La reencarnación, una idea antigua: de la India a Occidente
Redacción Leotarot.com · Publicado el 6 de octubre de 2026
La creencia de que el alma vuelve a nacer en otro cuerpo tiene más de 2.500 años. Aparece por escrito en la India y en Grecia casi a la vez, pero no en todas las culturas, y llegó a Occidente por caminos muy distintos. Este es su recorrido, con lo que dicen las fuentes y lo que no dicen.
En la India: de los Upanishads a Buda
Los himnos más antiguos de la India, los del Rigveda, hablan del más allá, pero no de volver a nacer. La idea aparece con claridad en los Upanishads, textos filosóficos de hacia los siglos VII y VI antes de Cristo. El Brihadaranyaka Upanishad compara el alma con una oruga que, al llegar al extremo de una brizna de hierba, se agarra a la siguiente. Y añade un principio que ya no se separará de la idea: según actúa una persona, así llega a ser.
Ahí están las palabras que Occidente adoptó siglos después. El samsara es el ciclo de nacimientos y muertes. El karma, que significa «acción», es la huella que dejan los actos y que pesa en la vida siguiente. La salida del ciclo se llama moksha en el hinduismo y nirvana en el budismo, una palabra que quiere decir «extinción», como la de una llama que se apaga.
La Bhagavad Gita, el poema en el que Krishna aconseja al guerrero Arjuna, lo explica con una imagen doméstica: el alma deja los cuerpos gastados igual que uno cambia la ropa vieja por otra.
Buda, que vivió hacia el siglo V antes de Cristo, aceptó el renacimiento, pero negó que de una vida a otra pase un yo permanente. Un texto budista antiguo, las Preguntas de Milinda, lo compara con una lámpara que enciende otra.
En Grecia: Pitágoras, los órficos y el mito de Er
Los griegos llamaron a esta creencia metempsicosis. Su gran nombre es Pitágoras, que nació hacia el año 570 antes de Cristo y fundó en Crotona, en el sur de Italia, una comunidad con normas de vida muy estrictas. El poeta Jenófanes se burlaba de él: contaba que, al ver cómo apaleaban a un cachorro, pidió que pararan porque había reconocido en sus aullidos el alma de un amigo. Más tarde se dijo que recordaba haber sido Euforbo, un guerrero de Troya.
A la misma corriente pertenecían los órficos. En tumbas del sur de Italia, de Tesalia y de Creta han aparecido laminillas de oro, desde finales del siglo V antes de Cristo, con instrucciones para el difunto: evitar la primera fuente que encuentre y pedir el agua del lago de Mnemósine, la Memoria. Una de ellas, hallada en Turios, celebra haber escapado del «círculo» de los nacimientos.
¿Y por qué no recordamos nada de otras vidas? Platón dio su respuesta en el mito de Er, al final de La República. Er, un soldado que revive en su propia pira funeraria, cuenta cómo las almas eligen su siguiente vida: Orfeo escoge la de un cisne, y Ulises, la de un hombre corriente y tranquilo. Antes de nacer, todas beben del río Ameles, en la llanura del Olvido.
Lo que no dicen Egipto ni China
Mucha literatura esotérica sitúa el origen de la reencarnación en Egipto. La idea viene de Heródoto, que en el siglo V antes de Cristo escribió que los egipcios fueron los primeros en enseñar que el alma recorre todos los animales y vuelve a un cuerpo humano al cabo de tres mil años. La verdad es que los egiptólogos no encuentran esa doctrina en los textos egipcios.
El llamado Libro de los Muertos es una colección de fórmulas funerarias, copiadas en papiros desde hacia el 1550 antes de Cristo, para guiar al difunto por el más allá. No tiene relación con Hermes Trismegisto, una figura del Egipto de época griega, nacida de fundir a Hermes con el dios Thot.
En China, la creencia llegó con el budismo, a partir del siglo I de nuestra era. Ni Confucio ni los primeros textos taoístas la enseñan. Cuando un discípulo preguntó a Confucio por la muerte, este contestó que si aún no conocía la vida, cómo iba a conocer la muerte.
De los druidas a la teosofía
En el siglo I antes de Cristo, Julio César dejó escrito en su crónica de la guerra de las Galias que los druidas enseñaban que el alma no muere, sino que pasa de un cuerpo a otro. En la Edad Media, la cábala judía desarrolló su propia doctrina, el gilgul (de una raíz hebrea que significa «rodar»), que Isaac Luria amplió en Safed en el siglo XVI. Los cátaros del sur de Francia también creían en la transmigración. La Iglesia, en cambio, la rechazó siempre.
En el siglo XIX la idea volvió a Occidente con fuerza. Allan Kardec la convirtió en un pilar del espiritismo con El libro de los espíritus (1857), que se difundió mucho en Brasil, Cuba y Puerto Rico. En 1875, Helena Blavatsky y Henry Steel Olcott fundaron en Nueva York la Sociedad Teosófica, que difundió en Europa y América su versión del karma y de las vidas sucesivas. Después la adoptaron la antroposofía de Rudolf Steiner y varias órdenes rosacruces.
En 1966, el psiquiatra Ian Stevenson publicó casos de niños que decían recordar otra vida, pero sus críticos señalan fallos de método y la ciencia no da por demostrada la reencarnación.
Eso sí, que una creencia esté muy extendida no la hace verdadera. Ni siquiera es universal: el judaísmo antiguo, el cristianismo y el islam hablan de una sola vida.
Cuatro lecturas para seguir el rastro
Si te interesa esta historia, ve a las fuentes, que son más breves de lo que parece. Empieza por el segundo canto de la Bhagavad Gita, donde está la imagen de la ropa, y sigue con el mito de Er, en las últimas páginas de La República. Las dos se leen en una tarde.
Después, hojea El libro de los espíritus de Kardec, el texto que más ha difundido la reencarnación en nuestra lengua. Y como contrapunto, busca el pasaje de Confucio en el libro XI de las Analectas.
Lee cada una como el testimonio de cómo una época pensó la muerte. Creer o no es cosa tuya. Para seguir, repasa cómo describe el budismo tibetano el tránsito entre la muerte y el renacimiento, la historia de la mediumnidad hasta Kardec o la relación entre el karma y el dharma. Encontrarás más en la sección de reencarnación y mente y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.