El conocimiento metafísico y la masa crítica: del centésimo mono a los experimentos

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Muchos grupos de metafísica comparten una esperanza: si suficientes personas cambian por dentro, el mundo entero cambiará de golpe. La idea tiene nombre, masa crítica, y una fábula que se repite desde hace décadas, la del centésimo mono. Aquí verás de dónde salió esa historia, qué pasó de verdad en una pequeña isla de Japón y qué han medido los científicos sociales.

Una isla, unos boniatos y una joven macaca

Los primatólogos japoneses estudiaban desde hacía años varias tropas de macacos salvajes cuando, entre 1952 y 1953, empezaron a dejarles comida, sobre todo boniatos y trigo, para observarlos mejor. Una de esas tropas vivía en Koshima, un islote del sur de Japón, y la comida se dejaba a menudo en la playa.

En 1953, una hembra de año y medio a la que llamaban Imo descubrió que podía quitar la arena a los boniatos lavándolos en el agua. La imitaron sus compañeros de juego y su madre, y la costumbre se fue extendiendo poco a poco. Lo curioso es la dirección: aprendían los jóvenes y, a través de ellos, algunos adultos, al revés de lo habitual.

El primatólogo Masao Kawai lo documentó con todo detalle en 1965, con la fecha de nacimiento, el parentesco y el momento en que cada mono aprendió a lavar su comida. En marzo de 1958 lavaban boniatos 15 de los 19 monos de entre dos y siete años, y solo 2 de los 11 que pasaban de siete.

El mono número cien

En 1979, el divulgador Lyall Watson contó la historia en su libro Lifetide con un final sorprendente. Según él, en otoño de 1958 un número sin determinar de monos lavaba ya los boniatos; pongamos, proponía, que eran noventa y nueve. Una mañana aprendió el centésimo, y al caer la tarde lo hacía casi toda la tropa. La costumbre, añadía, saltó el mar y apareció en otras islas. El propio Watson advertía que había tenido que improvisar los detalles a partir de anécdotas de investigadores.

La fábula prendió. En 1981, Ken Keyes publicó The Hundredth Monkey, un librito contra las armas nucleares que la convertía en un llamamiento: cualquiera de nosotros podía ser el que inclinara la balanza. Después vinieron un boletín y una película con el mismo título y varios artículos, y todos tomaban a Watson como única fuente.

Lo que encontró Ron Amundson

En 1985, el filósofo Ron Amundson, profesor de la Universidad de Hawái en Hilo, fue a leer los artículos científicos que citaba Watson y publicó lo que había encontrado en la revista Skeptical Inquirer.

Los datos de Kawai no hablaban de ningún salto repentino. La tropa tenía 20 monos en 1952 y 59 en 1962, así que nunca hubo un centésimo. En todo 1958 solo aprendieron a lavar boniatos dos monas jóvenes, menos que la media de tres por año de los cinco años anteriores. Lo que cambió aquel año fue otra cosa: los jóvenes que habían inventado la costumbre se hicieron adultos y la enseñaron a sus crías, como cualquier hábito de comida.

Fuera de Koshima, en al menos cinco colonias, se vio lavar boniatos a algunos individuos sueltos, no a tropas enteras, y sin ninguna fecha que los relacionara con lo ocurrido en la isla. Hay explicaciones sencillas. Monos listos, con el mismo problema y la misma comida, pueden dar con la misma solución, y los monos también se desplazan.

En 1986, Watson respondió en la revista Whole Earth Review. Aceptó sin reservas el análisis de Amundson y describió el centésimo mono como una metáfora de su propia invención, levantada con muy pocas pruebas y muchos rumores.

Lo que sí se ha medido

La pregunta de fondo es buena, de todos modos: ¿cuánta gente hace falta para cambiar una costumbre?

En 2018, Damon Centola y su equipo de la Universidad de Pensilvania publicaron en Science un experimento para responderla. Reclutaron por internet a 194 personas y las repartieron en diez grupos de entre 20 y 30. En cada ronda se formaban parejas al azar que debían poner nombre a la cara de una persona que veían en una foto: si coincidían con su compañero, ganaban dinero, y si no, lo perdían. Al poco tiempo, cada grupo se ponía de acuerdo en un nombre.

Entonces los investigadores introducían una minoría de colaboradores que defendía un nombre nuevo sin ceder nunca. Cuando esa minoría no llegaba a la cuarta parte del grupo, apenas convencía a nadie: de media, solo el 6 % de los demás acababa usando su nombre. A partir del 25 %, la costumbre se daba la vuelta, y entre el 72 % y la totalidad del grupo terminaba adoptándolo. La mayor minoría que fracasó era del 21 %, y la menor que triunfó, del 25 %.

Los autores insisten en que esa cifra no es universal. Era un nombre sin importancia para nadie; con creencias, intereses o afectos de por medio, el umbral puede ser muy distinto.

Lo que sí está en tu mano

El original de esta página habla de un plan divino de luz, paz y amor que la humanidad habría abandonado y que una masa crítica de personas podría restaurar. Es una creencia de su escuela, y como tal se respeta. Lo que enseñan Koshima y el experimento de Centola es más modesto y quizá más útil: las costumbres cambian de persona a persona, por imitación y por enseñanza, y una minoría constante puede llegar lejos si no se rinde.

Pues bien, eso deja trabajo concreto. Elige un hábito que te gustaría ver a tu alrededor, como hablar bien de los ausentes en el trabajo o apagar el móvil en las comidas familiares, y practícalo sin sermones y sin prisa. Busca a otras dos o tres personas que lo compartan, porque un grupo pequeño y firme pesa más que muchas buenas intenciones sueltas. Y desconfía de los mensajes que anuncian un cambio planetario de la noche a la mañana: ya has visto de dónde salió el centésimo mono.

Lo que se cuenta sobre la frecuencia de la Tierra que sube se analiza en la resonancia Schumann y el tiempo acelerado, y de dónde viene la etiqueta cuántica de algunos cursos de metafísica, en la meditación metafísica cuántica. Hay más en la sección de metafísica y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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