El miedo y la fe: lo que la expectativa hace en el cuerpo y lo que no

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Se repite mucho que el miedo atrae lo temido y que pensar en una enfermedad acaba provocándola. La ciencia ha estudiado de verdad cómo influye lo que esperamos en lo que sentimos, y su respuesta es más interesante y mucho menos culpabilizadora.

Nocebo, la otra cara del placebo

En 1961, Walter Kennedy publicó en la revista Medical World un artículo titulado «La reacción nocebo». Eligió la palabra como pareja de placebo: en latín, placebo significa «agradaré», y nocebo, «dañaré». Con ella nombraba los efectos negativos que nacen de lo que el paciente espera, no del remedio.

El fenómeno está bien medido. En el ensayo SAMSON, publicado en 2020 en The New England Journal of Medicine, 60 personas que habían dejado las estatinas por sus efectos secundarios pasaron un año alternando por meses el fármaco, unas pastillas idénticas sin principio activo y ninguna pastilla; cuando tomaban algo, no sabían cuál de las dos era. El 90 % de las molestias que notaban con la estatina aparecía también con el placebo, y la mitad pudo volver a su tratamiento. En 2022, una revisión de doce ensayos de las vacunas contra la covid-19 calculó que más de dos tercios de los efectos adversos comunicados tras la primera dosis se debían a ese mecanismo.

Conviene entender bien lo que hace. El nocebo cambia cómo nos sentimos: más dolor de cabeza, más náuseas, más cansancio. No crea virus ni tumores, y no es culpa de quien lo nota, sino una respuesta normal del cerebro ante una advertencia.

El estrés y las defensas

Uno de los experimentos que abrieron el estudio de la relación entre la mente y el sistema inmunitario nació casi por casualidad. En 1975, el psicólogo Robert Ader y el inmunólogo Nicholas Cohen, de la Universidad de Rochester, publicaron en Psychosomatic Medicine un experimento con ratas. Les daban agua con sacarina junto con un fármaco que deprime las defensas, y más tarde la sacarina sola bastaba para que su respuesta inmunitaria bajara. El organismo había aprendido a frenarlas. De ahí nació una disciplina con un nombre largo, la psiconeuroinmunología.

En 1991, Sheldon Cohen, David Tyrrell y Andrew Smith dieron el paso con personas. Midieron el estrés de 394 voluntarios sanos, les pusieron en la nariz gotas con uno de cinco virus respiratorios y los mantuvieron en cuarentena. Cuanto más estrés declaraban, más se infectaban (del 74 % al 90 %, aproximadamente) y más resfriados desarrollaban (del 27 % al 47 %). Lo publicaron en The New England Journal of Medicine.

Hay que leerlo con cuidado. El estrés hizo más probable que el virus prendiera en quien ya lo había recibido. No fabricó resfriados de la nada: sin virus no hubo resfriado, y pensar en uno no lo provoca.

La cifra del 80 % que nadie firmó

Circula la idea de que la Organización Mundial de la Salud atribuye a la mente el origen de más del 80 % de nuestros males. No existe ninguna declaración de la OMS que lo diga. La cifra aparece sin fuente en libros de autoayuda y de manejo del estrés, a veces con fórmulas en las que algunos expertos «especulan» con porcentajes del 70 al 85 %, que no son un dato, sino una conjetura.

Lo que la OMS publica apunta en otra dirección. Según su ficha de septiembre de 2025, las enfermedades no transmisibles, como las del corazón, el cáncer, las respiratorias crónicas y la diabetes, causaron en 2021 al menos 43 millones de muertes, el 75 % de las no relacionadas con la pandemia. Entre los factores de riesgo que se pueden cambiar cita el tabaco, la inactividad física, el alcohol, la mala alimentación y la contaminación del aire. El miedo no está en la lista.

Pensar en positivo no cura

¿Y la otra mitad de la creencia, la de que el optimismo sana? Tampoco se sostiene. En 2004, un equipo australiano siguió a 179 pacientes con cáncer de pulmón que habían respondido, antes del tratamiento, un cuestionario sobre su optimismo. Ser más optimista no se tradujo en vivir más ni en que la enfermedad avanzara más despacio. Los autores advirtieron de que la presión por «ser positivo» puede añadir una carga más a quien ya está enfermo.

Muchos textos de metafísica describen una cadena: el pensamiento siembra el miedo, el miedo baja las defensas y llega la enfermedad, o la pobreza. Los datos no la respaldan. Nadie enferma por pensar mal ni se empobrece por temer la ruina, y nadie tiene la culpa de lo que padece. La fe puede sostener, acompañar y dar ánimo para seguir un tratamiento, pero no lo sustituye. Lo que la tradición cristiana entiende por fe, y cómo se cultiva la confianza, se cuenta en el poder de la fe.

Miedo con nombre, fe sin culpa

El miedo no es un fallo moral ni la semilla de una desgracia. Es una alarma, a veces exagerada, y ponerle nombre ayuda. Cuando una preocupación por la salud te ronde, consulta a tu médico en lugar de buscar síntomas en internet, y pídele que te explique los efectos secundarios de un tratamiento con datos, incluidos los que aparecen también con el placebo. Saber que muchas molestias nacen de la expectativa suele quitarles fuerza.

Si el miedo dura semanas, te quita el sueño o te impide hacer tu vida, habla con un psicólogo, que puede ayudarte a manejarlo. Y si eres creyente, la oración y tu comunidad pueden acompañarte, al lado del médico y nunca en su lugar. La verdad es que la fe más valiosa no promete que no pase nada malo: ayuda a atravesarlo.

Lo que la psicología dice de los pensamientos y de sus límites está en eres lo que piensas, y la vieja ley de la polaridad, en cultivar el opuesto. Hay más en la sección de religión y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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