Todo es pura vanidad: el Eclesiastés, el libro del soplo

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

«Vanidad de vanidades, todo es vanidad» es una de las frases más citadas de la Biblia, y a menudo se entiende mal. El libro que la contiene no habla del orgullo ante el espejo, sino de lo poco que duran las cosas y de cómo vivir sabiéndolo.

Qohélet, el que habla ante la asamblea

El libro presenta sus palabras como las de Qohélet, hijo de David y rey en Jerusalén (1, 1). No es un nombre corriente: viene de qahal, asamblea, y se suele entender como «el que habla ante la asamblea». La traducción griega de los Setenta lo vertió como Ekklesiastés, de ekklesía, y de ahí sale el título que usamos. Muchas Biblias en español lo llaman el Predicador o el Maestro.

Por esa presentación, la tradición rabínica atribuyó el libro a Salomón en su vejez. Los estudiosos piensan otra cosa. Su hebreo tiene préstamos del persa y giros arameos que impiden fecharlo antes de mediados del siglo V antes de Cristo, y el sabio Ben Sira ya lo cita hacia el año 180 antes de Cristo; muchos se inclinan por el siglo III. El epílogo (12, 9-14) se considera en general obra de un escriba posterior.

En la Biblia hebrea es uno de los cinco rollos o meguilot, y en muchas sinagogas se lee durante la fiesta de las Cabañas, Sucot, como contrapeso a la alegría de esos días.

Hébel: un soplo, no un espejo

La palabra que se traduce por vanidad es hébel. Su sentido literal es vaho, aliento, soplo: el vapor que sale de la boca en un día frío y se deshace enseguida. Aparece en el Eclesiastés no menos de 38 veces, más que en todo el resto de la Biblia hebrea. Es también el nombre hebreo de Abel, el hijo de Adán y Eva cuya vida fue tan breve (Génesis 4, 2).

¿Por qué entonces «vanidad»? Por la cadena de traducciones. Los Setenta usaron mataiótes, lo vano, y san Jerónimo eligió en la Vulgata vanitas, que en latín designaba lo vacío, lo que no tiene sustancia. En español, vanidad ha pasado a significar sobre todo presunción, y por eso la frase suena hoy a crítica de los presumidos. Qohélet hablaba de lo que no se puede retener. La versión española La Palabra lo intenta de otro modo y empieza con «¡Pura ilusión!».

Nada nuevo bajo el sol

La expresión «bajo el sol» se repite 29 veces y marca el punto de vista: lo que se ve desde la tierra. Desde ahí, el primer capítulo describe un mundo que gira sobre sí mismo, con generaciones que pasan, un sol que vuelve a salir y ríos que nunca llenan el mar, y concluye que nada hay nuevo debajo del sol (1, 9).

Qohélet lo comprueba en primera persona. Probó la alegría y el vino, levantó casas, plantó viñas, acumuló plata y oro, estudió la sabiduría, y todo le pareció soplo. Le inquieta sobre todo que el sabio muera igual que el necio y que de ninguno quede memoria (2, 16).

Come tu pan con alegría

Leído entero, el libro no se queda en la queja. Varias veces llega a la misma conclusión: lo mejor que puede hacer una persona es comer, beber y disfrutar de su trabajo, porque eso es un don de Dios. El pasaje más conocido está en el capítulo 9: «come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón» (9, 7). Siguen la ropa siempre blanca, el ungüento en la cabeza y la invitación a gozar de la vida con la mujer amada todos los días de ese soplo (9, 8-9).

Los estudiosos han señalado su parecido con el consejo que la tabernera Siduri da a Gilgamesh en la versión babilónica antigua del poema: comer, hacer de cada día una fiesta, vestir ropa limpia y alegrar a la esposa y al hijo. Si Qohélet lo conocía, se discute. El versículo siguiente, el de hacer con todas tus fuerzas lo que tengas a mano, se comenta en la energía mental.

Calaveras, velas y una canción de los sesenta

En el siglo XVII, la frase latina dio nombre a un género de pintura: las vanitas, bodegones que recuerdan lo pasajero de todo. Se cultivó mucho en los Países Bajos, en especial en Leiden. Hacia 1640, Harmen Steenwijck, formado allí con su tío David Bailly, pintó la Alegoría de las vanidades de la vida humana que guarda la National Gallery de Londres: una calavera, una lámpara recién apagada, un reloj, libros, instrumentos musicales y una espada japonesa.

En Sevilla, Juan de Valdés Leal pintó entre 1670 y 1672 dos lienzos para la iglesia del Hospital de la Caridad, dentro del programa que ideó Miguel de Mañara. En In ictu oculi, «en un abrir y cerrar de ojos», un esqueleto apaga una vela; en Finis gloriae mundi, un obispo y un caballero yacen en sus ataúdes.

El capítulo 3 tuvo otra fortuna. Empieza con «todo tiene su tiempo» (3, 1) y sigue con parejas: nacer y morir, plantar y arrancar, llorar y reír. En los años cincuenta, el cantante folk estadounidense Pete Seeger tomó sus ocho primeros versículos de la versión inglesa del rey Jacobo y solo añadió el estribillo del título, Turn! Turn! Turn!, y un verso final que pide paz. La versión de los Byrds llegó al número uno de la lista Billboard el 4 de diciembre de 1965.

Pan, vino y un día cualquiera

Leer a Qohélet no exige compartir su fe ni su desencanto. Dicho esto, su consejo práctico sigue en pie: ya que todo pasa, no aplaces lo sencillo. Una comida sin prisa, ropa limpia, una tarde con alguien a quien quieres. Puedes terminar el día anotando una sola cosa sencilla que hayas disfrutado, o leer despacio el capítulo 3 y quedarte con la pareja de tiempos que más te toque ahora.

Al fin y al cabo, el libro no pide despreciar el mundo, sino no aferrarse a él, una idea con eco en lo que el budismo dice del apego y el sufrimiento. Si llegas a él en medio de una pérdida, puede que su tono te acompañe o que te pese, y las dos cosas son normales. El duelo necesita tiempo y compañía; si la tristeza dura mucho o te desborda, un psicólogo puede ayudarte, y lo que se sabe de cómo se vive una pérdida está en las ganancias ocultas de las pérdidas. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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