Íncubos y súcubos: lo que discutieron los teólogos y lo que cuentan otras culturas
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
En la demonología cristiana, los íncubos y los súcubos son demonios que visitan a las personas mientras duermen para unirse a ellas. Durante siglos, teólogos y jueces discutieron si podían existir y cómo, y otras muchas culturas tienen figuras parecidas. Esta es su historia, contada desde los textos y sin detalles escabrosos.
Dos palabras latinas
Los nombres lo dicen casi todo. Íncubo viene del latín incubare, «yacer encima», y súcubo, de succubare, «yacer debajo». El íncubo se imaginaba con forma de varón y el súcubo, de mujer. En el latín tardío, incubus servía también para nombrar la pesadilla, esa opresión en el pecho que se atribuía a un demonio.
La idea buscó apoyo en la Biblia. El Génesis (6, 1-4) cuenta que «los hijos de Dios» se unieron a las hijas de los hombres y que en aquellos días había gigantes en la tierra, y no faltaron lectores que vieron en esos hijos de Dios a ángeles caídos.
Agustín, Tomás de Aquino y el Malleus
San Agustín (354-430) tocó el asunto en La ciudad de Dios, en el capítulo 23 del libro XV. Recogía lo que contaba la gente: que los silvanos y los faunos, a los que el pueblo llamaba íncubos, acosaban a las mujeres, y que en la Galia se decía lo mismo de unos demonios llamados dusios. Lo afirmaban tantos, escribió, que negarlo parecería una desvergüenza. Aun así, no se atrevió a decidir si unos espíritus con cuerpo de aire podían unirse a una mujer, y negó que los hijos de Dios del Génesis fueran ángeles: para él eran hombres, descendientes de Set.
Ocho siglos después, Tomás de Aquino dio la explicación que harían suya muchos demonólogos. En la Suma teológica sostuvo que, si alguna vez un demonio intervenía en una concepción, no lo hacía con una semilla propia, que los espíritus no tienen, sino con la de un hombre. El hijo, por tanto, sería hijo de un hombre.
El Malleus maleficarum, el manual contra la brujería que se presentó en 1487, dedicó una de sus primeras cuestiones a si los íncubos y súcubos podían engendrar, y siguió esa línea. Con él, la discusión de los teólogos llegó a los tribunales, y en muchos procesos las acusadas acabaron «confesando» tratos con demonios. Esas confesiones hay que leerlas con cuidado. En la investigación del inquisidor Salazar Frías en Navarra, entre 1611 y 1612, la mayoría de los que habían declarado se retractaron y atribuyeron sus palabras al miedo y a las presiones.
Sinistrari, el fraile que los sacó del infierno
La propuesta más original llegó a finales del siglo XVII. Ludovico Maria Sinistrari, franciscano nacido en Ameno, en el norte de Italia, consultor de la Inquisición romana y muerto en 1701, escribió un tratado sobre el tema, De daemonialitate, que quedó inédito. Lo publicó en París en 1875 el librero Isidore Liseux, que contó haber comprado el manuscrito en Londres; algunos estudiosos dudan de que sea auténtico.
¿Y si no fueran demonios? Esa era su tesis. Para Sinistrari, íncubos y súcubos eran criaturas racionales con cuerpo y espíritu, que nacían y morían y podían salvarse o condenarse, igual que las personas. Su editor los comparó con los faunos y los sátiros de la Antigüedad. La idea, eso sí, está más cerca del folclore de los duendes que de la teología de su tiempo.
Parientes en otras culturas
Figuras parecidas aparecen lejos del cristianismo. En Mesopotamia se temía a los lilû y las lilītu, espíritus que turbaban el sueño, y a la ardat lilî, una joven muerta sin haberse casado ni tenido hijos. En la tradición judía, Lilith fue ganando fama de demonio nocturno: el Talmud desaconseja dormir solo en una casa porque quien lo hace podría caer en sus manos, y el Alfabeto de Ben Sira, escrito entre los siglos VIII y X, es el primer texto conocido que la presenta como la primera mujer de Adán, que se consideraba su igual y se marchó.
La literatura medieval tuvo su hijo de íncubo más famoso. Según Geoffrey de Monmouth, en su historia de los reyes de Britania (hacia 1136), Merlín nació de una princesa que vivía como monja y de un espíritu invisible, y un sabio de la corte explicó el caso con la teoría de los íncubos que había leído en Apuleyo.
Al otro lado del Atlántico, en la Amazonía brasileña, se cuenta que el boto, el delfín rosado del río, se presenta en las fiestas de junio convertido en un joven vestido de blanco, con un sombrero que tapa el orificio por el que respira, y enamora a las muchachas. Por eso, cuando nace un niño de padre desconocido, todavía hay quien dice que es «hijo del boto».
Lo que había detrás de las visitas
Muchas de esas visitas nocturnas tienen hoy una explicación conocida: la parálisis del sueño, en la que la persona despierta sin poder moverse y nota una presencia o un peso sobre el pecho. Se explica con detalle en los sueños, las pesadillas y los fantasmas. Lo demás lo pusieron la época y su miedo al deseo, pues en conventos, monasterios y salas de interrogatorio cada sueño podía convertirse en sospecha.
Tres cosas que aclara esta historia
- Los íncubos y súcubos fueron una idea de teólogos y jueces que cambió con los siglos, no un fenómeno descrito siempre igual.
- Las confesiones de los procesos no sirven como testimonio, porque muchas se obtuvieron con miedo o con dolor.
- Despertar sin poder moverse y notar una presencia es un fenómeno del sueño, no un ataque; si se repite o te angustia, coméntalo con tu médico.
Para seguir, lee las posesiones diabólicas y cómo discutían los jueces el vuelo de las brujas en el vuelo astral. Hay más textos en la sección de satanismo y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.