Jeroglíficos y símbolos: cómo se leyeron mal durante siglos y cómo se descifraron
Redacción Leotarot.com · Publicado el 9 de octubre de 2026
Durante más de mil años, los jeroglíficos egipcios pasaron por un lenguaje de símbolos secretos, imágenes que hablaban directamente al espíritu. Era un error, y la historia de cómo se corrigió explica también por qué no tiene base la idea de que fueran «letras de la telepatía».
Una escritura que se quedó sin lectores
La última inscripción jeroglífica que se conoce está en el templo de Filé, en el sur de Egipto, y es del año 394 de nuestra era. Poco después se perdió la capacidad de leerla. La escritura había llegado a tener más de mil signos distintos, y en la época grecorromana, más de cinco mil.
¿Por qué se tardó tanto en volver a leerlos? En parte, porque sus dibujos invitaban a buscarles un sentido oculto. Un pájaro, un ojo, una serpiente: parecía lógico pensar que cada imagen guardaba una idea, y que bastaba con meditar sobre ella para entenderla.
Horapolo y el buitre que significaba madre
La culpa la tuvo, en buena parte, un librito griego. Los Hieroglyphica, atribuidos a un tal Horapolo y fechados hacia el siglo V, explican en dos libros el sentido de 189 jeroglíficos. Un manuscrito apareció en 1419 en la isla de Andros, el viajero Cristoforo Buondelmonti lo llevó a Florencia, y Aldo Manuzio lo imprimió en 1505. Los humanistas del Renacimiento lo leyeron con entusiasmo.
Horapolo trataba cada signo como una alegoría. Según él, los egipcios dibujaban un buitre para decir madre porque en esa especie no había machos. El signo del buitre sí servía para escribir «madre», pero por otra razón: se leía mwt, que era la palabra egipcia para madre, y el nombre de la diosa Mut. Era un sonido, no una lección de zoología. Los egiptólogos reconocen que el primer libro conserva algo de saber auténtico, mezclado con especulación.
Kircher, el sabio que tradujo de más
En el siglo XVII, el jesuita alemán Athanasius Kircher, nacido hacia 1602 y profesor en el Colegio Romano, llevó esa lectura simbólica al extremo. En los tres volúmenes de su Oedipus Aegyptiacus (1652-1654) sostuvo que los jeroglíficos eran un código sagrado que no se podía traducir a palabras corrientes. Sus versiones eran largas y solemnes. Dos signos que hoy se leen dd Wsr, «dice Osiris», los convirtió en una frase sobre la traición de Tifón y la vigilancia de Anubis.
Casi nada de lo que tradujo se sostiene. Eso sí, acertó en algo decisivo: aprendió copto, publicó en 1636 la primera gramática de esa lengua y defendió que esa lengua, la de los cristianos de Egipto, era la última fase del antiguo egipcio. Dos siglos después, esa intuición sería imprescindible.
La piedra de Rosetta y el año de Champollion
A mediados de julio de 1799, durante la expedición de Napoleón, unos soldados franceses al mando del oficial Pierre-François Bouchard encontraron cerca de Rashid, la Rosetta de los europeos, en el delta del Nilo, un bloque de granodiorita de más de un metro de alto y unos 760 kilos. Llevaba grabado un decreto dictado en Menfis en el año 196 antes de Cristo, en tiempos de Ptolomeo V, y lo llevaba tres veces: en jeroglíficos (se conservan 14 líneas), en demótico, la escritura egipcia de uso diario (32), y en griego (54). Tras la rendición francesa de 1801, pasó a manos británicas, y desde 1802 está en el Museo Británico.
El griego se entendía, así que la piedra ofrecía un diccionario. En un artículo de 1819, el médico y físico inglés Thomas Young mostró que el nombre de Ptolomeo, dentro de un cartucho, se escribía con signos que valían por sonidos. Jean-François Champollion (1790-1832), que llevaba años estudiando el copto, fue más lejos. Comparó el cartucho de Ptolomeo con el de Cleopatra, copiado de un obelisco de Filé, fijó el valor de doce signos y después leyó los nombres de Ramsés y de Tutmosis en copias de inscripciones de Abu Simbel. El 14 de septiembre de 1822, cuenta la tradición, corrió a decírselo a su hermano y se desmayó de la emoción. El 27 de septiembre presentó su Carta al señor Dacier, y en 1824 expuso el sistema completo en su Précis.
La conclusión desmontó catorce siglos de misterio. Los jeroglíficos escriben una lengua, con su gramática. Mezclan signos que valen por sonidos (hay 24 que representan una sola consonante), signos que valen por palabras enteras y determinativos, signos mudos que aclaran el sentido de la palabra.
Ni telepatía ni cerebro derecho
La idea de que los egipcios usaran imágenes porque se transmiten mejor de mente a mente, heredadas de la Atlántida o de un «libro de Thot», no tiene ningún apoyo: ni hay rastro de la Atlántida ni la telepatía ha llegado a demostrarse en un laboratorio. Tampoco sirve la explicación del hemisferio derecho, el de las imágenes, frente al izquierdo, el de las palabras. En 2013, un equipo de la Universidad de Utah analizó el cerebro de 1.011 personas de entre 7 y 29 años y no encontró gente que usara más un hemisferio que el otro. Hay funciones que se apoyan más en un lado, como el lenguaje en el izquierdo, y los jeroglíficos, como cualquier escritura, servían para escribir una lengua.
Busca el león en un cartucho
La mejor manera de entender lo que logró Champollion es hacer su primer gesto. Busca una foto del cartucho de Ptolomeo, el óvalo con el nombre del rey en la piedra de Rosetta, y otra del de Cleopatra. En el de Ptolomeo, el primer signo, una especie de cuadrado, es la P, y el cuarto, un león tumbado, es la L. En el de Cleopatra, el mismo león aparece en segundo lugar. La verdad es que no hace falta más para sentir el vértigo que tuvo que sentir él: un dibujo de león que no significa león, sino un sonido.
Si te interesa lo que sí se ha estudiado de la comunicación entre mentes, lee qué es la telepatía y cómo se ha investigado y qué hay detrás de la telepatía espontánea. Y si te preguntas por qué el tarot tampoco viene de Egipto, mira de dónde viene el tarot. Hay más en la sección de parapsicología y en el tarot temático.
Texto de la Redacción de Leotarot.com.