al psicólogo; al fin y al cabo, ninguna de estas tradiciones pide otra cosa que obrar bien. Para seguir, lee cómo se piensan los asuntos pendientes de vidas pasadas o el balance de las pruebas de la reencarnación. Hay más en la sección de reencarnación y mente y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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