Ojo por ojo: el talión como límite y la otra mejilla
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
«Ojo por ojo» suena hoy a venganza, pero en su origen fue una regla para ponerle freno. Esta página sigue la ley del talión desde Babilonia hasta el sermón del monte, cuenta cómo la leyeron los rabinos y los cristianos, y aclara de quién es la frase del mundo que acaba ciego.
Babilonia: el ojo de un igual
Hammurabi, rey de Babilonia, mandó grabar sus leyes en una estela de basalto de 2,25 metros hacia el año 1753 antes de Cristo, según la cronología más usada. Una misión arqueológica francesa la encontró en Susa, en el actual Irán, entre 1901 y 1902, y hoy está en el Louvre.
Las que interesan aquí van de la 196 a la 201. Si un hombre libre le saca un ojo a otro de su misma clase, pierde el suyo; si le rompe un hueso, le rompen uno; si le arranca un diente, le arrancan otro. Pero si la víctima es un plebeyo, el agresor paga una mina de plata por el ojo o el hueso, y un tercio de mina por el diente. Si es un esclavo, paga la mitad de lo que valía.
El talión babilonio, por tanto, solo funcionaba entre iguales. Hacia abajo, todo se resolvía con dinero.
El Éxodo: ni un ojo más
La fórmula más conocida está en el Éxodo (21, 23-25), en un caso concreto: dos hombres que se pelean y golpean a una mujer embarazada. Si hay daño, la pena será «ojo por ojo, diente por diente», y la lista sigue con la mano, el pie, la quemadura y el golpe. El Levítico (24, 19-20) y el Deuteronomio (19, 21) la repiten.
Los juristas la llaman ley del talión, del latín talio, el castigo igual al daño. Su sentido era poner un tope. En el Génesis, Lamec presume de que su venganza será «setenta veces siete», y frente a esa escalada el talión dice: lo mismo, y no más. Unos versículos más abajo (Éxodo 21, 26-27), la ley añade algo que no está en Hammurabi: el amo que le saca un ojo o un diente a su esclavo tiene que dejarlo libre.
Los rabinos: el precio de un ojo
La tradición judía no aplicó el versículo al pie de la letra. La Misná, puesta por escrito hacia el año 200, fija lo que debe pagar quien hiere a otro, en cinco conceptos: el daño, el dolor, la curación, el tiempo que la víctima no puede trabajar y la vergüenza que le ha hecho pasar.
El Talmud de Babilonia (tratado Bava Kamá, 83b-84a) discute por qué «ojo por ojo» significa dinero, y uno de sus argumentos es casi un acertijo. ¿Qué pasaría si un ciego dejara ciego a otro? Al pie de la letra, la ley no podría cumplirse con él, y tiene que valer igual para todos. Otro argumento sale del libro de Números (35, 31): si solo prohíbe aceptar un rescate por la vida de un asesino, por un ojo sí cabe.
La otra mejilla
En el sermón del monte, Jesús cita el ojo por ojo y va más allá: pide no resistir al que es malo y, a quien te hiera en la mejilla derecha, «vuélvele también la otra» (Mateo 5, 38-39). Ha tenido muchas lecturas.
La más literal fue la de León Tolstói. En El reino de Dios está en vosotros (1894) defendió que la no resistencia al mal por la fuerza era el centro del cristianismo. Un joven abogado indio que vivía en Sudáfrica, Mohandas Gandhi, contó en su autobiografía que aquel libro lo abrumó, y en 1910 llamó a su comunidad del Transvaal la granja Tolstói.
El teólogo estadounidense Walter Wink propuso en Engaging the Powers (1992) otra lectura. Solo Mateo dice «derecha». Para golpear la mejilla derecha con la mano derecha hay que hacerlo con el dorso, el bofetón con que se humillaba a un inferior. Ofrecer la izquierda obliga al agresor a golpear de otra manera, como se pega a un igual. Según Wink, Jesús no pedía resignación, sino una tercera vía entre someterse y devolver el golpe. Es una interpretación discutida, muy citada entre los cristianos que defienden la no violencia.
La escuela metafísica del original tiene su propia lectura. Para ella, Moisés, el «príncipe egipcio» criado en la corte del faraón (Éxodo 2, 10), fue un gran iniciado, y el talión encierra la ley de causa y efecto: toda causa tiene su efecto. Son ideas de esa escuela. Leídas al revés, pueden servir para culpar a quien sufre, y conviene dejarlo claro: nadie merece el daño que padece.
Una frase que nadie encontró en Gandhi
«Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego» se repite como frase de Gandhi. La verdad es que nadie ha encontrado que la dijera ni la escribiera. Fred Shapiro, editor del Yale Book of Quotations, no halló ningún ejemplo.
Una versión más larga, la de un mundo de ciegos y desdentados, la usó en 1914 el político canadiense George Perry Graham. El periodista Louis Fischer la escribió en 1947 y en 1950, en libros sobre Gandhi, sin ponerla en su boca. Martin Luther King escribió en 1958 que la vieja ley del ojo por ojo deja ciegos a todos. Fue la película Gandhi, de 1982, la que se la hizo decir.
Ante la próxima ofensa
Las tres lecturas tienen algo que ofrecer cuando alguien te hace daño. El talión enseña la medida: que la respuesta no supere a la ofensa. Los rabinos enseñan a pensar en la reparación más que en el castigo: qué necesitas para quedar en paz, una disculpa, que te devuelvan lo tuyo, que se reconozca el daño. Y la otra mejilla, leída como Tolstói o como Wink, propone no devolver el golpe sin dejar por eso de plantarse.
Ninguna de las tres pide aguantar el maltrato. Si alguien te hace daño de forma repetida, lo primero es protegerte y pedir ayuda, y ante una agresión, avisar a emergencias o a los servicios de atención de tu país. Perdonar tampoco obliga a quedarse.
Qué hacer con el enfado del primer momento se cuenta en la ira, segunda parte, qué sabe la psicología del perdón, en el contagio emocional y el perdón, y por qué «el que la hace la paga» no explica las desgracias ajenas, en siembra y cosecha. Hay más en la sección de sociedad y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.