Dios en acción: el Dios sin nombre, sus títulos bíblicos y las frases en primera persona
Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026
Muchas escuelas espirituales llaman a Dios con títulos solemnes y, a la vez, dicen que ningún nombre le alcanza. Esa tensión tiene una larga historia en el judaísmo y en el cristianismo, que la llamaron teología negativa. Aquí la tienes, junto con el origen de dos títulos bíblicos y lo que ha medido la psicología de las frases que empiezan por «yo».
Decir lo que Dios no es
A finales del siglo V o a comienzos del VI, un autor cristiano, probablemente de Siria, escribió varios tratados con el nombre de Dionisio Areopagita, el ateniense que según los Hechos de los Apóstoles se unió a san Pablo tras oírle hablar en Atenas (Hechos 17, 34). Durante siglos se le tomó por discípulo directo del apóstol. Lorenzo Valla, en el siglo XV, y después Erasmo mostraron que no podía serlo, y desde entonces se le conoce como Pseudo Dionisio.
Su obra más breve, la Teología mística, sostiene que a Dios se le alcanza mejor negando que afirmando. Se empieza por negar lo que más se aleja de él: tiene más sentido llamarle vida o bondad que aire o piedra. Después se niega también lo más alto, hasta quedar en lo que el autor llama una tiniebla divina, más allá de toda afirmación y de toda negación.
Tomás de Aquino lo citó más de 1.700 veces, y su huella llega a Eckhart y a Juan de la Cruz.
Maimónides y el barco
Moisés Maimónides, el gran sabio judío nacido en Córdoba en el siglo XII, terminó hacia 1190 la Guía de perplejos, escrita en árabe con letras hebreas. En la primera parte defiende que los únicos atributos verdaderos de Dios son los negativos: decir que es sabio significa, en rigor, que no es ignorante.
Lo explica con un ejemplo. Alguien sabe que existe un barco, pero no qué es. Otro sabe ya que no es un accidente; otro, que no es un mineral, y así sucesivamente, hasta que el décimo, a fuerza de negaciones, tiene casi la idea correcta de un barco. Cada negación acerca un poco más. Y cuando las palabras se agotan, Maimónides recomienda callar, con un verso del salmo 65 que él leía así: «el silencio es tu alabanza».
La nube del no saber
En la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIV, un autor anónimo escribió en inglés medio La nube del no saber, una guía de contemplación para un joven discípulo. Su idea central es que a Dios no se le alcanza con el pensamiento, sino con el amor. Entre el alma y Dios hay una nube de no saber, y entre el alma y todo lo demás conviene poner otra, la del olvido.
Su consejo práctico es de una sencillez desarmante. Hay que recoger toda la intención en una palabra breve, de una sola sílaba, como «Dios» o «amor», y volver a ella cada vez que la mente se distraiga. En los años setenta, tres monjes trapenses de Estados Unidos, entre ellos Thomas Keating, se inspiraron en este libro para la llamada oración centrante.
El Anciano de días y el Alfa y la Omega
Dos de los títulos más solemnes vienen de libros muy distintos. El Anciano de días aparece tres veces en el capítulo 7 de Daniel (versículos 9, 13 y 22), uno de los que el libro conserva en arameo. En una visión, después de cuatro bestias que salen del mar, un anciano se sienta a juzgar: su vestido es blanco como la nieve, su pelo como lana limpia y su trono, llamas de fuego. La mayoría de los estudiosos sitúa la redacción de esas visiones en el siglo II antes de Cristo, durante la persecución de Antíoco IV. William Blake dio ese título a un célebre grabado de 1794.
El Alfa y la Omega, la primera y la última letra del alfabeto griego, es un título del Apocalipsis (1, 8; 21, 6, y 22, 13), que lo acompaña de «el principio y el fin». En el primero de esos versículos se añade «el que es y que era y que ha de venir». La liturgia católica lo mantiene vivo: en la Vigilia Pascual, el sacerdote graba en el cirio una cruz, el alfa encima, la omega debajo y las cifras del año entre los brazos.
Afirmar en primera persona
Algunas escuelas metafísicas, herederas del Nuevo Pensamiento y de la Actividad Yo Soy, convirtieron estos nombres en frases para decir en voz alta, los decretos, que suelen empezar por «yo soy». En uno de ellos, el que da título a esta página, quien lo pronuncia se presenta como la presencia de Dios en acción. Su historia, de la zarza ardiente a la Actividad Yo Soy, se cuenta en la historia de las palabras «Yo Soy», y la del nombre de cuatro letras que no se pronuncia, en el tetragrámaton.
La psicología ha medido algo parecido. En 2009, Joanne Wood, Elaine Perunovic y John Lee publicaron en Psychological Science tres estudios sobre las frases positivas que uno se dice. Una encuesta mostró que mucha gente las usa y las cree eficaces. Después pidieron a varias personas que repitieran «soy una persona digna de amor». A quienes tenían la autoestima alta les sentó algo mejor; a quienes la tenían baja, peor que a quienes no la repitieron. Una frase demasiado alejada de lo que uno piensa de sí mismo despierta la voz contraria, y esta acaba ganando.
¿Quiere decir que no hay que afirmar nada? La verdad es que no. El estudio, que se comenta en los beneficios de la metafísica y sus límites, sugiere más bien elegir frases creíbles.
Tres maneras de nombrar sin encerrar
- Prueba unos minutos la vía negativa: en lugar de buscar palabras para lo sagrado, ve descartando las que se quedan cortas, y quédate en silencio cuando ya no te queden.
- Elige una palabra breve, como proponía La nube del no saber, y vuelve a ella con suavidad cada vez que te distraigas.
- Si usas afirmaciones, que sean creíbles y en camino, como «estoy aprendiendo a cuidarme», y déjalas si te hacen sentir peor.
Ninguna de estas prácticas sustituye la ayuda de un psicólogo cuando el ánimo pesa. Hay más en la sección de religión y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.