Dicotomía divina, segunda parte: en el camino a la paz de la mente

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

Pedimos paz mental como quien pide unas vacaciones: un sitio tranquilo al que llegar y quedarse. Las tradiciones contemplativas y una parte de la psicología proponen otra cosa, que no es vaciar la cabeza ni ganarles la pelea a los pensamientos, sino aprender a verlos pasar. Esto es lo que dicen unas y otra, y lo que no se puede esperar de ellas.

La paz no es una mente en blanco

Una frase muy repetida dice que no hay camino hacia la paz, porque la paz es el camino. Suele atribuirse a Gandhi, pero los recopiladores de citas la remiten al pacifista estadounidense A. J. Muste, y así la recogió The New York Times en 1967. Encaja bien con lo que sigue: la calma no espera al final de una lucha contra la propia mente.

La psicología lo comprobó con un oso. En 1987, Daniel Wegner pidió a un grupo de voluntarios que hablaran en voz alta durante cinco minutos sin pensar en un oso blanco, y que tocaran una campanilla cada vez que el oso se les colara. No lo consiguieron. Y cuando después se les permitió pensar en él, el oso volvió con más fuerza que en quienes no habían tenido que reprimirlo.

Intentar no pensar en algo es una manera muy eficaz de pensar en ello. ¿Qué hacer entonces con los pensamientos que no queremos?

Lo que propone el budismo: conocer la mente tal como está

El budismo lleva más de dos mil años practicando lo contrario de reprimir. En el Satipatthana Sutta, el discurso sobre los fundamentos de la atención, Buda describe cuatro ámbitos que se observan: el cuerpo, las sensaciones, los estados de la mente y los fenómenos mentales.

El tercero es el que aquí importa. Cuando la mente tiene deseo, el practicante sabe que la mente tiene deseo; cuando tiene aversión, sabe que tiene aversión; cuando está dispersa o recogida, lo sabe también. No se le pide que cambie nada. Se trata de reconocer el estado tal como es, igual que uno dice «está lloviendo» sin enfadarse con la lluvia.

Cada sección del discurso termina con la misma idea: permanecer sin apoyarse en nada ni aferrarse a nada del mundo. Esa distancia amable, que no es indiferencia, reaparecería siglos después en una clínica de Massachusetts.

Kabat-Zinn: la atención plena entra en el hospital

En 1979, Jon Kabat-Zinn abrió una clínica de reducción del estrés en la Facultad de Medicina de la Universidad de Massachusetts. Su programa dura ocho semanas. Hay una sesión semanal en grupo de dos horas y media a tres, una jornada entera de práctica hacia el final y unos tres cuartos de hora diarios en casa, con grabaciones. Se enseñan tres cosas: la meditación sentada, un recorrido atento por las sensaciones del cuerpo y unas posturas sencillas de yoga.

Kabat-Zinn bebió del zen, de la meditación vipassana y del yoga, pero presentó todo sin lenguaje religioso para que pudiera seguirlo cualquier paciente. Muchos hospitales y universidades lo adoptaron, y de ese tronco salió una terapia con un objetivo muy concreto.

Una terapia para no recaer en la depresión

En los años noventa, tres psicólogos, Zindel Segal, Mark Williams y John Teasdale, unieron el programa de Kabat-Zinn con la terapia cognitiva para atacar un problema: las recaídas. Partían de una observación. En quien ya ha pasado varias depresiones, una tristeza corriente puede despertar los viejos círculos de pensamientos negativos, esas vueltas y más vueltas que los psicólogos llaman rumiación.

La terapia cognitiva basada en la atención plena enseña el descentramiento: ver los pensamientos como sucesos de la mente, no como hechos, y notarlos sin engancharse a ellos.

La verdad es que los resultados han sido prometedores, con matices. En el primer ensayo, publicado en 2000 con 145 personas recuperadas de una depresión, la terapia redujo las recaídas durante 60 semanas, pero solo en quienes habían tenido tres episodios o más. En 2016, un análisis conjunto de nueve ensayos con 1.258 participantes encontró menos riesgo de recaída en las 60 semanas siguientes que sin ella, y también algo menos que con otros tratamientos activos. Un ensayo británico de 2015, con 424 personas, la combinó con una retirada gradual de los antidepresivos y la comparó con seguir tomándolos: recayeron el 44 % y el 47 %, una diferencia que no es significativa. En 2009, el instituto británico que elabora las guías clínicas la recomendó para personas que estuvieran bien después de tres episodios o más.

Eso sí, nada de esto se hace a solas con una aplicación. Se imparte en grupo, con terapeutas formados, a personas que ya han salido de la depresión, y la decisión de dejar un antidepresivo es siempre del médico. La depresión se trata con profesionales.

Cuatro gestos ante la mente agitada

  1. Ponle nombre a lo que pasa. En lugar de «todo va a salir mal», prueba con «estoy teniendo el pensamiento de que todo va a salir mal». Parece un juego de palabras, pero abre un poco de espacio.
  2. Vuelve al cuerpo durante un minuto. Nota el peso en la silla, los pies en el suelo y tres respiraciones completas. No hace falta cerrar los ojos ni saber meditar.
  3. No discutas con cada pensamiento. Recuerda el oso blanco: cuanto más empujas una idea, más vuelve. Déjala estar y regresa a lo que estabas haciendo.
  4. Pide ayuda cuando no baste. Si la tristeza o la falta de ganas duran semanas y no días, habla con tu médico o con un psicólogo. Si aparecen ideas de hacerte daño, busca ayuda ese mismo día en un servicio de urgencias o en la línea de atención de tu país.

La primera parte de la serie trata quién soy y quién no soy. Para elegir una práctica, repasa las técnicas de meditación más conocidas. La diferencia entre el dolor y lo que le añadimos se explica en el despertar espiritual, y lo que dicen las tradiciones del sufrimiento, en el dolor del alma. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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