Videncia: Swedenborg, los detectives psíquicos y la lectura en frío

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

Se llama videncia a la supuesta capacidad de conocer hechos lejanos, ocultos o futuros sin pasar por los sentidos. Tiene relatos célebres, ha pasado por pruebas serias y cuenta con una explicación muy terrenal para buena parte de sus aciertos: la lectura en frío.

Lo que hace un vidente, según los videntes

Quien se presenta como vidente no suele atribuir el mérito a las cartas, a la bola de cristal o a los posos del café. Para muchos de ellos, esos objetos solo son un apoyo que ayuda a concentrarse, y la información llegaría por otro camino. Por eso hay cartomantes que respetan el significado fijo de cada carta y otros que leen lo que una imagen les sugiere en ese momento y con esa persona.

Esa idea, la de una percepción que no depende del método, es la que la parapsicología ha intentado medir durante un siglo. Los resultados no han convencido a la comunidad científica, que no considera demostrada la percepción extrasensorial. Entre los casos que se citan una y otra vez, uno tiene más de doscientos sesenta años.

Un incendio visto a 400 kilómetros

El 19 de julio de 1759 ardió en Estocolmo buena parte del barrio de Södermalm: unas trescientas casas. Según el relato que circuló después, esa misma tarde el científico y místico sueco Emanuel Swedenborg cenaba con unos amigos en Gotemburgo, a unos 400 kilómetros. Hacia las seis salió un momento y volvió pálido, anunciando que había un incendio en Estocolmo y que amenazaba su casa. Hacia las ocho dijo, aliviado, que el fuego se había detenido a tres puertas de ella. La noticia llegó por mensajero días después, y coincidía.

El caso llegó al filósofo Immanuel Kant, que en una carta a Charlotte von Knobloch, fechada casi siempre en 1763, lo contó con interés, a partir de lo que había averiguado un amigo suyo en Gotemburgo. En 1766, sin embargo, publicó sin firma Sueños de un visionario explicados por los sueños de la metafísica, un libro lleno de burlas hacia Swedenborg.

Todo lo que sabemos del episodio procede de testimonios recogidos después, y los biógrafos ni siquiera coinciden en el día exacto de aquella cena. Es una buena historia. No es una prueba.

Los detectives psíquicos

En el siglo XX, la videncia buscó su prueba de fuego en los casos policiales. El neerlandés Peter Hurkos, que decía haber ganado sus facultades tras caerse de una escalera, fue llamado al caso del estrangulador de Boston. Señaló a un vendedor de zapatos al que la policía descartó; quien acabó confesando los crímenes fue Albert DeSalvo, y en 2013 una prueba de ADN lo relacionó con el último asesinato. Hurkos murió en 1988 convencido de que el culpable era otro. La fama de su compatriota Gerard Croiset tampoco resistió la revisión de los archivos, como se cuenta en la parapsicología en las universidades.

Cuando se ha medido, el resultado es parecido. En 1993, una encuesta publicada en Skeptical Inquirer preguntó a la policía de las cincuenta mayores ciudades de Estados Unidos, y ningún departamento dijo que un vidente le hubiera dado información más útil que otras fuentes. En 1996, el psicólogo Richard Wiseman y dos colegas de la Universidad de Hertfordshire compararon a tres detectives psíquicos con tres estudiantes ante objetos de tres crímenes ya resueltos: los videntes no fueron más precisos que los estudiantes, y ninguno de los dos grupos superó al azar.

Hay errores que duelen más. En noviembre de 2004, la vidente estadounidense Sylvia Browne le dijo en televisión a la madre de Amanda Berry, desaparecida en Cleveland, que su hija estaba muerta. Amanda apareció con vida en mayo de 2013.

La lectura en frío

El psicólogo Ray Hyman leía las manos de joven, y le iba tan bien que acabó creyéndoselo. Según contó él mismo, alguien le propuso decir a sus clientes justo lo contrario de lo que indicaban las líneas. Las lecturas funcionaron igual de bien. En 1977 explicó el mecanismo en un artículo de la revista The Zetetic, hoy Skeptical Inquirer, sobre cómo convencer a un desconocido de que lo sabes todo de él.

La técnica se apoya en cosas sencillas: la edad, la ropa, un anillo, el acento, cómo se sienta la persona. Se combina con frases que valen para casi todo el mundo y con preguntas disfrazadas de afirmaciones («noto a alguien mayor que se fue hace poco»). El consultante corrige, asiente o da detalles, y el lector los devuelve un poco después como si fueran suyos. Al salir, la persona recuerda lo que encajó y olvida lo que no.

No hace falta mala fe. Muchos lectores la practican sin saberlo, como le pasaba a Hyman, convencidos de que la información les llega por intuición.

Una consulta con los ojos abiertos

Si vas a una consulta, fíjate en quién aporta los datos. La verdad es que una buena parte de lo que parece adivinado suele salir de la propia conversación: responde lo justo, no confirmes cada frase y apunta al terminar qué te dijeron de verdad antes de que tú contaras nada. ¿Cuántas de esas frases le valdrían a cualquier otra persona?

Una lectura puede servirte para pensar, nunca para decidir sobre tu salud, tu dinero o un juicio, y no sustituye al médico, al psicólogo ni al abogado. Las señales que separan una consulta honrada de un engaño están en cómo diferenciar a un tarotista serio de un estafador, y cómo se explica la lectura en otra disciplina, en para qué sirve la quiromancia. Hay más en la sección de videncia y otras mancias y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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