Criptozoología: los animales que aparecieron y los monstruos que siguen sin aparecer

Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026

La criptozoología busca animales que la ciencia no reconoce: los que solo existen en relatos de pescadores, cazadores o viajeros. Algunos de esos relatos acabaron en los libros de zoología. Otros, como el monstruo del lago Ness o el yeti, siguen esperando una prueba, y los laboratorios llevan años buscándola.

Un nombre y un libro

La palabra viene del griego kryptós, «oculto», y la popularizó el zoólogo Bernard Heuvelmans. En 1955 publicó Sur la piste des bêtes ignorées, algo así como «Tras la pista de los animales ignorados», un libro que se convirtió en la referencia de la afición. Heuvelmans atribuía la invención del término al naturalista Ivan T. Sanderson, y su uso se documenta al menos desde 1959. Entre 1982 y 1998 existió incluso una Sociedad Internacional de Criptozoología.

La comunidad científica la considera, en general, una pseudociencia. El motivo no es que busque animales nuevos, cosa que los zoólogos hacen a diario, sino que se apoya sobre todo en testimonios y rara vez en pruebas que se puedan analizar.

El kraken tenía tentáculos de verdad

Los marinos noruegos hablaban de un monstruo de muchos brazos capaz de hundir barcos. El nombre de kraken aparece por primera vez en un glosario noruego de 1646, y su descripción más famosa la dio el obispo Erik Pontoppidan en su historia natural de Noruega, de 1752 y 1753, donde lo imaginaba como un pulpo gigantesco.

Detrás de la leyenda había un animal real: el calamar gigante, del género Architeuthis. Las hembras pueden alcanzar los 12 o 13 metros contando los tentáculos, y los machos unos 10. Las cifras de 20 metros o más que circulan no están documentadas.

Durante siglos solo se conocieron ejemplares muertos o moribundos. El 30 de septiembre de 2004, los investigadores japoneses Tsunemi Kubodera y Kyoichi Mori fotografiaron por primera vez uno vivo en su medio, a unos 900 metros de profundidad, frente a las islas Ogasawara. En julio de 2012, un equipo de la televisión japonesa NHK y de Discovery Channel lo filmó desde un sumergible cerca de las mismas islas: un ejemplar de unos tres metros, sin sus dos tentáculos largos, que Kubodera grabó comiendo durante unos 23 minutos. Las imágenes se emitieron en enero de 2013.

El okapi y el celacanto

¿Qué tienen en común los dos grandes éxitos que cita siempre la criptozoología? Un cuerpo que se pudo examinar.

A finales del siglo XIX, los relatos del explorador Henry Morton Stanley hablaban de un animal parecido a un asno que los pueblos del Congo llamaban atti. El administrador británico Harry Johnston consiguió unos trozos de piel y un cráneo procedentes del bosque de Ituri, y en 1901 el animal se describió para la ciencia. Ray Lankester le dio su propio género: Okapia johnstoni, el okapi, un pariente de la jirafa con patas rayadas que vive en el noreste de la actual República Democrática del Congo.

El celacanto fue aún más sorprendente. Se le conocía por fósiles y se creía extinguido desde el final del Cretácico, hace unos 66 millones de años. El 22 de diciembre de 1938, la conservadora de museo Marjorie Courtenay-Latimer vio uno entre las capturas de un barco pesquero que faenaba cerca del río Chalumna, en Sudáfrica. El ictiólogo J. L. B. Smith lo identificó y lo bautizó Latimeria chalumnae en honor de ella. En diciembre de 1952 se halló otro en las Comoras, y en 1997 apareció una segunda especie en un mercado de Manado, en Indonesia.

El lago Ness y el yeti, en el laboratorio

El monstruo del lago Ness tiene su foto más famosa, la llamada «foto del cirujano». La publicó el Daily Mail el 21 de abril de 1934 atribuida a Robert Kenneth Wilson, un cirujano londinense, y durante sesenta años fue la imagen más citada. En 1994 se supo que era un montaje: un submarino de juguete con una cabeza y un cuello de masilla, preparado por Christian Spurling para Marmaduke Wetherell, que quería desquitarse después de que unas supuestas huellas del monstruo que él había presentado resultaran hechas con una pata de hipopótamo disecada. Wilson solo había servido de fachada respetable.

En junio de 2018, un equipo dirigido por el genetista Neil Gemmell, de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda), tomó unas 250 muestras de agua del lago para analizar el ADN ambiental, los restos genéticos que dejan los seres vivos. Los resultados, presentados en septiembre de 2019, no encontraron ningún reptil, ni tiburones, siluros o esturiones. Sí había ADN de anguila en casi todos los puntos. Una anguila muy grande es la única hipótesis que el estudio no pudo descartar; eso sí, el ADN no dice el tamaño de los animales.

El yeti pasó por un examen parecido. En 2014, el genetista Bryan Sykes, de la Universidad de Oxford, publicó el análisis de unos treinta pelos atribuidos a primates desconocidos de varios continentes: uno era humano y el resto, de animales conocidos. Dos muestras del Himalaya se parecían a las de un oso polar antiguo, aunque otros genetistas señalaron que el fragmento analizado era corto y que probablemente eran de oso pardo del Himalaya. En 2017, el equipo de Charlotte Lindqvist, de la Universidad de Búfalo, estudió nueve muestras de «yeti» de museos y colecciones, con huesos, dientes, piel, pelo y excrementos. Ocho eran de osos de la región, uno negro asiático y siete pardos del Himalaya y del Tíbet, y la novena, de un perro.

Del rumor al laboratorio

  1. Pide una muestra. Un hueso, un pelo, una piel o un rastro de ADN se pueden analizar; un testimonio, por sincero que sea, no.
  2. Busca la primera versión. La foto del cirujano se publicó recortada para que el «monstruo» pareciera mayor, y la historia completa tardó sesenta años en salir.
  3. Compara con lo conocido. Una anguila, un oso de pie o un animal albino explican muchos relatos sin necesidad de especies nuevas.
  4. Mira quién lo ha analizado. Un estudio publicado, que otros pueden revisar y repetir, vale más que cualquier exclusiva.

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Texto de la Redacción de Leotarot.com.

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