Causa y efecto: la ley del Kybalion, las cuatro causas de Aristóteles y la duda de Hume
Redacción Leotarot.com · Publicado el 7 de octubre de 2026
«Toda causa tiene su efecto», repiten muchos grupos herméticos y de metafísica. La filosofía lleva veinticinco siglos preguntándose qué es exactamente una causa, y la estadística ha añadido una advertencia muy útil: que dos cosas vayan juntas no quiere decir que una produzca la otra. Aquí tienes las tres miradas y una manera de usarlas en la vida diaria.
El sexto principio del Kybalion
La fórmula procede de El Kybalion, un libro publicado en Chicago en 1908 con la firma de «Tres Iniciados» y atribuido al escritor William Walker Atkinson. Ordena la enseñanza hermética en siete principios, y el sexto es el de causa y efecto. Dice que toda causa tiene su efecto y todo efecto su causa, que todo sucede según una ley, que el azar es solo el nombre de una ley que no se conoce y que hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la ley.
Para explicarlo, el libro recurre a un dado. Parece caer al azar, pero el número que sale depende de su posición en el cubilete, de la fuerza del lanzamiento y del estado de la mesa, y detrás de esas causas hay otras que nadie alcanza a seguir. Añade un matiz curioso: ninguna cosa crea otra, porque la causa y el efecto solo enlazan acontecimientos, como los eslabones de una cadena.
De ahí saca una enseñanza práctica. La mayoría de la gente viviría como los peones de un tablero, movida por el ambiente, la herencia, los estados de ánimo y la voluntad de otros. El maestro, en cambio, se eleva a un plano superior y pasa de ser efecto a ser causa. Los grupos de metafísica suelen leer este principio junto al quinto, el del ritmo, que compara la vida con un péndulo: lo que va, vuelve.
Las cuatro causas de Aristóteles
Más de dos mil años antes, Aristóteles se había preguntado qué queremos decir cuando hablamos de causa. Su palabra, aitía, se parece más a nuestro «porqué». En la Física y en la Metafísica distingue cuatro respuestas, y las explica con una estatua de bronce. La causa material es el bronce; la formal, la figura que tiene; la eficiente, el escultor que la hizo, y la final, aquello para lo que se hizo.
Para él, conocer algo era conocer todas sus causas. La ciencia moderna se quedó sobre todo con la eficiente, la de quién o qué produce un cambio. A principios del siglo XVII, Francis Bacon llegó a comparar la búsqueda de causas finales con una virgen consagrada a Dios, que no da fruto. Aun así, el «para qué» sigue vivo en la ética y en la biología, cada vez que alguien pregunta para qué sirve un órgano.
Hume: lo que nunca llegamos a ver
En el siglo XVIII, el escocés David Hume planteó una duda incómoda. En su Tratado de la naturaleza humana (1739-1740) y en su Investigación sobre el entendimiento humano (1748) usó un ejemplo que se hizo famoso: una bola de billar rueda, golpea a otra y la segunda echa a andar. En realidad vemos un movimiento y después otro. La fuerza que obligaría a la segunda bola a moverse, lo que él llamaba la conexión necesaria, no la vemos nunca.
Según Hume, lo que llamamos causa nace de una costumbre de la mente. Hemos visto muchas veces que a lo primero le sigue lo segundo, y esperamos que vuelva a pasar. Esa expectativa es útil y casi siempre se cumple, pero no es una observación, sino un hábito.
Kant escribió que el recuerdo de Hume le había despertado de su «sueño dogmático», y dedicó buena parte de su obra a responderle. El contraste con el Kybalion salta a la vista: el libro hermético da por hecho que detrás de todo hay una ley, y Hume recuerda que esa ley la deducimos, no la vemos.
Correlación no es causa
La estadística convirtió aquella duda en una regla práctica. Que dos cosas aparezcan juntas no basta para decir que una causa la otra. El error tiene nombre latino desde hace siglos: post hoc, ergo propter hoc, «después de esto, luego a causa de esto».
El ejemplo de manual son los helados y los ahogamientos. Los dos aumentan a la vez, pero ninguno provoca el otro: los dos dependen del calor, que lleva a la gente a la heladería y a la playa. En 2000, el divulgador británico Robert Matthews, de la Universidad de Aston, publicó con humor un artículo sobre cigüeñas. En 17 países europeos, donde había más parejas de cigüeñas nacían más niños, y la relación superaba las pruebas estadísticas. La explicación más probable era el tamaño: los países grandes tienen más cigüeñas y más habitantes.
¿Cómo se pasa, entonces, de la correlación a la causa? Con experimentos que comparan grupos parecidos y, cuando no se pueden hacer, con una lista de comprobaciones. En 1965, el epidemiólogo británico Austin Bradford Hill propuso nueve; entre ellas, que la relación sea fuerte, que se repita en estudios distintos y que la causa vaya siempre antes que el efecto. Con razonamientos así se estableció que el tabaco provoca cáncer de pulmón.
Cuando algo parece la causa
La próxima vez que algo te parezca la causa de otra cosa, prueba a hacerte cuatro preguntas. Qué vino primero. Si hay un tercer factor que explique las dos, como el calor en el caso de los helados. Qué habría pasado sin esa supuesta causa. Y cuántas veces no ocurrió lo esperado, porque la memoria guarda las coincidencias y olvida lo demás. Sirve para el amuleto que parece traer suerte y para la mala racha que parece un castigo.
Sirve, sobre todo, para mirarse a uno mismo. El principio del Kybalion puede invitar a hacerse cargo de los propios actos, pero leído sin matices convierte cualquier desgracia en algo merecido: si nada ocurre por azar, parecería que todo lo malo tiene un culpable. La filosofía y la estadística recuerdan que las causas suelen ser muchas, que a veces no se ven y que no siempre dependen de nosotros. Al fin y al cabo, entender por qué pasan las cosas es el primer paso para cambiar las que sí están en tu mano.
Para separar la responsabilidad de la culpa, lee los beneficios de la metafísica y sus límites, y para la idea india de la acción y su fruto, las leyes del karma. Hay más en la sección de metafísica y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.