Los aplausos, las piedras y el teléfono: rituales de buena suerte y lo que dice la psicología

Redacción Leotarot.com · Publicado el 14 de octubre de 2026

Dar dos palmadas ante un santuario, dejar una piedra en un montón al borde del camino o evitar el número cuatro en el teléfono: cada cultura tiene sus gestos para llamar a la suerte. Aquí verás algunos que están bien documentados y lo que ha encontrado la psicología cuando ha intentado medir si sirven de algo.

Dos palmadas en un santuario japonés

En la mayoría de los santuarios sintoístas de Japón, el visitante se inclina dos veces, da dos palmadas y vuelve a inclinarse una vez. Se suele explicar que las palmadas llaman la atención de los kami, las divinidades del lugar, y expresan respeto y gratitud.

Parece una costumbre milenaria y no lo es tanto. Según el estudioso de las religiones Shimada Hiromi, esa secuencia nació de las normas que se fijaron para los sacerdotes sintoístas en la era Meiji (1868-1912), y solo se extendió entre la gente cuando la recomendó la Asociación de Santuarios, creada después de la Segunda Guerra Mundial. En los vídeos de las visitas de Año Nuevo de principios de los noventa, la mayoría de la gente aún se limitaba a juntar las manos.

Otros gestos de buena suerte japoneses están en Nara, la antigua capital, y no en Kioto, como a veces se lee. En la gran sala del Buda del templo Tōdai-ji, una columna de madera tiene en la base un agujero que, según se dice, mide lo mismo que la nariz del Buda. Quien consigue pasar a gatas por él tendría buena fortuna, o un paso hacia la iluminación en la próxima vida, según quién lo cuente. Muy cerca, junto al templo Kōfuku-ji, el estanque de Sarusawa se excavó en el año 749 para el hōjō-e, una ceremonia budista en la que se devuelven peces vivos al agua. Se creía que liberar un ser vivo daba méritos a quien lo hacía o a un familiar difunto, y la ceremonia se sigue celebrando.

Piedras en el camino de Mongolia

En los pasos de montaña y en lo alto de las colinas de Mongolia se levantan los ovoo, montones de piedras que señalan lugares sagrados. La costumbre manda detenerse, dar tres vueltas a su alrededor en el sentido de las agujas del reloj y añadir una piedra al montón para tener un viaje seguro. Mucha gente deja también dulces, leche, dinero o vodka. Quien va con prisa puede tocar el claxon al pasar.

Un informe de campo del Instituto Smithsonian advierte que no está claro si los mongoles de hoy viven el gesto como una tradición, como una superstición o como un culto a los espíritus del lugar. Probablemente, cada uno a su manera.

El número que nadie quiere en Hong Kong

En cantonés, el cuatro se pronuncia sei y suena casi igual que la palabra «muerte», así que muchos edificios de Hong Kong se saltan las plantas 4, 14 y 24, y pocos quieren un teléfono o una matrícula llenos de cuatros. El ocho, baat, recuerda en cambio a faat, prosperar. Esos parecidos tienen precio. En febrero de 2008, el Departamento de Transporte subastó la matrícula «18» por 16,5 millones de dólares de Hong Kong, la cifra más alta pagada hasta entonces; en 2016, la «28», que en cantonés suena parecido a «prosperar fácilmente», alcanzó los 18,1 millones.

Lo que encontró la ciencia

El antropólogo Bronisław Malinowski pasó años en las islas Trobriand, frente a Nueva Guinea, y en un ensayo de 1925 contó algo que todavía se cita. En la laguna, donde los pescadores usaban veneno y la captura era segura y sin riesgo, no había magia. En mar abierto, donde podían volver sin nada o encontrarse con el mal tiempo, los rituales se multiplicaban. La magia aparecía donde terminaba el control.

En 1948, el psicólogo B. F. Skinner dio comida a ocho palomas cada quince segundos, hicieran lo que hicieran. Seis acabaron con un ritual propio: una giraba en sentido contrario a las agujas del reloj, otra metía la cabeza en una esquina de la jaula, otra la levantaba como si empujara una barra invisible. Habían relacionado su gesto con la comida por pura casualidad. Skinner comparó aquello con el jugador de bolos que sigue torciendo el brazo cuando la bola ya ha salido.

¿Funciona entonces llevar un amuleto? En 2010, Lysann Damisch y sus colegas de la Universidad de Colonia publicaron que quienes golpeaban una pelota de golf presentada como «de la suerte» metían más putts desde un metro que los demás (un 65 % frente a un 48 %), y que quienes tenían a mano su propio amuleto rendían mejor en una prueba de memoria. Lo atribuyeron a la confianza en uno mismo. En 2014, los psicólogos Calin-Jageman y Caldwell repitieron el experimento del golf dos veces, con muchos más participantes, y los que tenían la pelota «de la suerte» metieron casi los mismos putts que los demás.

Dicho esto, los rituales no son inútiles para quien los hace. Pueden calmar los nervios y dar una sensación de orden ante lo incierto, que es justo lo que vio Malinowski. Lo que no hacen es cambiar el resultado de una tirada de dados.

Con el amuleto en el bolsillo

  1. Disfruta el gesto como parte de una cultura. Dar las palmadas en un santuario o dejar una piedra en un ovoo es una forma de respeto por quienes lo hacen desde hace generaciones; hazlo con calma y siguiendo las normas del lugar.
  2. Prepárate igual que si no lo llevaras. El amuleto puede acompañarte a un examen o a una entrevista, pero el estudio y el ensayo son los que suman.
  3. Fíjate en cuándo lo necesitas. Si dejar de hacer un ritual te angustia mucho o te roba tiempo cada día, coméntalo con un psicólogo: hay maneras de aflojar esa presión.

Para seguir, lee qué ha medido la psicología sobre las personas con suerte en cómo atraer la buena suerte, el origen de los espejos rotos y la sal derramada en el origen de las supersticiones y en qué se diferencian los amuletos y los talismanes. Hay más en la sección de mitos y leyendas y en el tarot temático.

Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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