Cuando muere un animal querido: apariciones, duelo y el Puente del Arcoíris

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Quien ha vivido años con un perro o un gato sabe que su muerte duele como la de alguien de la familia, y que a veces deja la impresión de que sigue en casa. Esta primera parte de la serie trata de esas vivencias, de lo que sabe la psicología del duelo por un animal y de un poema que ha dado la vuelta al mundo. Lo que enseñan el espiritismo y las iglesias está en la segunda parte, y lo que se ha creído y medido de las plantas, en la tercera.

Fantasmas con cuatro patas

Los relatos de animales que se dejan ver después de morir tienen su propia bibliografía. En noviembre de 1913, el escritor inglés Elliott O'Donnell, conocido por sus libros sobre fantasmas, publicó en Londres Animal Ghosts («Fantasmas de animales»). Lo ordenó por especies, con capítulos dedicados a los gatos, los perros o los caballos, y en el prólogo defendía que unos seres que a menudo igualan a las personas en carácter también merecían una vida futura.

Medio siglo después, el californiano Raymond Bayless (1920-2004), pintor de paisajes cuyas obras llegaron al Pentágono y al Museo Nacional del Aire y el Espacio, dedicó parte de su vida a investigar fenómenos paranormales. En 1970 publicó su propio Animal Ghosts, dedicado a las apariciones de animales.

Son testimonios, y como tales hay que leerlos. Ninguno de esos libros puede comprobar qué vio cada persona, ni separar lo que se percibió de lo que se esperaba ver. ¿Qué hay, entonces, detrás de tantos relatos parecidos? La psicología ha empezado a preguntarlo.

Lo que cuentan quienes han perdido a su perro

En 2024, la investigadora Jen Golbeck, de la Universidad de Maryland, publicó en la revista Anthrozoös un estudio con un título que lo resume: «La vi con el corazón». Reunió, a través de las redes sociales, los testimonios de 544 personas cuyo perro había muerto y que contaban alguna vivencia posterior.

La más frecuente fue oírlo: un ladrido, el tintineo del collar, las uñas sobre el suelo. Era el 37 % de las experiencias de tipo sensorial. En 45 casos, la persona notó al perro tumbado en la cama, a su lado, y casi la mitad de estas vivencias ocurrieron de noche. Verlo, en cambio, era raro. Otras eran señales que cada cual interpretaba a su manera: un sueño, una alarma que saltaba sin motivo, un arcoíris, una mariposa.

Lo que más llama la atención es el tono. Tres de cada cuatro vivencias se recordaban como positivas, como un consuelo o una despedida, y solo un 9 % dejaba un sabor agridulce o triste. El estudio no mide cuánta gente las tiene, porque respondió quien quiso contarlas, y no dice nada sobre lo que hay después de la muerte. Sí muestra que, para quienes las viven, suelen formar parte del duelo y no del miedo.

La psicología las sitúa en lo que llama vínculos continuos, una idea que se abrió paso en 1996 con un libro de Dennis Klass, Phyllis Silverman y Steven Nickman: el duelo no exige romper el lazo con quien se fue, y mantenerlo de otra forma es normal. Una revisión de 2022 sobre la muerte de mascotas matizó que ese lazo puede aliviar, pero también intensificar el dolor, sobre todo cuando el entorno no reconoce la pérdida.

Un duelo que no siempre se reconoce

En 1989, el especialista en duelo Kenneth Doka acuñó una expresión que se ha hecho clásica: duelo no reconocido. Lo definió como el que se siente tras una pérdida que no puede admitirse abiertamente, llorarse en público ni recibir apoyo de los demás. Entre los ejemplos que él mismo pone está la muerte de una mascota.

Cualquiera que haya oído «solo era un perro» sabe a qué se refería. No hay días libres por esa pérdida, ni pésames, ni un funeral que reúna a la familia. La revisión de 2022 encontró justo eso: que el duelo por una mascota se trata a menudo como menor, y que esa falta de reconocimiento limita la ayuda que la persona busca y recibe.

El Puente del Arcoíris

Es uno de los textos que más se comparten cuando muere un animal, una breve prosa poética. Cuenta que cerca del cielo habría un prado con comida, agua y sol, donde los animales enfermos o viejos recuperan la salud y esperan a su persona; un día uno de ellos echa a correr hacia alguien que llega, y cruzan juntos el puente.

Durante décadas circuló sin firma. En febrero de 1994 llegó a la columna de consejos «Dear Abby», que lo publicó pidiendo que el autor se diera a conocer, y nadie lo hizo. A partir de 1995 se presentaron en Estados Unidos quince solicitudes de derechos con el mismo título. En 2023, el historiador del arte Paul Koudounaris, que investigaba los cementerios de mascotas, siguió una pista hasta Escocia y encontró a Edna Clyne-Rekhy, una artista que, según contó, lo escribió en 1959, con diecinueve años, al morir su labrador, Major. Conservaba el borrador a mano y lo había compartido con amigos en copias sin su nombre. La atribución descansa en esa investigación, en el borrador y en su testimonio.

Al fin y al cabo, el poema no enseña ninguna doctrina: ofrece una imagen para despedirse.

Gestos para despedir a tu animal

  • Date permiso para llorarlo y dilo en voz alta a quien sepa escucharte; si alguien le quita importancia, recuerda que tu pena es real.
  • Busca un gesto de despedida que vaya contigo: plantar algo donde descansa, guardar su collar, escribirle unas líneas o reunir sus fotos.
  • Pide ayuda a un psicólogo si, pasados los meses, la tristeza o la culpa no te dejan vivir; en muchos lugares hay también grupos de apoyo para quienes han perdido a su animal.

Nadie puede prometerte que volverás a verlo ni que te enviará señales. Lo que sí está en tu mano es recordarlo con cariño. El duelo por las personas se cuenta en la pérdida de un ser amado. Tienes más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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