Fantasmas: por qué la mente ve a alguien donde no hay nadie

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

No hace falta una casa vieja ni una noche de tormenta para ver un fantasma: basta una mente humana en ciertas circunstancias. El duelo, el agotamiento extremo y la sugestión explican muchas presencias, y la psicología lleva décadas midiendo cómo ocurre.

De la fantasmogénesis al cerebro que se adelanta

Algunos tratados de parapsicología del siglo XX llamaron fantasmogénesis a la supuesta formación de un fantasma visible a partir de una energía que saldría del cuerpo de un médium. Era la versión más física de una idea que se cuenta en la telergia, y nunca llegó a demostrarse.

La psicología se hace hoy otra pregunta. ¿Qué pone la mente para que una persona sensata vea, oiga o sienta a alguien que no está? Parte de la respuesta es evolutiva. Para un animal, confundir el viento entre las ramas con un depredador cuesta poco; confundir un depredador con el viento puede costarle la vida. Por eso el cerebro tiende a equivocarse por exceso y a suponer que detrás de un ruido hay alguien. El psicólogo Justin Barrett llamó a esa tendencia «dispositivo hipersensible de detección de agentes».

Le acompaña la pareidolia, el hábito de encontrar formas conocidas en lo que no las tiene: caras en las nubes o en un enchufe, palabras en el ruido de una grabación, como se explica en las psicofonías. Con poca luz, cansancio o miedo, ese hábito trabaja a destajo.

La compañía de quien se fue

Ninguna situación produce tantas presencias como la pérdida de alguien querido. En 1971, el médico galés Dewi Rees publicó en el British Medical Journal las entrevistas que había hecho a 227 viudas y 66 viudos de una zona rural del centro de Gales, cuatro de cada cinco viudos de la comarca. Casi la mitad había tenido alguna experiencia de su pareja muerta.

Lo interesante está en los detalles. La forma más común era la sensación de presencia, de que el otro seguía en casa, y la contó cerca de cuatro de cada diez. Menos frecuentes eran verlo, oírlo y, en muy pocos casos, notar que los tocaba. Les pasaba igual a hombres que a mujeres, podía durar años y era más común en la primera década de viudez. En el momento de la entrevista, más de un tercio seguía viviéndolo.

Y casi nadie lo contaba. Poco más de uno de cada cuatro se lo había dicho a alguien; los demás callaban por miedo a que se rieran, porque les parecía demasiado íntimo o para no inquietar a los suyos. Rees concluyó que eran experiencias normales, que con frecuencia ayudaban a sobrellevar la viudez.

Ninguno de esos datos prueba que los muertos regresen, ni que a quien lo vive le pase algo malo. Lo que muestran es cómo carga la mente con una ausencia. El duelo se acompaña, y si el dolor no deja vivir, un psicólogo puede ayudar.

Un compañero de más en la nieve

En mayo de 1916, Ernest Shackleton cruzó a pie las montañas de la isla de Georgia del Sur con dos de sus hombres, Frank Worsley y Tom Crean, para pedir ayuda en la estación ballenera de Stromness. Fueron unas treinta y seis horas sin descanso, tras meses de penalidades. En su libro South, publicado en 1919, Shackleton escribió que durante aquella marcha le pareció a menudo que eran cuatro y no tres. Worsley le confesó después que había tenido la misma sensación, y Crean, también.

El poeta T. S. Eliot lo recogió en La tierra baldía (1922), con un verso sobre el tercero que camina siempre a tu lado, y de ahí viene el nombre con que se conoce el fenómeno: el «tercer hombre». Montañeros, navegantes solitarios y supervivientes de accidentes han contado experiencias parecidas, casi siempre con frío, hambre, agotamiento y mucha tensión.

La neurología ha encontrado una pista. En 2014, el equipo de Olaf Blanke, en la Escuela Politécnica Federal de Lausana, estudió a doce pacientes neurológicos que sentían presencias y localizó alteraciones en zonas del cerebro que integran las señales del propio cuerpo. Después lo reprodujo con voluntarios sanos: con los ojos tapados, movían un brazo robótico que les tocaba la espalda, y cuando el toque llegaba con medio segundo de retraso, varios sintieron que alguien estaba detrás de ellos. El cerebro atribuía a otro una señal que era suya.

El peso de una sugerencia

La tercera pieza es la expectativa. En un estudio publicado en 2009, el psicólogo Christopher French y su equipo de la Universidad Goldsmiths de Londres contaron cómo habían construido una sala circular para intentar fabricar un lugar «encantado». Setenta y nueve voluntarios pasaron cincuenta minutos dentro, expuestos a infrasonidos, a campos electromagnéticos, a las dos cosas o a ninguna, sin saber cuál les tocaba. Les avisaron de que quizá notarían sensaciones extrañas.

Muchos las notaron. Pero su número no dependía de lo que emitía la sala. Para los autores, la explicación más sencilla era la sugestión. Dicho esto, la mente no inventa a ciegas: rellena los huecos con lo que espera encontrar, con lo que ha oído del sitio y con lo que más echa de menos.

Tres comprobaciones ante una presencia

  • Mira el momento: el agotamiento, el frío, la falta de sueño o una pérdida reciente hacen que el cerebro rellene huecos con más facilidad.
  • Repasa lo que oíste antes: una historia sobre el lugar o la idea de que «allí pasan cosas» pesa más de lo que parece.
  • Cuéntaselo a alguien de confianza, sobre todo si sentiste cerca a un ser querido que murió: le pasa a mucha gente, y si el dolor pesa demasiado, un psicólogo puede ayudarte.

Para seguir, lee qué distingue a fantasmas, apariciones y espectros y cómo se clasificaron. Tienes más en la sección de paranormal y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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