Coincidencias asombrosas: de la sincronicidad de Jung a la lista de Lincoln y Kennedy

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Piensas en una canción y suena en la radio; viajas a otro país y te cruzas con un vecino de tu calle. Hay coincidencias que parecen hechas a medida, y desde hace un siglo psiquiatras, biólogos y estadísticos intentan explicarlas sin ponerse de acuerdo del todo.

El escarabajo que llamó a la ventana

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung llamó sincronicidad a la coincidencia en el tiempo de dos hechos que no tienen relación de causa, pero sí un sentido para quien los vive. Usó la palabra en público por primera vez en 1930, en el homenaje al sinólogo Richard Wilhelm, el traductor del I Ching, y la desarrolló en 1952 en un libro escrito a medias con el físico Wolfgang Pauli, premio Nobel de 1945: La interpretación de la naturaleza y la psique. El ensayo de Jung ocupaba una parte; la otra, un estudio de Pauli sobre las ideas de Kepler. Los dos se escribían desde 1932.

El ejemplo más famoso es el del escarabajo. Una paciente le contaba a Jung un sueño en el que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras hablaba, algo golpeó el cristal de la ventana, a espaldas del médico. Era una cetonia dorada, lo más parecido a un escarabajo de oro que se puede encontrar en estas latitudes, según escribió Jung. Abrió la ventana, lo atrapó y se lo dio a la paciente. Según contó, aquella coincidencia rompió el racionalismo rígido de la paciente, con quien la terapia llevaba tiempo atascada.

Jung no pretendía demostrar nada con una anécdota. Sostenía que existe un orden de sentido que no depende de las causas, una idea que muchos científicos consideran imposible de comprobar, y por eso de poco valor fuera de la psicología de quien la usa.

La ley de la serie de Paul Kammerer

Antes que Jung, un biólogo austriaco se había obsesionado con las repeticiones. Paul Kammerer, nacido en Viena en 1880, anotaba cuántas personas cruzaban los parques públicos y cuántas llevaban paraguas. En 1919 publicó La ley de la serie, con un centenar de coincidencias recogidas en su vida.

Su idea era que los sucesos tienden a llegar en rachas, como si una fuerza desconocida los agrupara: lo que el refrán resume en que las desgracias nunca vienen solas. Albert Einstein la calificó de interesante y en absoluto absurda. La comunidad científica no la aceptó, y la carrera de Kammerer se hundió en 1926, cuando se demostró que los ejemplares de sapo con los que defendía otra de sus teorías habían sido retocados con tinta. Murió ese mismo año.

Lincoln y Kennedy: una lista con historia

Pocas coincidencias han dado tantas vueltas como la lista que compara a Abraham Lincoln y John F. Kennedy. Apareció en 1964, menos de un año después del asesinato de Kennedy, en un boletín del comité republicano del Congreso, y ese verano la recogieron las revistas Newsweek y Time. Desde entonces no ha dejado de crecer.

Algunos puntos son ciertos y poco sorprendentes: Lincoln fue elegido presidente en 1860 y Kennedy en 1960, algo esperable cuando las elecciones se celebran cada cuatro años. Otros son falsos. Lincoln nunca tuvo un secretario llamado Kennedy (los suyos fueron John Nicolay y John Hay), aunque Kennedy sí tuvo una secretaria apellidada Lincoln. Y John Wilkes Booth, que mató a Lincoln, nació en 1838, no en 1839, como dice la lista para que los dos asesinos nacieran con cien años de diferencia.

El divulgador Martin Gardner la desmontó en los años setenta en Scientific American. En 1992, la revista Skeptical Inquirer convocó un concurso de coincidencias presidenciales, y los participantes encontraron listas parecidas para veintiuna parejas de presidentes estadounidenses, y otra de dieciséis puntos entre Kennedy y el mexicano Álvaro Obregón, asesinado en 1928.

Por qué recordamos las coincidencias

La psicóloga Ruma Falk comprobó que una misma historia nos parece mucho más asombrosa cuando nos ha pasado a nosotros que cuando la cuenta otro. Lo propio tiene detalles, emoción y consecuencias; lo ajeno, no. Y el resto lo hace el sesgo de confirmación: anotamos los aciertos y olvidamos los cientos de veces en que pensamos en alguien y no llamó.

En 2005, el lingüista Arnold Zwicky bautizó otro efecto cercano, la ilusión de frecuencia: en cuanto aprendemos una palabra nueva, nos parece oírla por todas partes. No ha aparecido de repente; es que ahora la atención la busca. Las cuentas de por qué lo improbable acaba ocurriendo a menudo están en la telepatía de cada día, y la tendencia a ver orden en el azar, en el misterio de los tres tres.

¿Significa esto que ninguna coincidencia tiene sentido? No necesariamente. Para el propio Jung, lo que distingue una sincronicidad es el sentido que tiene para quien la vive, y una casualidad puede servir para pensar en algo que uno tenía pendiente. La verdad es que lo valioso suele ser lo que hacemos con ella, no la coincidencia misma.

Prueba esto con tu próxima casualidad

  • Apúntala el mismo día, con la fecha y lo que pasó exactamente, antes de que la memoria la adorne.
  • Calcula, aunque sea a ojo, cuántas veces pudo ocurrir algo parecido sin que lo notaras: cuántas llamadas, cuántas canciones, cuántas personas en esa calle.
  • Quédate con lo que te sugiere, sin convertirlo en una señal obligatoria: puede inspirarte una decisión, pero no tomarla por ti.

Cómo unas desgracias sueltas se convierten en el destino de una familia se cuenta en las leyendas de mala suerte, de los Kennedy a Tutankamón. Tienes más en la sección de sociedad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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