El viaje de la chispa divina: la mónada de la teosofía y las almas grupo

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Muchas escuelas espirituales cuentan la vida como un viaje: una chispa de luz que sale de lo divino, atraviesa los reinos mineral, vegetal y animal y llega, al cabo de eras, a la condición humana. La versión más influyente de esa idea es la de la teosofía de finales del siglo XIX. Aquí verás qué enseñaba, de dónde decía tomarla y por qué no es lo mismo que la evolución que estudia la biología.

La piedra que se hace planta

La imagen tiene antecedentes. Uno de ellos es un poema del místico persa Rumi (1207-1273). En el libro III de su Masnavi, la voz del poema recuerda que murió como mineral y se hizo planta, murió como planta y se alzó como animal, murió como animal y fue hombre, y se pregunta por qué habría de temer a la muerte si nunca ha salido perdiendo al morir.

Helena Blavatsky recogió una fórmula parecida y la presentó como un axioma de la cábala: la piedra se convierte en planta, la planta en animal, el animal en hombre, el hombre en espíritu y el espíritu en dios. La atribución es suya, y conviene leerla como parte de su propia interpretación.

La mónada de La doctrina secreta

Blavatsky, cofundadora de la Sociedad Teosófica en Nueva York en 1875, publicó en Londres en 1888 los dos volúmenes de La doctrina secreta, dedicados al origen del cosmos y al del ser humano. Allí llama mónada a esa chispa: un fragmento de lo divino que, para completar su ciclo, tiene que reflejar en sí cada forma básica de cada reino de la naturaleza.

Lo explica con unas palabras muy suyas. La mónada estaría «inmetalizada» en el átomo de piedra, «invegetalizada» en la planta e «inanimalizada» en el animal, y seguiría siendo divina en todas esas etapas. Según el libro, la chispa anima por turno los reinos inferiores antes de entrar en el ser humano y darle forma. Lo que viaja no es la personalidad de nadie, sino ese núcleo que no cambia en su esencia y solo acumula experiencia.

La vida de Blavatsky, las cartas de los mahatmas y las polémicas de la sociedad se cuentan en la Sociedad Teosófica, de Nueva York a Adyar.

Cien leones y un perro: las almas grupo

Sus sucesores convirtieron la idea en un esquema muy detallado. Annie Besant, en La sabiduría antigua (1897), describe almas grupo en las plantas y los animales que encarnan en un número de cuerpos cada vez menor, hasta que una sola alma anima una sucesión de cuerpos individuales y queda lista para recibir la mónada humana.

Charles Webster Leadbeater lo explicó con un ejemplo en A Textbook of Theosophy (1912), en el capítulo sobre la evolución de la vida. Imagina un alma grupo unida a unos cien cuerpos de león. Cuando un león muere, la parte de alma que lo animaba vuelve a la masa común, como el agua de un vaso devuelta al cubo, y lo que ese león aprendió queda para todos; así explicaba los instintos. Cuanto más alto está un animal en la escala, menos cuerpos comparten su alma grupo, que acaba dividiéndose como una célula.

El último paso, la individualización, solo sería posible para algunos animales domésticos. Según Leadbeater, el animal bien tratado desarrolla afecto por su compañero humano y despliega su inteligencia al intentar comprenderlo. Cada línea de evolución tendría a la cabeza un animal doméstico: el perro, el gato, el elefante o el mono. El león, el tigre y el leopardo conducirían al gato; el lobo y el zorro, al perro.

Dentro del propio movimiento hubo quien vio en estas enseñanzas un añadido posterior, y algunos teósofos críticos las agruparon bajo el nombre de neoteosofía para separarlas de los textos de Blavatsky.

Lo que no es: la evolución de Darwin

La palabra evolución confunde. Charles Darwin publicó El origen de las especies en 1859, y la única ilustración del libro es un diagrama en forma de árbol que se ramifica. Esa imagen dice mucho. La evolución biológica no es una escalera con el ser humano en lo alto, sino un árbol: los seres humanos y los chimpancés descienden de un antepasado común que vivió hace millones de años, y ninguna rama es la meta de las demás. Una bacteria actual lleva evolucionando el mismo tiempo que nosotros.

Blavatsky, por su parte, rechazó la versión darwinista del origen humano. En el segundo volumen de La doctrina secreta sostiene que el ser humano no tiene ni una gota de sangre de simio y que los grandes simios aparecieron mucho después, al final de la Atlántida.

Son, al fin y al cabo, dos respuestas a preguntas distintas. La teosofía habla de un supuesto viaje del alma, que no se puede comprobar; la biología describe cómo cambian las poblaciones de seres vivos a lo largo de las generaciones, con fósiles y genes que cualquiera puede revisar. Mezclarlas como si la ciencia confirmara la doctrina no hace justicia a ninguna de las dos.

Leer la escalera como lo que es

Contada como creencia, la idea de la chispa que viaja tiene algo que muchos encuentran hermoso: invita a mirar una piedra, un árbol o un perro como parientes y a tratarlos con respeto. Leadbeater pensaba que el cariño ayuda a un animal a crecer por dentro. ¿Hace falta creerlo para tratar bien a un perro? No. Basta con saber que siente y depende de quien lo cuida.

También conviene notar lo que la imagen arrastra. Llamar a plantas y animales «hermanos menores» pone al ser humano en la cima de una escalera que la biología no reconoce. Las otras ramas del árbol no van detrás de nosotros: van por su camino.

Si te interesa el mapa teosófico completo, lee los siete planos de la teosofía, y para otra escalera de las almas, la de los médiums ingleses, los animales en el espiritismo y las iglesias. Hay más en la sección de espiritualidad y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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